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Blogs French 75 por Salvador Sostres

Los ejércitos (Leído en Herrera en Cope)

Salvador Sostres el

Los ejércitos de los países libres han hecho mucho más por la paz, aquí y en el mundo entero, que los pacifistas. Un tanque sería un símbolo de la paz mucho más exacto que esas absurdas palomas blancas, tal como el Pájaro Chogüí de Julio Iglesias es una canción increíblemente más favorable a los intereses de la Humanidad que el relativismo antiespiritual del siniestro Imagine de John Lennon.

Me gustan las fiestas nacionales y los ejércitos de La Civilización desfilando. Me gusta la virilidad y la demostración de fuerza, aunque sólo sea porque la mejor manera de no tener que usar la fuerza, es mostrándola.

Si en España hubiera la mitad de teatros públicos, y el doble de tanques, seríamos una potencia mucho más importantes, y una sociedad mucho menos quejica y atrofiada.

La democracia y la libertad se han conseguido, y salvaguardado, mucho más con los ejércitos, y con sus soldados, que con esos indignados de ducha escasa que ensuciaban las plazas.

No hay paz perdurable que no esté armada hasta los dientes, ni idea del bien que podamos proteger de la tiranía y del mal si no es con pistolas y metralletas.

Yo siento un total agradecimiento hacia los ejércitos. Sin ejércitos Hitler habría ganado, y Hemingway no habría podido ir directo al bar del Ritz, cuando entró con los americanos a liberar París, a pedirle al barman de entonces, monsieur Blanc, que le preparara 50 dry martinis, uno para cada soldado de su batallón.

Bienaventuradas las naciones que tienen hormonas y misiles. Me caen bien los ejércitos. Ellos son la fuerza de la libertad y la certeza de que siempre habrá esperanza para los injustamente perseguidos y oprimidos.

Tendrían que haber en España muchos más desfiles militares, y tendría que haber entre los españoles mucha más gratitud hacia su ejército. ¡Que salgan los tanques, que salgan los aviones, que salgan los soldados con sus uniformes sensacionales y sus armas engrasadas!

Yo ya sólo quiero cenar rodeado de obispos y de capitanes generales, y no subirme nunca más a un taxi. Y al amigo que me pregunte: “Salvador, ¿te acerco al restaurante?”, responderle con brío y emoción: “Muchas gracias, pero no. ¡Yo ya sólo voy en tanque!”.

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