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Cada historia es una partitura única

Ara Malikian (Líbano y Armenia)

Cada historia es una partitura única
Ignacio Gil el

“Todas las historias del mundo deben ser contadas”. Ara Malikian, refugiado, nieto e hijo de refugiados, cree que así, conociéndonos, es la mejor manera de entendernos. “La trayectoria de mi vida me ha enseñado que tu historia es importante y que sean cuales sean tus sueños, la clave está en creer en tí mismo y perseguirlos. He comprobado que de las peores circunstancias se puede sacar oro”.

Sus primeros recuerdos están asociados a la guerra. “Mi infancia transcurre en la guerra, y aprendes a normalizarla, no imaginas la vida de otra manera. Te acompañan los sonidos de las bombas, de los tiros de los francotiradores y de las ratas correteando. No hablas del futuro. La guerra, por desgracia, se convierte fácilmente en lo cotidiano”. También a la nostalgia agridulce del exilio de sus abuelos que huyeron del genocidio armenio, con un saldo de millón y medio de muertos. “Sé de dónde soy, libanés y armenio. Soy de ningún lugar y a la vez de muchos. Desgraciadamente las personas siempre ponemos etiquetas y eso impide que te vean como realmente eres. Pensar distinto lejos de ser un problema, es una oportunidad, porque solo así aprenderemos cosas el uno del otro”.

 

Si su violín pudiera hablar… hablaría de 12 horas de práctica diarias. Hablaría de un niño de 8 años que pasaba muchas tardes ensayando en los refugios antiaéreos en Beirut. Hablaría de la soledad y la incertidumbre de ese joven de 15 años que aprovechó una beca en Alemania, para salvarse de la guerra. Hablaría de bodas judías donde tocaba para salir adelante cuando era un extranjero sin recursos,  o de unos primeros años como “Príncipe del violín” en China. Hablaría de tantas ciudades del mundo, y de su llegada a Madrid, de las noches de flamenco y magia. Hablaría de la consagración como concertino y de la ruptura con lo establecido en el universo de las orquestas. Hablaría de mucho sufrimiento e incluso, en ocasiones, de frustración por no lograr el sonido deseado a pesar del esfuerzo. Pero también hablaría de la creatividad, de la pasión y de la tenacidad de Ara, de su rebeldía y de su genio sin igual. “Ser violinista es el oficio más bonito del mundo”.

“Estoy orgulloso de mi camino porque me ha hecho apreciar cien veces más lo que tengo. Sé lo que me hace feliz hoy, que no es otra cosa que compartir mi música y mi talento con el público. La vida me ha enseñado también el arte de relativizar. Nadie es tan importante, y las cosas no duran para siempre”.

Malikian cuenta su historia en un hermoso documental testimonial. “En los momentos más duros de mi vida hubiera agradecido escuchar a gente con una vivencia parecida a la mía. Me hubiera hecho entender que la vida es así. Que la guerra, el dolor o la soledad están ahí siempre, pero que la vida se puede transformar con esfuerzo, amor, fe, dignidad y confianza”.

Habla sin tapujos y con la sabiduría de alguien que ha sufrido y luchado mucho. Conoce sus raíces y sabe que aunque hay cosas que es mejor silenciar para poder empezar de nuevo, a la vez hay que denunciar las atrocidades, porque “si lo silenciamos, se seguirán produciendo. He visto cosas muy oscuras desde pequeño, pero la música me llevaba hacia la luz y la alegría”. Ara Malikian lo dice todo con la fuerza y la armonía de las notas de la vida.

Rocío Gayarre

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