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Ser pobre se puede soportar, ser esclavo no

Honoré Betcha (Camerún)

Ser pobre se puede soportar, ser esclavo no
Ignacio Gil el

“Salí de Camerún por necesidad. No tenía qué darles de comer a mis cinco hijos. Yo mismo quedé huérfano con solo 12 años y desde entonces viví precariamente en las calles. En toda mi vida, aún no había conseguido un trabajo remunerado. Hacía cualquier trabajillo, por una propina o algo de comida”. Honoré Brecha, camerunés, dejó su país hace cinco años no para venir a Europa, “decidí marchar a Marruecos o Argelia,  ahí contaban que me podría ganar la vida dignamente”.

Cogió “la ruta”. Se puso en manos de los traficantes. “Me engañaron. Me enseñaron un mapa con varias rutas y me dijeron que era fácil. Imagínate lo que sabía yo de geografía. Dos días y me aseguraban que llegaría al paraíso. Tardé 7 días en llegar a Libia en una pickup. Íbamos 32 personas hacinadas en cada vehículo. Era inhumano. De pie, sin parar. Llevábamos algo de agua, leche, galletas y azúcar, del todo insuficiente pero lo justo para no morir deshidratados”.

Al llegar aún le esperaba otra atrocidad inimaginable. Le vendieron como esclavo. “en mi país era pobre, pobrísimo, pero era libre. Los latigazos, las palizas, los cortes con machete en las piernas, todo eso es durísimo, pero se soporta. Lo que realmente te quiebra por dentro es la falta de libertad”.  Escapar de las haciendas era la obsesión de todos, pero no veían cómo hacerlo. Estaban sometidos, aislados y aterrados, vigilados permanentemente por los capataces armados con metralletas. Honoré baña esta parte de su relato con lágrimas.

“Ser esclavo es lo más duro que me ha pasado en la vida. Un año, dos, tres y cuatro años. Y siete meses más. Cada día  es un verdadero infierno. Y empiezas a pensar que ya no hay salida, que así va a ser tu vida entera. Y te planteas que no lo vas a poder soportar”. Pero ese día llegó y consiguió escapar. Aprovechó un descuido de un guardián. En un primer momento le paralizó el pánico, pero una voz en su cabeza le gritaba “sal, sal, sal, corre!”

Honoré ya no era un migrante económico en busca de una mejor vida. Ahora era un esclavo huido, “quedarme en Libia era dejarme matar”. La opción de salir era por mar. El 30 de junio del 2018 embarcó junto a otras sesenta personas en una patera hinchable. “Fue el momento en el que he sentido más miedo, no sabía nadar, y estaba claro que esa barca no iba a resistir la travesía”. Tras ocho horas a la deriva fueron rescatados. “Al poner pie en el Open Arms, fue la primera vez que reí en cinco largos años”.

Ya habla español, sonríe alegremente y  tiene trabajo en un camping de Reus. Ha recuperado la esperanza y la dignidad. “Trabajar, ser libre y sentirme seguro me hacen feliz. Pero, echo de menos tener familia, a veces me siento solo”. Lanza una llamada a sus compatriotas para que no se pongan en manos de traficantes, “el precio es demasiado alto” y denuncia el atropello impune de los derechos humanos que ocurre en Libia, al tiempo que lamenta constatar el racismo que ha sufrido en el norte de África. “Somos todos hermanos, todos africanos, y ellos rechazan y desprecian a los que tenemos la piel negra”.

Rocío Gayarre

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