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La Gran Armada de Felipe II: un caso de naufragio (y de rescate) de la historia misma

El Museo Nacional de Arqueología Subacuática, en Cartagena, celebró el primer congreso sobre la Armada Española de 1588 y la Contra-Armada Inglesa de 1589

La Gran Armada de Felipe II: un caso de naufragio (y de rescate) de la historia misma
José María Lancho el

Nada molesta más a los destinos manifiestos que vérselas con un pasado discutidor. Supongo que por eso, en más de cuatro siglos, no se había hecho en el mundo anglosajón, ni en ningún otro mundo, un congreso sobre la Gran Armada de Felipe II y la denominada Contra Armada de Isabel de Inglaterra.

Como si aquellos acontecimientos no fueran todavía parte de la historia y sí de la mitología ritual y posesiva de una nación, habían conseguido, en buena parte, escapar al trabajo crítico y minucioso de la comunidad de las letras.

Y ciertamente no había ninguna razón, si el pasado era tan razonablemente favorable para la Tudor, para que de forma periódica se realizasen enjundiosas reuniones mitad sabias mitad alegres, dispuestas a remover, entre las cenizas del pasado, el metal del que se forjan los destinos manifiestos.

A pesar de la unanimidad de los clichés y los prejuicios sin aparente rivalidad académica,  este mes de abril (23-26) en el Museo Nacional de Arqueología, en Cartagena, se ha celebrado el primer congreso sobre la Armada Española de 1588 y la Contra-Armada Inglesa de 1589.

Más de 70 ponencias han provocado uno de los mayores revulsivos sobre la memoria de los casi 50.000 muertos, entre las dos expediciones fallidas, española e inglesa, y sus casi 60 pecios. Cifras fabulosas que demuestran la incapacidad de la tecnología de cualquier época, y del alcance mismo de las vidas de los marinos, para satisfacer las expectativas del odio de los partidos y sus dirigentes.

Un inesperado e imponente listado internacional de arqueólogos, historiadores, economistas, lingüistas, antropólogos e incluso juristas (incluido el que teclea estas líneas), ha servido para renovar la comprensión de unos acontecimientos de los que todavía, en nuestro presente, no falta quienes creen posible advertir sus efectos. Un esfuerzo crítico que ha servido, asimismo, para liberar el discurso histórico del político y de su milenarismo y sus complejos; y asimismo, para apuntar metas inmediatas y urgentes en torno a la investigación arqueológica e histórica pendientes y, cómo no, la protección de un patrimonio sensiblemente mermado y dañado. No puede negarse que el ARQUA que dirige Iván Negueruela se ha apuntado uno de los éxitos científicos del año y, por la entidad del evento, hay que desplazar mucho el horizonte para encontrar en Europa algo semejante por la oportunidad del tema, la novedad de sus aportaciones y el impacto social y científico de las conclusiones historiográficas ofrecidas. Mención obligada, honesto es decirlo, que el equipo técnico y administrativo de ARQUA merecen una significado protagonismo en este éxito, máxime teniendo en cuenta la escasa dotación económica disponible. Queda demostrado, una vez más, que ARQUA es un centro científico y no un escaparate museístico.

 

Basta examinar los respaldos que ha merecido incluidas las Embajadas de Reino Unido y de Irlanda así como la composición del comité científico (Geoffrey Parker, Hugo O´Donnell, Colin Martin, Negueruela, Blanco Núñez,  García Hernán, Gracia Rivas,  Declan M. Downey, Fionnbarr Moore) para comprender que un capítulo de aquella Armada de 1588 y su reverso británico de 1589 se podía escribir en Cartagena.

Iván Negueruela, Director del ARQUA y organizador del Congreso

Mi intervención se centró en la fragilidad en que se encuentra un legado muy disperso, entre 4 o incluso 5 Estados, con un enorme valor histórico y arqueológico, seriamente dañado por la industria histórica de los cazatesoros durante siglos y que demuestra la dificultad existente de obtener una protección jurídica eficaz y uniforme todavía (¡).

Pude constatar la experiencia, completamente decepcionante, que las decisiones del Reino Unido han ido produciendo en derredor  de este legado,  manteniendo por mucho tiempo la compatibilidad del derecho de salvamento sobre estos pecios, dañando, en contra de su propio derecho y política de Estado, la inmunidad soberana de estos buques. Recordamos con dolor el éxito de Stenuit para hacerse con los restos de alguno de estos yacimientos. Y no olvidamos que es a costa de los restos de esta Armada donde la industria cazatesoros ha ensayado, en la práctica, muchas de sus estrategias todavía vigentes, incluida la de disociar del yacimiento las posesiones particulares de quienes transportaban o perecieron en el hundimiento.

Destaqué que el único punto jurídico que comparten los Estados donde descansan estos pecios, ademas de una conciencia actual y compromiso moral por el patrimonio, es el principio de derecho internacional de la inmunidad soberana.

Por eso no dejé de recordar el inmenso valor y utilidad de este principio, figura que sorprendentemente un sector académico español todavía cuestiona, especialmente en el caso del galeón San José, y ello a pesar de ser la baza fundamental (tal vez única) para alejar a los socios financieros y tecnológicos cazatesoros de los gobernantes cazatesoros, y dar una oportunidad a la sociedad civil y académica, tanto colombiana como española, para entenderse y encontrar una salida a un patrimonio que hemos insistido que admite su carácter de común y compartido, en condiciones que desde el vigor de la inmunidad soberana nuestro país puede definir e imponer, en favor de la integridad y el acceso científico a este legado.

Cuando diseñé la querella contra Odyssey Marine y sus directivos invoqué la inmunidad soberana de una manera que aquellos expoliadores no podían imaginar: precisamente aprovechando la territorialidad que generan esos trozos hundidos de nuestro país, para permitir proyectar jurisdicción “territorial” de nuestros Tribunales penales sobre esos yacimientos, que se correspondían a buques de Estado, con independencia del lugar dónde estuviesen y en congruencia con el derecho internacional del mar. Esta hipótesis, que fue aceptada por el Juzgado de Instrucción nº 3 de La Línea de la Concepción, mereció el respaldo de la Armada e incluso uno de sus más emocionantes gestos al concederme uno de sus prestigiosos premios Virgen del Carmen. Hoy por hoy ese procedimiento sigue, en beneficio de los pecios hispanos dispersos en todo el mundo y a pesar de lo mucho que se ha hecho desde dentro y desde fuera de ese Juzgado para que los directivos de Odyssey Marine pudieran seguir con sus aventuras submarinas.

No por ello quería desviar la atención del enorme éxito de este Congreso y de la generosidad intelectual de sus participantes. Y como insistía algún amigo es hora de que arqueólogos españoles participen, por fin, en la investigación y exploración de este legado. ¿Porqué no hablar bien de lo que está bien?

No cabe duda, que existen los movimientos “tectónicos” en esa sustancia pocas veces firme que es la historia y que en la particular “sismografía” del mundo de la investigación histórica -que la hay- ha debido de registrar algo de todo esto, porque la comprensión de una de las mayores epopeyas de esa época sin duda ha cambiado, y como diría aquel gigante mexicano, Carlos Fuentes, (y si no lo dijo se lo atribuyo de todo corazón) nuestro pasado es un silencio inmenso… pues así es como se expresa el olvido.  Por curiosidad, por afinidad les enlazo la grabación del primer sonido registrado de un terremoto en Marte (!) que se produjo al mismo tiempo que el Congreso, quizá un eco del seismo científico en Cartagena.

 

 

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