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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

El imperio y sus heces (1)

Emilio de Miguel Calabia el

 

Legazpi ha pasado a la Historia como el hombre que fundó Manila y dio inicio al imperio español en Filipinas. Auguste Pavie fue el explorador, diplomático y administrador que aseguró el dominio francés sobre Laos. Lord Canning fue el Virrey británico que derrotó a los amotinados en Delhi y afianzó el poderío británico en la India tras el motín… Al lado de estos prohombres que crearon imperios, están todos los pobres diablos, los aventureros de baja estopa y pocos escrúpulos ue trataron de abrirse paso en las colonias y dejaron allí sus sueños y, muchas veces, su vida. Las heces del imperio, vamos.

Gregor Mueller en “Colonial Cambodia’s ‘Bad Frenchmen’. The rise of French rule and the life of Thomas Caraman, 1840-87” ha seguido la vida de uno de esos pobres diablos, Frederic Thomas-Caraman, y la ha utilizado de escenario para relatar cómo Francia impuso su protectorado en Camboya.

Frederic procedía de una familia modesta del Limusin, con más pretensiones que dinero, que sufría la resaca de la gloria que un tío de su padre alcanzó en las guerras napoleónicas y que su sobrino trató de emular en vano, quedando relegado a la condición de triste gendarme de provincias. Frederic heredaría los sueños de grandeza de su padre y parecía que hubiese nacido en el momento ideal para realizarlos: la Francia de Napoleón III, que buscaba crearse un imperio que rivalizase con el británico. Su primera intención fue entrar en el Ejército para hacerse un nombre en alguna expedicion ultramarina. Más tarde pensó en cambiar ese sueño por el de convertirse en un rico comerciante en alguna de las colonias que se estaban abriendo.

Los sueños de grandeza de Frederic coincidieron con la conquista por Francia de la Cochinchina en 1862. Muy pronto surgieron dudas sobre la viabilidad económica de la conquista. Tenía menos riquezas de las anticipadas y cortada de sus mercados tonquineses, annamitas y chinos la Cochinchina era menos rentable de lo que se había creído. En Francia hubo quienes llegaron a proponer revendérsela al Emperador de Vietnam al que se la acabababan de arrebatar, pero el partido colonial se impuso. Uno de sus argumentos era que la Cochinchina era la puerta de acceso al riquísimo reino de Camboya.

La sucesión del Rey Ang Duong, que murió en 1859, resultó muy complicada. Camboya era entonces un país empobrecido y mediatizado por sus poderosos vecinos, Vietnam y Siam. El país no tenía una ley de sucesión clara y había tres contendientes para el trono, los medio hermanos Norodom, Sisowath y Sivotha. Norodom y Sisowath alcanzaron una precaria entente, en la que echaron una manita los franceses. En cambio Sivotha no aceptó ningún acuerdo y se pasó los años siguientes a la muerte de Ang Duong instigando rebeliones contra su medio hermano. Cuando el 11 de agosto de 1863 Norodom cedió a la presión francesa y firmó un tratado por el cuál Francia asumía el protectorado sobre Camboya, no hizo más que adoptar la única solución posible: con el trono tambaleante y dos vecinos deseando repartirse el país, dejar que los franceses intervinieran un poco (o un mucho) en el país, parecía la vía menos mala.

Frederic fue uno de esos aventureros, que pensó que la conquista de Cochinchina y la apertura de Camboya le ofrecían una oportunidad inmejorable para hacerse rico. Frederic pertenecía al género de personas que no son conscientes de sus limitaciones, que creen que soñar con algo es el 90% del logro y que son tan buenos mintiendo que acaban creyéndose sus propias mentiras. Durante 1863 y parte de 1864, Frederic mantuvo relaciones con la Société de Géographie, con el Museo de Historia Natural, con los Ministerios de Asuntos Exteriores, Educación y Marina y Colonias a los que les vendió sus planes de viajar a Cochinchina y realizar amplios estudios sobre su flora, zoología, Historia e idiomas. Que un joven de 23 años y sin experiencia consiguiera cierto apoyo de estas instituciones muestra sus poderes de convicción.

Caraman llegó a Saigón en enero de 1864. Se presentó como un conde francés con contactos de altura en París, que había venido a realizar amplios estudios sobre la nueva colonia. Trabó contacto con franceses ya instalados allí y el panorama que se encontró fue desolador. Había desencuentros entre las autoridades navales que gobernaban la colonia y los civiles franceses. El mercado para las importaciones francesas era demasiado pequeño y como plaza comercial Saigón tenía que competir con Singapur y Hong Kong que estaban más asentadas. Podía haber oportunidades para quienes tuviesen capital suficiente que los respaldase, pero para los pobres diablos como Caraman… Viendo la situación en Saigón tan desoladora, Caraman decidió aventurarse en la desconocida Camboya, que acababa de aceptar el protectorado francés.

Un rasgo característico de Caraman era su capacidad para soñar en alto, para autoconvencerse de que, aunque carecía de capital y de conocimientos, lograría sus objetivos sin lugar a dudas. En su primera aparición en Camboya, se presentó como el Conde Thomas Comnène de Caraman y dijo que su padre tenía una fortuna de dos millones de francos y que era un coronel retirado de la gendarmería; también dijo que representaba a un grupo de capitalistas franceses que querían invertir en el país para desarrollar sus riquezas y que incluía entre otros a James Rothschild y al parlamentario Emile Ollivier. La única verdad en todo esto era que su padre estaba retirado de la gendarmería.

Caraman logró tener acceso al Rey Norodom y a los ocho días de su llegada había conseguido un contrato por el que el Rey le autorizaba a explotar las selvas y tierras agrícolas, las minas de hierro y cobre, la construcción de ferrocarriles y el desarrollo de la región marítima de Kampot. En su entusiasmo, que debió de rozar el delirio, Caraman firmó el contrato como “Monsieur Jean Hippolyte Frédéric Gustave Laurent Thomas Comnène de Caraman”. Parece más la alineación de un equipo de fútbol que el nombre de una persona.

Inmediatamente después Caraman regresó a Francia, convencido de que Camboya era riquísima y de que la compañía ficticia que se había hecho real en su cabeza sabría explotar sus riquezas. Caraman intentó vender sus fantasías a las instituciones oficiales, que poco a poco empezaron a darse cuenta del tipo de pájaro que era. Caraman, ignorante de que sus mentiras empezaban a ser destapadas en los medios oficiales, le escribió una carta al Rey el 17 de noviembre de 1865, en la que decía que ya había visto a varios Ministros, que habían quedado sorprendidos por lo que Caraman les había contado sobre Camboya (“alucinados” habría sido más exacto), y que Napoleón III le había invitado al Palacio de Compiègne a pasar diez días con él. Al final el Ministerio de la Marina y las Colonias le escribió para pedirle cuentas, Caraman se excusó diciendo que era tan sólo un joven de 24 años y que se había dejado llevar por la exuberancia de la juventud. En ese momento hubiera debido darse cuenta de que su fuerte era la lírica poética, no los negocios. Pero no; eligió seguir soñando. Aún tuvo los arrestos de pedir al Ministerio de Educación apoyo para un viaje de investigación geográfica y arqueológica en Siam, Myanmar y Tibet. El Ministerio le hizo una pedorreta. Impasible el ademán, a finales de 1867 Caraman se embarcó de nuevo rumbo a Saigon y a Phnom Penh.

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