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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cuando a un mediocre le das poder (2)

Emilio de Miguel Calabia el

 

Los elementos más moderados del partido nazi veían en Ribbentrop a un aliado y lo contraponían al enloquecido Rosenberg que quería ser la gran eminencia del nazismo en términos de política exterior. Frente a Rosenberg, Ribbentrop daba la impresión de ser alguien que conseguía acceso a los líderes extranjeros. Además se sabía que Hitler le escuchaba en asuntos internacionales. Hitler valoraba sus supuestos conocimientos de personalidades extranjeras y de la política exterior y su servilismo. Ribbentrop, que nunca tuvo una personalidad fuerte, había caído hipnotizado por Hitler, hasta el punto de que era capaz de tomar ideas mal cocinadas del Führer y convertirlas en platos perfectamente elaborados, que complacieran a su amo. Es más se anticipaba a las ideas de Hitler y, si en el camino, debía dar de lado sus propias ideas, las abandonaba sin más. Así, por ejemplo, sustituyó su antigua francofilia por el odio mortal a Francia que albergaba Hitler.

Cada vez más arrogante y obsesionado por cuestiones protocolarias (un ejemplo ridículo fue la vez que en una cena diplomática le colocaron en último lugar, porque no tenía ningún rango diplomático. Descontento, Ribbentrop no probó la cena, como un niño pequeño malcriado), Ribbentrop pidió al Ministro de AAEE, Neurath, que las Embajadas alemanas le apoyaran en sus visitas y que le dejaran leer la correspondencia diplomática. Neurath accedió: quería tenerlo controlado y confiaba en que tarde o temprano Ribbentrop cometiera algún error que permitiera deshacerse de él. Neurath sí que le había cogido las vueltas al personaje.

Hay gente que, a base de ser pesados, consigue lo que quiere, simplemente porque llega un momento en que los demás lo único que desean es que se callen. En abril de 1934 consiguió el titulito que ambicionaba: Comisario Especial del Gobierno del Reich para Cuestiones de Desarme, con rango de Embajador. El Embajador francés en Berlín lo explicó muy bien en un telegrama: “Ribbentrop quería un título, un cargo, un puesto; o más bien su mujer, una mujer vana y ambiciosa, le presionó para que pidiese algo…” En opinión del Embajador, el nombramiento no había hecho mas que abrirle el apetito y pronto pediría más, seguramente una Embajada aunque (único error del Embajador francés) no la conseguiría.

Neurath confiaba en que en su nuevo cargo Ribbentrop cometiese alguna pifia que le desacreditase por completo. Hitler, por su parte, esperaba que le sirviese de cortina de humo del rearme alemán que había emprendido, al tiempo que afirmaba sus deseos de paz y buen entendimiento con Francia y el Reino Unido. Ribbentrop, efectivamente, la cagó como se imaginaba Neurath. En sus múltiples viajes a Londres logró irritar a los ingleses que vieron claramente que nunca traía ninguna propuesta de desarme seria, que les hacía perder el tiempo y que trataba de crear un frente anti-francés anglo-alemán, algo que era una línea roja para el Reino Unido y que, evidentemente, Ribbentrop no supo apreciar. Pero esas meteduras de pata, no tenían efecto, porque Hitler insistía en creerse las versiones llenas de autobombo, que Ribbentrop le transmitía de sus encuentros: “Las conversaciones con Eden y Simon arrancaron de manera muy amistosa… Veo ambas conversaciones… como una manera de reforzar la confianza de los estadistas británicos en las grandes líneas de la política exterior alemana.”

En junio de 1935 Ribbentrop fue designado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Misión Especial para que encabezase la delegación alemana a la Conferencia Naval que se iba a celebrar en Londres. Hitler iba a proponer en esa Conferencia que la Marina alemana no superase del límite del 35% de la Armada británica. La propuesta parecía generosa y una muestra de la sinceridad del pacifismo de Hitler. La realidad era que la Armada alemana en esos momentos equivalía aproximadamente al 12% de la Armada británica y que estaba construyendo barcos a toda velocidad. Como solía ocurrir, Hitler no tenía intenciones de respetar el límite del 35% una vez que lo hubiese alcanzado. Un indicio: en submarinos, donde Alemania ya había alcanzado el límite del 35%, Hitler pedía un límite del 45%.

Ribbentrop inició la Conferencia lanzando una bomba muy poco diplomática: o se aceptaba el límite del 35% para la Armada alemana o Alemania no participaría en la Conferencia. Los británicos se encolerizaron, pero tragaron. Temían que, si no aceptaban la propuesta alemana, tarde o temprano los alemanes construirían una gran flota que rivalizaría con la británica. En aquellos primeros años del nazismo, aún se creían que podían fiarse de las promesas de Hitler.

Ribbentrop pudo vender que él era el único responsable del éxito alemán. Esta vez hay que reconocer que, tal vez no el 100%, pero una parte del triunfo alemán había sido obra de Ribbentrop. Como era de esperar, se le subió a la cabeza y pronto se puso a pedir al Ministerio de Asuntos Exteriores.

Lo que consiguió en su lugar, fue la creación del “Dienstelle” una suerte de institución rival del Ministerio de AAEE, que se dedicaba a hacer una diplomacia paralela, heterodoxa y propagandística que apuntaba a los líderes de opinión, más que a los gobiernos en sí. Era en el fondo el tipo de institución para la que el limitado Ribbentrop estaba capacitado: pura fachada y chapuza; pero de lo que se trataba era de que se pudiera hacer tarjetas de visita bonitas como director del Dienstelle. No obstante, en ocasiones, hasta los más inútiles pueden dejar una huella, o más bien una cagarruta, en la Historia. A través del Dienstelle, Ribbentrop inició un acercamiento a Japón que daría frutos muchos años más tarde.

La reocupación de Renania por la Alemania nazi en marzo de 1936 tensó las relaciones con Francia y, sobre todo, con el Reino Unido. En los meses siguientes Ribbentrop haría varios viajes frustrantes al Reino Unido, en los que siempre parecía que lo que le había prometido a Hitler que conseguiría (una alianza con el Reino Unido y la ruptura de éste con Francia), lo tenía al alcance de la mano, pero algo lo impedía en el último momento. Aparte de su tendencia al autoengaño, Ribbentrop nunca llegó a entender bien que quienes le apoyaban y querían una alianza germano-británica eran personajes secundarios y un poco marginales a pesar de sus títulos. El Foreign Office y la mayor parte de los decisores que verdaderamente contaban, veían las cosas de otra manera.

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