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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Al Capone y Napoleón (1)

Emilio de Miguel Calabia el

 

(Dedicado a Lourdes, que me regaló la biografía de Al Capone)

Cuenta Deidre Bair en “Al Capone. Su vida, su legado y su leyenda” que cuando el mafioso estuvo encerrado en la Eastern State Penitentiary, leyó una biografía de Napoleón y parece que le impactó lo suficiente como para hacer varios comentarios sobre el Emperador. En su opinión Napoleón fue “el extorsionista más grande del mundo”, aunque él, Al Capone, le hubiera podido dar algunas lecciones sobre cómo dirigir su negocio, o sea el Imperio. A la postre, su juicio sobre Napoleón era más bien severo: “Lo malo de ese tipo es que era un engreído. Se lo creyó demasiado y acabó siendo un vago y un gorrón (…) No supo cuándo abandonar y sirvió su eliminación en bandeja a otras bandas”; habría debido tener “sensatez suficiente (…) para despedirse a tiempo.” Ignoro si Al Capone era consciente de lo mucho que su vida se parecía a la de Napoleón y cuánto de lo que había dicho sobre el corso se le podía aplicar a él.

Los dos provenían de familias numerosas,- muy humilde en el caso de Al Capone y bastante menos en el de Napoleón-, y de categorías sociales muy poco apreciadas. Córcega se había incorporado a Francia en 1768, un año antes de que naciera Napoleón. Hasta entrado el siglo XIX, los franceses verían a los corsos como a unos bárbaros a los que les faltaban cultura y modales para ser unos buenos y civilizados ciudadanos franceses. Al Capone provenía de una familia de inmigrantes italianos y, según dice Deirdre Bair, “los italianos habían reemplazado a los irlandeses en el estrato inferior de la ola inmigratoria de finales del siglo XIX.” Según un funcionario municipal de aquellos años: “No podemos funcionar sin los italianos; necesitamos gente que haga el trabajo sucio y los irlandeses ya no quieren hacerlo.”

Ambos empezaron desde abajo,- Al Capone más que Napoleón. Napoleón pasó por la Escuela Militar Real y en 1785 se graduó como teniente segundo de artillería. Su carrera fue como la de cualquier otro oficial de su época hasta que en 1793 su compatriota Saliceti le ayudó a conseguir el mando de la artillería francesa que asediaba Toulon. Napoleón se dio a conocer en ese asedio, que marcó el inicio de su ascenso hacia la gloria.

Al Capone comenzó en el mundo de los gangs y de las extorsiones a pequeños diablos. Su principal patrón en sus comienzos fue Frankie Yale, un extorsionador profesional, para el cual trabajó de mamporrero y protector de prostíbulos. No obstante, quien de verdad lo catapultaría sería Johnny Torrio, que supo apreciar todo su potencial. Torrio fue el Bismarck de la mafia italiana en EEUU, un hombre de modales exquisitos y con una visión estratégica fuera de lo común. La prueba de su valía es que murió de muerte natural a la respetable edad de 75 años.

Otro paralelismo curioso entre ambos, es que tanto Napoleón como Al Capone tuvieron que salir huyendo de su lugar natal para que la cabeza siguiera en su sitio. Napoleón pasó los primeros años de la Revolución Francesa en Córcega, tratando de impulsar el movimiento jacobino. Acabó chocando con su antiguo amigo Paoli, que era el líder de los independentistas corsos, y encontró que si quería llegar a viejo, lo mejor que podía hacer era abandonar la isla.

Al Capone también tuvo que salir huyendo de un sitio menos exótico, Brooklyn. Al Capone cometió el error de darle una paliza de muerte a Arthur Finnegan, que trabajaba para la Mano Blanca, una banda irlandesa que hacía la competencia a Yale. El jefe de Finnegan prometió venganza y ése era el tipo de promesas que uno no podía tomarse a la ligera en esos años. Yale y Torrio, que le habían tomado aprecio y se habían dado cuenta de su potencial, se lo llevaron a Chicago para salvarle la vida.

Napoleón y Al Capone llegaron a lo más alto y se forjaron un imperio a fuerza de tenaz y de implacabilidad con sus enemigos, pero ambos fracasaron en algo que les importaba mucho: ser aceptados por la sociedad. Las viejas monarquías europeas nunca llegaron a ver a Napoleón como a un igual, por más que las derrotase una y otra vez en los campos de batalla. Para ellas, Napoleón era un advenedizo, producto de una Revolución cuyas ideas les espantaban.

Podemos imaginarnos el espanto y la resignación con la que el Emperador de Austria Francisco I tuvo que entregar a su primogénita María Luisa para que se convirtiese en esposa de Napoleón. Por su parte, Napoleón no ocultó el gozo que le produjo el enlace con una descendiente de una vieja dinastía. Debió de sentir que había entrado en el club de los grandes monarcas. No se dio cuenta de que los advenedizos nunca son admitidos en los clubes selectos. Esto me recuerda una anécdota que me contaron una vez en Lima. Un abogado de origen quechua quiso entrar en un club selecto de la capital. Los socios trataron de vetarle, pero vieron que no les quedaba más remedio que dejarle ingresar en el club. Así pues, lo dejaron entrar y acto seguido fundaron un nuevo club y se aseguraron en las reglas que no hubiera sitio para él.

Al Capone, aunque su dinero procedía del crimen, se moría porque se le considerase un empresario y un buen ciudadano y que la alta sociedad le abriese sus puertas. Se quejaba con amargura de que los mismos ricos que le compraban su alcohol de contrabando, luego le esnobeaban y no le invitaban a sus fiestas en las que servían ese mismo alcohol.

El episodio del traslado de Al Capone a Florida en 1928 es casi patético por cómo le trataron los ricos del lugar. En cuanto anunció su intención de trasladarse a Florida y de llevar allí una vida de buen ciudadano, los ricos pusieron el grito en el cielo y se negaron a alquilarle ninguna casa. Para poder alquilar, Al Capone tuvo que utilizar un nombre falso. Su esposa Mae, que se gastó una fortuna en decorar la casa que acabaron comprando, era muy apreciada por los propietarios de las tiendas que sacaban mucho beneficio con ella. Era muy apreciada efectivamente, pero sólo cuando estaba delante. A sus espaldas se reían de sus pretensiones de nueva rica y su afán comprador de persona que se crió en la pobreza.

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