Cuando un Maestro se va queda un espacio vacío

Publicado por el Sep 30, 2015

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Permítanme que titule este Post parafraseando la preciosa canción de Alberto Cortez para poder expresar lo que siento pocas horas después de que me hayan comunicado el fallecimiento de mi Maestro universitario, el Profesor Carlos Fernández-Novoa.

Alguna vez he escrito que tengo adquirida una deuda con la Universidad que jamás podría pagarla por mucho que pudiera durar mi vida. Hasta ahora no era necesario precisar más, bastaba con decir que mi acreedora era la Universidad como institución. La razón de mi silencio era la propia humildad de mi Maestro al que –por difícil de creer que parezca- en un mundo invadido por la vanidad no le gustaban las alabanzas y mucho menos si se hacían en público.

Pero la Universidad, además de edificios y libros, es, sobre todo, las personas, y en lo que ahora interesa, los profesores, especialmente los que alcanzan la categoría generalmente reconocida de Maestro, que lamentablemente no son muchos.

Pues bien, yo puedo afirmar sin ambages que he tenido la inmensa fortuna de estar asistido en mi formación universitaria por un Maestro en toda la extensión de la palabra. Recién entrado en su Cátedra me fue llevando de la mano para ayudarme a dar mis primeros pasos universitarios, con cariño, pero con exigencia. Hasta tal punto que le debo a él mi amor por la escritura y, hasta si me apuran, mi tardía condición de escritor y novelista.

En efecto, recuerdo que allá por el último trimestre de 1969, después de que me invitara a formar parte de su cátedra, me aconsejó que solicitara al entonces Ministerio de Educación una beca para formación de personal investigador. Además de la solicitud y el currículum, había que describir en un máximo de tres páginas el tema de la tesis doctoral. Me dijo que una vez que lo escribiera quería corregirlo. Mientras lo estaba leyendo, yo permanecía muy nervioso sentado frente a él, y en un momento determinado levantó la vista, la fijó en mí y me dijo “esto no es castellano”. Seguidamente, me invitó a que cogiera el DRAE y comprobara si figuraba en él la palabra “constatar”. Cosa que hice inmediatamente, comprobando que no aparecía. Y me dijo “esa palabra es un galicismo”, sustitúyala por otra hasta que no sea admitida. Y así lo hice: desde entonces el DRAE es una obra de consulta permanente cada vez que escribo algo.

Podía seguir contando muchas cosas más. Pero créanme si digo que leyó conmigo a su lado todos los trabajos universitarios que hice hasta acabar la tesis doctoral. Me obligaba a escribir con claridad porque me decía que yo nunca estaría al lado de todos mis lectores. Me ayudó a estructurar el pensamiento jurídico. Y, en fin, me hizo sentir que tenía a mi lado una especie de “cinturón de seguridad” que me llevaría a alcanzar la cátedra universitaria. Y todo eso sin exigir nada, absolutamente nada, a cambio. Andando el tiempo, y sin dejar de sentir por él una gran admiración y un profundo agradecimiento, nos hicimos amigos, palabra ésta que rectamente entendida alude a la existencia de lazos muy estrechos presididos por un afecto puro y desinteresado.

Por eso, y finalizo volviendo a la canción de Alberto Cortez, la partida de mi Maestro y amigo deja un espacio vacío que nunca lo podré llenar con la llegada de otro amigo. Porque aunque también tengo la fortuna de tener muy buenos amigos ninguno de ellos ha sido, además, mi Maestro.      

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