La posición del moro

Publicado por el Aug 9, 2017

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Se ha recordado estos días una portada del Marca de hace veinte años: “Moro, Plata, bronce”.

La palabra moro ahora sería inaceptable, y sin embargo forma parte de algo fundamental. Del mito de Santiago Matamoros, representación del Apóstol Santiago en la Batalla de Clavijo. El tema es muy conocido. El patrón de España en una batalla-milagro en la que se apareció para vencer a los musulmanes (moros, en adelante). Es un mito fundacional de la Reconquista y de la idea nacional que por razones obvias se suele disimular últimamente.

La imagen escultórica se tapó en Santiago. Se retiró. Se le ponían unos adornillos de flores para no ver la parte inferior.
De niño siempre nos preguntaban: ¿De qué color es el caballo blanco de Santigo? Blanco. Indudable.
¿Pero cómo era el moro de la Batalla de Clavijo? No está tan claro. Lo que sí está claro es que forma parte de un todo.
La representación del apóstol fue antes la del Matamoros y contiene tres elementos: el caballo, Santiago con una espada y algo muy importante: los moros en la parte inferior, sometidos, sojuzgados.
Considerarlo un elemento fundamental de la representación no era suficiente. Es interesante la variedad de formas que adoptan.
No solo la socialdemocracia reciente ocultó las figura con unas decorosas plantas. Cuentan que el mismo Franco lo hizo cuando homenajeó a un general marroquí de su ejército. Entendió que podía herir su sensibilidad. Porque no es un musulmán concreto el representado, es un musulmán genérico.

¿Y qué contienen esas representaciones?

El moro está siempre en un planto inferior. Aparecen uno o varios. A veces es un entero friso de cuerpos en escorzo. Jamás completamente erguido. Derrotado, huye o aparece en el justo momento de recibir la espada o la lanza. Se llega a comprender bien ese refrán de “A moro muerto gran lanzada”. Observen:

El sarraceno suele representarse con rasgos exóticos: o es negro o lleva pendiente, turbante, barba o un bigote orientalizado. No hay una representación muy uniforme. A veces parece directamente un mameluco, otras un berebere. En ocasiones son distintos tipos en el mismo cuadro

En ocasiones tiene el gesto terrible y demudado. Un rostro fiero, oscuro, que contrasta con la imagen serena de Santiago, tan parecido a veces a Jesucristo.
El moro no solo acusa sufrimiento. En ocasiones hay algo oscuro y vil.

Cuando aparecen varios se confunden los cuerpos. Hay algo caótico. En ocasiones se distingue un cuerpo individualizado, pero en otras solo una mancha de miembros y rostros de la que surge, único, luminoso, el caballero apóstol. Cuanto más oscura la “materia mora”, más sombras, más desorden, más santa y milagrosa es la aparición del Santiago y más fuerza teológica y fundacional tiene la imagen

La blancura del legendario caballo dependía directamente de la oscuridad del moro muerto. En los cuadros se percibe bien la relación.

Esta idea se observa a veces: los moros que mata Santiago son un sustrato. Son la base oscura, informe, sin sentido, de la que sale el mito que ordena.
Es la idea de sometimiento, por un lado, y de oscuridad por otro.

Hasta cuando el moro se individualiza y sus rasgos son serenos y reconocibles, eso se combina con la confusión de cuerpos

Las representaciones del moro decapitado abundan. El gesto con la espada de Santiago es inequívoco

La decapitación en realidad es muy occidental. Es completamente neurocéntrica. Sitúa el alma en la cabeza y tiene una función política evidente. La decapitación es simbólica, fundadora de nuevos órdenes políticos. La leynda de la Batalla de Clavijo es tan política como religiosa.
La Revolución se vale del invento de Guillotin. La guillotina no es sino una forma-máquina de la decapitación en la que se sustituye al héroe por la masa o el estado.
Francia parte de la guillotina; España de la espada santiaguina. A los liberales de Cádiz no les entusiasmaría el mito fundacional, pero su importancia es innegable.

A veces la cabeza simplemente rueda lejos del cuerpo. Esto es el origen de las cuatro cabezas aragonesas.

A veces la idea se sugiere. De especial suavidad y finura es la figura del Tiépolo. La que la espada se acerca, pero no tanto con intenciones decapitadoras como de sometimiento. Parece más una conversión. El gesto es parecido y eso no deja de tener su gracia

Otras muchas veces no hay traspasamiento de espada o lanza, sino aplastamiento por el caballo.

En ocasiones, la dulzura del estilo se traslada al moro, que pide auxilio o alega algo con una suavidad que comparte con el propio Matamoros. Este tipo de representación es la más acorde a nuestra sensibilidad actual. El aplastamiento-decapitación se interrumpe en un instante como de diálogo. Hasta el caballo participa de esta armonía.

No siempre el moro fue terrible. A veces eran rostros juveniles de mirada tierna. Piel sonrosada y en los ojos la posibilidad del perdón y la conversión (curiosa la mirada del Caballo Blanco, que observa al retratista con estoicismo y cierto entendimiento. Sería digno de otro repaso)

El retrato ecuestre se eleva sobre un conjunto informe de moros que a veces son una mezcla caótica de miembros y gritos. En este sentido, el moro es nivel inferior de un modo moral. Algo sobre lo que se eleva la razón cristiana.

Pero luego hay otra cosa. Hay como una necesidad escultórica que se fue olvidando. El santo a caballo aparece sobre un lecho de enemigos. Con el tiempo, el retrato ecuestre se irá separando de la cruel imagen del enemigo derrotado. Será como un retrato ecuestre embellecido que sustituirá ese conjunto de miembros y víctimas de tipo maléfico por una sencilla peana neoclásica y tranquilizadora.

Algunas figuras menores son casi cómicas. El moro se irá haciendo peana del santo. Debajo del caballo aparece un aislado y atropellado. La idea de conjunto: santo, caballo, moro. Como un paso de Semana Santa. Matamoros no sería quien es sin ese elemento. Matamoros y moro están ahí como el oso y el madroño.

En ocasiones parece un tiovivo. El moro asume una horizontalidad absoluta. No hay rastros, hace de suelo. De base para lo demás. El esquematismo de la figura llegó a ser muy grande. Bastaba la imagen de un cuerpo sometido

Santiago Matamoros se inserta en la tradición de San Jorge y el Dragón y San Miguel y el Diablo. Viene de ahí.
El mal-demonio es sustituido por el moro. Después, la figura salta a América representada como Santiago Mataindios. El moro es sustituido por el indio y los motivos angélicos son sustituidos por pájaros.

La continuidad de San Jorge, San Miguel, Matamoros y Mataindios es muy reconocible. El elemento inferior es claro: el dragón, el demonio, el moro, el indio. La postura es la misma. Las diferencias son que el moro a veces pide auxilio, muestra terror o admite la conversión. El americano aparece más dulcemente representado. Mira con aprensión, es verdad. Pero no hay terror ni amenaza. Apenas hay defensa. Sale desarmado. Hay algo colorista y naïf.

Pero es curioso irse a un punto anterior. A la transición entre San Miguel y Matamoros. En Burgo de Osma aparece un San Miguel junto a Luzbel, pero es un Luzbel dulce, bello ángel caído. Humanizado.

Matamoros aparece igualmente ante un moro distinto. No está contraido en mueca, ni oscurecido, ni envilecido.
Es interesante esa imagen porque se olvida de la, digamos, “musulmanidad” del moro, de su carácter “distinto”. Es un moro angelical, y tiene los rasgos más torvos el propio Santiago. Este moro más que moro es la continuación directa y sin transformación apenas del Luzbel de San Miguel, el ángel caído. Y es estupendo porque no es moreno ni exótico ni es negro. Es lo otro, pero no la “otredad”. Es más bien el complementario. El bien-mal, pero dentro de lo mismo. Es lo decaído. En realidad, es el complemetario religioso y la evolución muy visible del tema del mal que arranca en el dragón de San Jorge

Tan complementario es, tanto forma parte de nosotros, que en algunas figuras el moro sustenta directamente el conjunto. Se observa en esta imagen de Ruiz Peral en Granada (foto de León Coloma). Es curioso como el moro aquí no solo forma parte importante de la representación iconográfica, sino que la sujeta.

La figura de Santiago evolucionó. Al caballero le siguió el apóstol y con el tiempo inspiró el retrato ecuestre de Franco. Pero eso es otra historia. Nos preocupaba la posición y representación del otro.
(Las fotos han sido sacadas de internet. Disculpe el lector que por falta de tiempo no me haya detenido a indicar el nombre de su autor y de la obra en cuestión).

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