La maleta roja

Publicado por el nov5, 2015

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Ayer fui con Herrera a Palma y una vez terminada mi intervención en el programa tuve una hora libre para pasear por el aeropuerto. Entré en una tienda en la que vendían maletas porque a mi mujer se le había estropeado el mango extensible de la suya. Estuve una hora examinando las características de cada maleta, los departamentos que tenían por dentro, las medidas de la nueva normativa para ser admitidas en la cabina, porque acostumbramos a hacer viajes de pocos días y facturar nos parece una temeridad. Una hora tratando de pensar en lo que a mi mujer le parecería bien y le parecería mal, haciendo listas mentales de sus necesidades a la hora de viajar para ponderar qué maleta podría ayudarle a resolverlas de un modo más exacto.

Me decidí por un modelo determinado y la dependienta me aseguró que era una de las maletas más completas del mercado. Pagué y paseé por Son Sant Joan con mi flamante maleta nueva, explicando al equipo de COPE que la había comprado de color rojo porque era el color de la maleta averiada. Ya solo, habiendo pasado el detector de metales, arrastraba el regalo pensando en la suerte que tuve de casarme con una mujer tan bella, y tan inteligente, tan buena madre y que tan contenta iba a estar cuando viera que me había acordado ella, de su modo de hacer el equipaje, de sus pequeñas manías y de sus ideas sobre cómo se aprovecha mejor el espacio.

Cuando llegué a casa no había vuelto todavía de trabajar, y dejé la maleta en el centro del salón para que tuviera la sorpresa de verla cuando entrara.

-¿No es Samsonite? -fueron sus primeras palabras.
-No, porque las Samsonite que había en la tienda no tenían departamemtos por dentro. Algunas no estaban ni forradas.
-¿Dónde la has comprado?
-En el aeropuerto.
-Ah, en el aeropuerto.
-Me han dicho que es una de las maletas más completas del mercado.
-La puedes usar para tus viajecitos de ida y vuelta…

Y siguieron muchas frases más todas ellas destinadas a desprestigiar a la pobre maleta nueva en nombre de la calidad de la suya, averiada. Ni el asomo de un “gracias” -que tampoco es que me hiciera falta, pero bueno-, ni la menor concesión a que podía haber sido una buena idea comprar una maleta que se ajustara a las medidas de la nueva normativa, ni el más mínimo interés por los compartimentos interiores que minuciosamente había analizado pensando en ella.

Yo creo que hasta la maleta tuvo ganas de llorar, sola y despreciada en el centro de la sala. Maleta roja pensando en ella, marido que viaja y vuelve y sólo ha salido a recibirle la indiferencia.

Nuestra estirpe es de titanes, podemos con esto y con aquello, tenemos el humor, la franca amistad de los hombres, la ternura a prueba de la terrible frialdad de tantas soledades encadenadas. Y si la pregunta es si podremos sobrevivir, la respuesta es que sobreviviremos.

Pero un poco de cariño, de vez en cuando, también lo necesitamos. Un leve reconocimiento sería para nosotros una impagable recompensa, y que un día de cada mil, nos rieran la gracia aunque no la tuviera, nos haría un santo con la labor terminada.

Cautivo y desarmado, me fui a la habitación y me encontré a la niña saltando en nuestra cama. Se me abrazó como un imán y me dijo que le debía las cosquillas de hoy y las de la noche que había dormido en Palma. Tenía ganas de llorar pero enseguida se me quitaron.

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