Sobre Claudio Rodríguez y mi relación con la poesía

Publicado por el 09/10/2018

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Claudio Rodríguez se dio a conocer como poeta cuando en 1953, con sólo 19 años, ganó el Premio Adonais con su libro “Don de ebriedad”, que impresionó al propio Vicente Aleixandre, que tampoco era una persona tan fácil de impresionar. Fue Premio de la Crítica en 1965, Premio Nacional de Poesía en 1983, Premio Príncipe de Asturias de las etras en 1993 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1993. En 1987 fue elegido para la Real Academia Española.

Carlos Bousoño, uno de los grandes especialistas en la literatura española contemporánea, escribió en 2000, con ocasión del primer aniversario de la muerte de Claudio Rodríguez: “Los poetas más grandes no carecen de poemas sobrantes; incluso un poeta que escribió poquísimo verso, San Juan de la Cruz, incurre en esa misma deficiencia. Claudio, no. En Claudio es oro todo lo que reluce. Todo es joya: acabada, completa.” Y añade: “Claudio Rodríguez canta, pero de otro modo, un modo según el cual el resultado, siendo canto, lleva dentro de sí el nuevo problema planteado, al cual supera sin negarlo. Y eso es lo difícil, lo genial, si se me permite la expresión. Rodríguez hace algo que nos da la impresión de que no se puede hacer. Y eso es lo que llamamos genialidad, a mi juicio.”

Y ya, para rematar, mi amiga Teresa, una artista cuyos criterios poéticos respeto mucho, me dijo que Claudio Rodríguez era un grandísimo poeta.

Con esos antecedentes, me puse a leer su antología lleno de entusiasmo. A mitad de camino, tuve que reconocer que no me llenaba, que no tenía el mismo efecto en mí que en Aleixandre, Bousoño y Teresa. Dado que creo más en su juicio poético que en el mío, la pregunta que me vino fue: ¿qué busco en una poesía que parece que no acabo de encontrarlo en Claudio Rodríguez?

Lo primero que me atrae de un poema es la sonoridad. Me imagino que la sonoridad en un poema es como el sonajero para los niños, algo que se les da para que no molesten mientras los adultos (en este caso los que de verdad entienden de poesía) se dedican a cosas serias.

Yo creo que descubrí la sonoridad poética leyendo a Borges sobre la antigua poesía anglosajona. Desde entonces siento debilidad por las aliteraciones. Voy a transcribir cuatro versos del poema “The Wanderer”, para explicarlo mejor. No hace falta entender su significado, para disfrutar con el juego de sus aliteraciones:

“winde biwawne/ weallas stondaþ,
hrime bihrorene. / Hryðge þa, ederas,
woriað þa, winsalo, /waldend liegað
dreame bidrorene, /duguð eal gecrong”

Claudio Rodríguez sí que tiene efectos sonoros, pero siento que de alguna manera acaban como escondidos dentro del poema:

“Pero nosotros nunca

Tocamos la sutura,

Esa costura (a veces un remiendo,

A veces un bordado),…”

Aquí me encanta el juego con las vocales u/a, “nunca”, “sutura”, ‘costura”, pero siento que sea sonoridad se pierde a partir de “a veces”, sin ninguna otra que la venga a reemplazar.

Otra cosa que me gusta en poesía es que se refiera a la experiencia. La poesía abstracta y metafísica no me va. Me gusta poder ver en el poema un trozo de vida con el que pueda identificarme. Aquí sigo a Gil de Biedma, que decia que el poeta debe escribir sobre su experiencia de tal manera que el lector pueda decir: “Pues sí, a mí también me ha pasado esto”.

Gil de Biedma tiene un poema que refleja claramente lo que es la poesía de la experiencia. Se trata de un remedo de las albadas medievales. Transcribo el inicio:

“Despiértate. La cama está más fría

y las sábanas sucias en el suelo.

Por los montantes de la galería

llega el amanecer,

con su color de abrigo de entretiempo

y liga de mujer.

 

Despiértate pensando vagamente

que el portero de noche os ha llamado.

Y escucha en el silencio: sucediéndose

hacia lo lejos, se oyen enronquecer

los tranvías que llevan al trabajo.

Es el amanecer…”

Creo que la experiencia que subyace al poema está clara y que cualquiera que haya tenido una noche de farra afortunada puede identificarse con él: amanece y dos amantes ocasionales tienen que empezar a desperezarse para reintegrarse a sus rutinas habituales.

Cuando he leído a Claudio Rodríguez, me ha dado la sensación de que la experiencia base del poema quedaba muy lejos, velada por la contemplación y la reflexión. En “Al ruido del Duero”, puedo imaginarme la experiencia-base, pero me queda como en la neblina, porque ya la está reemplazando la evocación reflexiva, la generalización:

“Y como yo veía

Que era tan popular entre las calles

Pasé el puente y, adiós, dejé atrás todo.

Pero hasta aquí me llega, quitádmelo, estoy siempre

Oyendo el ruido aquel y subo y subo,

Ando de pueblo en pueblo, pongo el oído

Al vuelo del pardal, al sol, al aire,

Yo qué sé, al cielo, al pecho de las mozas

Y siempre el mismo son, igual mudanza…”

No obstante, sí que hay algunos poemas de Claudio Rodríguez donde siento esa inmediatez de la experiencia. Teresa ya me había advertido de que el poema que comienza con “Así el deseo” me encantaría. Y así ha sido:

“Así el deseo. Como el alba, clara

Desde la cima y cuando se detiene

Tocando con sus luces lo concreto

Recién oscura, aunque instantáneamente.

Después abre ruidosos palomares

Y ya es un día más…”

Pienso en algunos amaneceres de mi infancia en el campo y esa llegada del día, que iba iluminando las cosas, aunque la alusión al deseo me sobra, que yo era un niño de lo más inocente.

Una tercera cosa que me atrae en poesía son las imágenes. En la prosa uno puede encontrar imágenes sugerentes, pero acaban sumergidas en los párrafos. En una novela de trescientas páginas, ¿cuántas imágenes sugerentes pueden quedar en la memoria? Con que quede una ya será mucho.

Creo que mi pasión por las imágenes también se la debo a Borges, que me hizo descubrir las kenningar, esas metáforas tan aparentes de las sagas nórdicas. Algunas de las kenningar que me fascinaron: “cráneo del gigante” (el cielo), “rayo de la muerte” (la espada), “lluvia de la batalla” (las flechas), “piedra del brío” (el corazón), “cerveza de Odín” (la poesía)… Más tarde descubrí los haikus, que yo definiría como una combinación de imagen y sentimiento. Transcribo dos que me gustan mucho:

La mariposa revolotea como si desesperara en este mundo

(Kabayashi Issa)

Anoche cubrí mis hijos dormidos y el ruido del mar.

(Watanabe Hakusen)

Después de tantos milenios de poesía, uno diría que todas las imágenes sugerentes y las metáforas ya se han escrito. Claudio Rodríguez demuestra que no. Aquí sí que he quedado fascinado por el poeta.

“Largo se le hace el día a quien no ama

Y él lo sabe. Y él oye ese tañido

Corto y duro del cuerpo, su cascada

Canción, siempre sonando a lejanía

(…)

Prisionero por no querer, abraza

Su propia soledad…”

Me parece una descripción original y tremenda de alguien que ha optado por no amar, que ha elegido no oír a su cuerpo y ser prisionero de sí mismo.

“La semilla

De la mirada, el jugo

De estos ojos de ciego (…)”

Esto tiene casi el sabor de una kenningar. Y tiene reminiscencias de haiku lo siguiente: ‘En la ropa tendida de la nieve/ queda pureza por lavar (…)”

Y mientras escribía esta entrada, me he dado cuenta de que, después de todo, puede que mi primera impresión estuviera equivocada y que merezca la pena que relea a Claudio Rodríguez.

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