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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

La globalización llega a Mongolia

Pablo M. Díez el

La mitad de los 2,7 millones de mongoles vive en Ulan Bator, cuya población se ha disparado desde la caída del comunismo en 1990 por la emigración masiva procedente del campo. Levantada a base de grises bloques de viviendas de estilo soviético, la ciudad está creciendo frenéticamente al amparo de los abundantes recursos minerales que almacena el subsuelo de Mongolia, rico en carbón, oro, cobre, cinc, tungsteno y uranio.

En un mundo sediento de energía por el ascenso de las potencias emergentes, estas materias primas han provocado el desembarco de multinacionales mineras de China, Japón, Australia y Rusia. Con ellas han aterrizado el progreso y la modernización: es decir, los atascos y las galerías comerciales. En torno a la estatua de Gengis Khan que preside el Parlamento, en la céntrica plaza de Sukhbaatar, las lujosas boutiques de Louis Vuitton, Armani y Burberry han abierto sus puertas en el rascacielos de cristal de la Central Tower. De estilo renacentista, a su espalda aún resiste el Palacio de la Ópera y el Ballet Nacional, erigido por los rusos en 1963 con sus características columnas griegas y su frontispicio de color salmón.

La globalización, que uniforma todas las ciudades a base de franquicias y restaurantes de comida rápida, se abre paso en Mongolia. Pero, fuera de la capital, los pastores y ganaderos de las zonas rurales, que suman un tercio de la población, siguen conservando su vida nómada.

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