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Fuego en la catedral

Fuego en la catedral
Smoke billows from Notre Dame Cathedral after a fire broke out, in Paris, France April 15, 2019. REUTERS/Charles Platiau
Jesús García Calero el

Se quema Notre Dame y una ciudadana grita entre lágrimas: «¡Que hagan algo!», «faut qu’ils fassent quelque chose!». El gótico flamígero de nuestra impotencia aflora y nos recuerda lo poderoso que es ese gran borrador de sueños. El fuego es un elemento cultural de primer orden, que por un lado y desde tiempos remotos modificó nuestra vida y nuestra alimentación y a cambio también acabó destruyendo sueños y aventando bibliotecas (Alejandría, Sarajevo…), o que ha viajado con nuestras guerras y abrasó miles de templos a lo largo de la Historia, igual que devastó casi anteayer barrios como el Chiado, lo mismo que siglos antes ciudades como Ebla, Troya, Roma o Londres. Es un factor cultural porque nos hace -o nos deshace- como somos, como queremos ser.

Mucho antes de las llamas y del agua de los bomberos, las piedras de Notre Dame chorreaban música. Allí nació la polifonía, gracias a la maestría de una escuela de monjes cantores que fueron añadiendo alturas al cantollano, un organum que se escuchaba entre los arbotantes. El fuego no puede tocar la música (es un ejemplo). Música es al oído lo que al ojo los vitrales, hoy fundidos, que aspiraban a ser tocados por la luz del pensamiento o del cielo. Porque la catedral gótica era eso, concitaba en encuentro de ambas luces intocables. Espirituales.

Tal vez ahí está el error, en esa pulsión vertical, ojival, más propia de pájaros, que aquella Europa levantada por cantos y canteros nos contagió para siempre desde la visión de los ángeles, incluso los ángeles caídos, entre llamas, en la pura remoción de sueños.

Y ahora las ruinas, imponentes, que señalan lo invisible: esa impronta en los sillares renegridos donde el amor cantaba y el turista caminará otra vez. Carbuncos en el alma de nuestra cultura, balumba de vigas vencidas… O un tizón para escribir otra vez sobre la piedra. Para pensar sobre la misma piedra, para reconstruir. Palabras y proyectos sin cuento. Imposibles. Volver al famoso «relato» que nos llevamos diciendo y olvidando desde las tablillas sumerias y Homero, entre incendios.

Que no nos hipnotice el fuego en la catedral. Es también retrato cultural y nuestro (Pepys, Bradbury, Eco…). El incendio es la cultura porque también (nos) pinta, como el tiempo.

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