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Blogs La capilla de San Álvaro por Luis Miranda

Un martillazo

Luis Miranda el

 

Peana de carrete del Señor Preso de Cabra en la que fue Jesús del Perdón en el Vía Crucis de las cofradías de Córdoba. FOTO: ROLDÁN SERRANO

Después de un Vía Crucis tan exquisito como el del Señor del Perdón siempre quedan imágenes en la memoria. Las previstas en una tarde que ya era de primavera y las que tienen que ver con la imagen, pero también detalles que llegan sólo según los ojos que miran, y que las llevan a un alma que está llena de recuerdos. A mí me golpeó el martillo que estaba en la parte trasera de la peana sobre la que iba el Señor, la soberbia peana de carrete de Jesús Preso de Cabra, y con aquel mazazo me brotó la sangre de los recuerdos profundos, los que están escondidos pero permanecen intactos y sin manosear. En cofradías martillo ya significa otra cosa, pero este era un martillo literal, de carpintero, y quería contar a los fieles, y en el siglo XVIII la mayoría no sabían leer, que había servido para clavar a Cristo en la cruz.

En las demás caras de la peana abundaban aquellos instrumentos: las tenazas con que se machadianamente se desenclavó al Señor, un cuchillo o navaja, que probablemente sería con el que el San Pedro cortó la oreja a un judío cuando llegaron a prender a Jesús (y que el Maestro repuso con un reproche al apóstol) y la lanza que se hundió en el costado del que manó sangre y agua. Aquellos útiles, que llegarían al pueblo porque eran parecidos a los que tenían en las manos, eran un viaje a una forma antigua de entender la Semana Santa en que la Pasión también se contaba por sus instrumentos. Es la misma de las cruces de guía de la Exaltación y del Gran Poder, por ejemplo, que tienen la caña con vinagre, la mano que golpeó al Señor, las escaleras para bajarlo del madero, el aguamanil del lavatorio y hasta el gallo que confirmó la terrible culpabilidad de las negaciones.
Son de la misma hornada que los angelitos del siglo XIX de las Angustias, que llevaron látigos y escaleras según las fotos antiguas y que recuperaron sus atributos desde hace pocos años, o de los que acaba de incorporar el Vía Crucis para sus cultos. A mí me recuerdan también a los que conocí en mi pueblo de chico: los ángeles de Miguel Arjona para Nuestro Padre Jesús, aquella cruz de guía de Viernes Santo y los respiraderos del paso de la Virgen de la Paz y Esperanza en que estaban los clavos, las tenazas y los dados con que se echaron a suertes la túnica del Señor.

Cruz de guía de la hermandad del Santísimo Cristo de la Exaltación de Sevilla. FOTO: RAÚL DOBLADO

Eran otros tiempos en que la fiesta contaba la Pasión y Muerte de Jesús y se enseñaban los objetos como se relataba desde los púlpitos. La Iglesia y la Semana Santa han cambiado y hoy los ángeles juegan como bebés entre la hojarasca y los motivos vegetales hasta que de vez en cuando un martillazo golpea en la cabeza y destapa el abismo insondable de la memoria.

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