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El Mercadona

El Mercadona
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En más de una ocasión, un Mercadona ha supuesto el comienzo de un proceso de mejora personal. Lo recordé ayer al ver que se trata de la marca de supermercados más valorada en cada provincia.
Algo de lo que tuvo El Corte Ingles lo tiene Mercadona. Una confianza característica, familiar.

El Mercadona es como tener cerca una tía que te hará una sopa. “Hijo, tú ve al Mercadona”. Hay como una delegación familiar, como una tranquilidad.

El Mercadona ofrece la ilusión del autoabastecimiento, una especie de autarquía semanal, de sábado a sábado, de pensar que allí tenemos todo lo que necesitamos, capricho arriba o abajo. El Mercadona ofrece las necesidades de una vida promedio. Más es lujo o ganas de marear; menos es incomodidad, aprieto, bolchevismo. Ofrece una seguridad, un estándar. Puedes llevar una vida-mercadona muy bien llevada y hay incluso una voluptuosidad en ajustarte a ello, en vivir en la “mercadonidad”. Sientes que por fin estás haciendo las cosas bien. Puedes empezar a ahorrar, puedes empezar a adelgazar. Como cuando los boxeadores de las películas entrenan en serio para el combate. La escena de las escaleras sería la sección de verduras del Mercadona.
Hay algo también en la experiencia. Valoro mucho los anchos pasillos, aunque a veces deparen auténticos duelos de Ben-Hur contra Messalas vecinales. Ha habido por lo menos cuatro Mercadonas importantes en mi vida y lo que recuerdo de ellos es la amplitud al coger el carrito, las anchas calles. Uno se funde en la luz de entrada, entra en un circuito plácido en el que todo es lo mismo pero diferente. ¡Qué placer esa mezcla de seguridad y expectativa! Es reconfortante saberse de memoria los estantes y que haya sin embargo una mínima posibilidad de sorpresa.
Hay un placer físico en hacer la compra según presupuestos de seriedad. Una mezcla de sensualidad y economía, un cierto placer en ajustarse. Conseguir que ajustarse sea agradable es una gran cosa. Hay en esa empresa una uniformidad y un orden corporativo que de alguna manera le llega al consumidor, que de alguna manera le disciplina. O sea, puede llegar a ser un asidero.
Mercadona lleva además a los barrios algo del espacio de las grandes superficies. No es el comprar concreto, un poco angosto, de muchos supermercados urbanos. Esto ofrece una cadencia de carrito distinta, respiro, reflexión.
Un supermercado es como un partido político moderno: va ampliando “identidades”, sensibilidades. Se piensa mucho en la familia, pero ahora también en el poco hacendoso (qué acierto el nombre de su marca). Hay ensaladas muy apañadas y unas cremas de verduras que siempre me digo compraré la semana próxima. Pero hay un poco de eso, un poco, no una abrumadora oferta de preparados. El objetivo sigue siendo comprar bien, comer bien, hacerte el filetito.
Hay mucho, pero no demasiado; hay de todo, pero no más. El Mercadona es una unidad de medida española.

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