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Sátiro persiguiendo a la ninfa

Sátiro persiguiendo a la ninfa
hughes el

Quizás sea mi momento favorito de la final de Champions. En el campo se pudo apreciar algo, pero no todo. Lamentablemente, no hubo repetición. Pero en esta foto, vista después, está captado el momento mágico. Algo profundo del mundo y de la especie aflora. Mis felicitaciones al fotógrafo, cuyo nombre desconozco. En mi opinión merece un premio. Mi felicitación también al empleado de seguridad que con profesionalidad corrió a hacer su trabajo tras la “streaker”. No era nada fácil. Lo que se ve en la foto tiene que ver con él y a la vez no tiene que ver con él. Es lo que está de fondo. Este hombre se convirtió, sin saberlo, en instrumento de la especie, en un vehículo mitológico.
A simple vista es un profesional de la seguridad corriendo detrás de un objetivo. Pero el objetivo no es cualquier objetivo: es una mujer rubia muy guapa, de piel blanquísima y curvas voluptuosas. El papel del hombre era dificilísimo. Debía perseguirla solo en tanto “intrusa”, “sneaker”, “amenaza potencial para la seguridad”, pero… por un instante, y hablo de milésimas de segundo, hablo de porciones mínimas de tiempo, de nanosegundos, ¿no pudo ser que se sintiera tentado a perseguirla en tanto hombre?
¿No pudo haber, a un nivel subatómico, en el subsuelo neuronal, en las entretelas de la psique y durante una fracción de segundo un cortocircuito en el que no fue el agente de seguridad sino el hombre el que perseguía a la muchacha?
Mírenla a ella: ¡Es una ninfa clásica! Es una muchacha de Bouguereau.
Fíjense en el hombre en el instante que capta el genio del fotógrafo. Miren sus manos. Miren cómo se hacen garra sin querer. Miren los ojos, la expresión. El gesto de la boca. ¿NO asoma acaso la lascivia?

La instantánea reproduce sin querer un motivo clásico: el sátiro persiguiendo a la ninfa. El instante está vivo.
En ella hay temor y también cierto alborozo. Pero miren el rostro de él, de entre la congestión y el esfuerzo surge algo reconocible, ¡aparece el fauno! ¡Aparece lo libidinoso!
En la cercanía de la belleza rosada de la ninfa, en el hombre aparecen asomos de fauno (¡la porra priápica!). En la boca, en las manos, sin querer surge lo dionisiaco concitado por la fertilidad pura de la muchacha.

Desde el punto de vista ibérico, este hombre evoca algo más: la persecución landista de la sueca. Reproduce también el eterno tema del hombre peninsular tras la rubia nórdica. Esa eterna búsqueda que es como la del coyote y el correcaminos pues no acaba nunca.
La carrera de la noche no fue ninguna carrera de Salah, ni siquiera de Alezander-Arnold. La carrera fue la de este hombre que mientras corría pasó sin querer, sin darse cuenta, sin poder hacer nada, de profesional de la seguridad a descendiente de Alfredo Landa y luego a sátiro intemporal.
Bastó una ninfa para que surgiera la mitología y la especie en la noche de la Copa de Europa, que sin el Madrid (Júpiter, toro) pierde su sentido pleno y su realidad simbólica pasando a ser, simplemente, un trofeo más. El mito ayer lo renovó este señor.

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