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Se puede seguir volando con alas rotas

Kike Figaredo, Prefecto Apostólico de Battambang

Se puede seguir volando con alas rotas
Ignacio Gil el

Kike Figaredo,  jesuita, Prefecto Apostólico de Battambang, ha sabido encontrar su lugar en el mundo en Camboya, país que vive hoy tiempos de paz, pero donde aún hay enterradas en sus campos miles de minas antipersonas que continúan causando estragos en la población más desfavorecida: muertos, amputaciones o ceguera son algunas de las consecuencias de la crueldad de la guerra.

Kike  está con las víctimas, con las personas con discapacidades, y con los más vulnerables por lo que es testigo de excepción de la enorme capacidad del ser humano para afrontar la dificultad y para superarla. A lo largo de más de treinta años de compromiso y trabajo sobre el terreno ha creado una gran comunidad de héroes cotidianos, él el primero, quienes pelean con pasión, generosidad y entrega una batalla cada día. Kike es un hombre de acción pero escucha sin prisa mientras regala alegría, confianza y esperanza. Hasta la fecha ha repartido miles de sillas de ruedas lo que le ha valido el cariñoso apodo del “obispo de las sillas de ruedas”.

Su primer destino fue los campos de refugiados en Tailandia. Entonces aún estudiaba Económicas.  “Desde esa perspectiva quería aprender de las personas que no tienen un lugar en este mundo. La primera lección fue su hospitalidad, nunca me he sentido acogido y bienvenido con tanto calor y alegría como con ellos. También me enseñaron solidaridad, y a vivir el día a día con entrega y esperanza. Aprendí a valorar las cosas más sencillas.  Llegué al campo con mucho miedo, esperaba encontrar mucha más muerte que vida y sin embargo me encontré con mucha vida, mucha alegría y amistad profunda”.

Recuerda vívidamente su primer encuentro con el líder de los discapacitados en el campo, a quien le faltaba una pierna y un ojo y estaba mal herido. “Me dijo – He oído que vas a venir a ayudarnos. Tú no te preocupes, ya te enseñaremos cómo-  y así fue, los refugiados me enseñaron cual era mi oficio”.

Señala que las personas refugiadas no pierden sus raíces. “No renuncian a ellas, permanecen vivas en su interior. Yo empecé a amar Camboya en el campo de refugiados en Tailandia. No conocía Camboya, pero ellos me la contaban”.

“El factor comunitario y religioso es muy potente, estructura a las personas, les dota de una fuerza interior y unos valores, como la fe, la esperanza y la fortaleza y les hace extremadamente resistentes. Viven a la intemperie  y vienen huyendo de situaciones traumáticas y enormemente violentas. Muchas veces en el campo están como en una cárcel, no hay posibilidad de salir, no hay posibilidad de economía, no hay colores”.

Denuncia que se produce un error de base en el uso del adjetivo “refugiado” como sustantivo.  “Ser refugiado es una situación transitoria. No hace tantos años los españoles lo fuimos, y qué fácilmente se nos ha olvidado. Son seres humanos, que sienten, se alegran, sufren y tienen sueños para sus hijos. Son personas que están en unas circunstancias especiales que normalmente les hace ser muy proactivos. No son una amenaza.  Si se sienten acogidas, si se les abren bien las puertas, si se les da el apoyo adecuado para que se integren,  son una oportunidad de mejor desarrollo económico, de enriquecimiento social y cultural. Vienen a dar la mejor de sí mismos. Por eso creo que cerrar fronteras no nos llevará a ningún sitio. No olvidemos que nadie quiere irse voluntariamente de su casa dejándolo todo”.

Desde la ong SAUCE apoyan su labor. Su proyecto más reciente es el documental “Misión en Battambang” que narra las vidas de cinco niños cuyas historias representan la realidad cotidiana de miles de camboyanos. Kike habla con mucha compasión y dulzura de las situaciones difíciles de la vida. Nada le para en esta carrera de fondo que es el compromiso permanente con los más pobres. Lopok (“Padre”) seguirá enseñando a volar con las alas rotas.

Rocío Gayarre

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