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“El golpe que te noquea es el que no ves venir” – Hovik Keuchkerian (Líbano)

Ignacio Gil el

 

 

“Todos somos mestizos y refugiados, ¿no?” Así es. Hovik nacido en Beirut, de padre armenio y madre navarra, vino a vivir a España cuando él tenía solo tres años, huyendo de la Guerra Civil. Aunque conserva pocos recuerdos de su infancia y en su casa en realidad no se hablaba con demasiada melancolía del exilio, es ahora cuando intuye el poso del pasado familiar. “Creo que se nace con un recuerdo del pasado. Es como una mochila que cargamos todos, el peso de nuestra historia”. Se siente muy español pero también armenio y libanés, “mi sangre es una mezcla cojonuda”, concluye riéndose, una risa alegre y contagiosa, que derrite cualquier barrera. La entrevista no ha hecho más que empezar pero es como si a Hovik le conociéramos de antes. Se hace querer y admirar sin esfuerzo.

De su padre ha heredado la cabezonería, el amor por el trabajo, ha aprendido a levantarse después de caer y la capacidad analítica. No quiso seguir estudiando y muy joven empezó a trabajar en el restaurante de su padre. “Fue una auténtica escuela. Me enseñó a relacionarme, a que no me asustara estar con gente de todo tipo”.

Y de su madre, “todo eso y más”. Echa la mirada atrás y ahora es consciente del esfuerzo que le debió suponer salir de su casa en Beirut, con dos niños pequeños y empezar de nuevo y de cero en Madrid. “Si quieres hablar de héroes, sin dudarlo, el mío es mi madre. ¡No se le pueden echar más cojones a la vida!”.

Es actor, comediante, escritor y poeta, y exboxeador. Y sigue en proceso de conocerse y reinventarse. “Sigo buscando mi camino, aunque he descubierto que el escenario es mi ecosistema”. Y la vida, ¿se parece más a un ring o a un escenario? “Son cosas parecidas, sin embargo la sensación de subir al ring no se parece a nada de lo que he experimentado, porque el boxeo es verdad. El ring es la representación de la vida en un instante. En el boxeo, el golpe que te noquea es el que no ves venir. Y te levantas, como en la vida, no sabes cómo ni porqué, pero consigues volver a levantarte. Puedes tardar un mes, tres o seis, pero al final siempre eres capaz”.

“El boxeo ha sido mi universidad. Me ha enseñado a trabajar, a entrenar, a focalizar, a prepararme para estar perfecto en un día determinado. Es parecido a un escenario, pero la diferencia principal es que en el boxeo te pueden hacer daño físicamente”.

Derrocha autenticidad y valentía y confiesa sin pudor que “En el ring he tenido mucho miedo. Mis amigos boxeadores suben al ring tranquilos. Para mí, en cambio, siempre fue un reto. El primer paso importante para hacerme boxeador lo di cuando estuve yo en el suelo. Años después, el primer día que pisé el escenario, pude salir relajado y tranquilo porque había pasado por la escuela del boxeo. Empecé a “entrenar” igual que lo hacía en el boxeo. Mi maestra Raquel Pérez, me enseñó su técnica que es perfecta y maravillosa”. La parte de su trabajo con la que más disfruta es la preparación del personaje. “Actuar es jugar”, es una de las reglas de oro para conseguir que el trabajo no llegue a afectar la vida personal de un actor, para mantener la distancia y la cordura. Para Hovik la emoción, el físico y la mente son un pack. “Cuando estás bien físicamente la cabeza se coloca en su sitio, la emoción fluye y el alma lo compacta todo. Mientras que si físicamente estás mal, te descuadras de cabeza y ya estás perdido…”

A pesar de haber empezado en los escenarios con casi 40 años, ya tiene tablas, ha hecho series, películas, comedia, monólogos… Del trabajo del que está más orgulloso es de “Un Obús en el Corazón”, con el que ha estado casi 4 años. Su mayor reto como actor ha sido interpretar a este refugiado que transmite el dolor de la guerra. “No había red, una hora y veinte de monólogo, con la energía muy arriba. Ha sido maravilloso pero muy complicado”.

“Soy refugiado, pero privilegiado en cierto modo. La crisis de refugiados es una crisis a nivel humano. Es una desgracia absoluta lo que está ocurriendo. En gran parte de nuestro mundo hay mucha gente que está sufriendo. No nos hacemos preguntas transcendentales, o si nos las hacemos no queremos saber las respuestas. No encaramos el problema real. El sistema está muy lejos de ser perfecto, y aunque quizás es el menos malo, está deshumanizado”. El tiempo de la entrevista no da para más, pero este hombre versátil y puro, sí,  seguirá cosechando éxitos, dentro y fuera de los escenarios, a base de trabajo duro, talento, valentía, sensibilidad y suerte.

Rocío Gayarre

Refugiados

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