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Blogs Crónicas de un nómada por Francisco López-Seivane

Visita guiada a las entrañas de la Tierra

Visita guiada a las entrañas de la Tierra
Francisco López-Seivane el

Siguiendo mi ruta por las ex repúblicas soviéticas del Este de Europa (ellos prefieren considerarse centroeuropeos, y yo no tengo nada que objetar, pero para entendernos) llegué un día de buena mañana a la bocamina de Wieliczka, muy cerca de Cracovia.

Hubo una época en la que un tercio de los ingresos de Polonia procedían de aquí y a los mineros se les pagaba con bloques de sal (salarios). Era tan importante ese producto entonces que los Tuareg se pasaban meses atravesando el Sahara con las alforjas de sus camellos cargadas de sal. Hoy día, sin embargo, hasta los dietistas más conservadores te dicen que no la pruebes. Cosas.

Wieliczka está a sólo una docena de kilómetros de Cracovia, o sea que no hay excusa para no rendirle visita cuando uno se halle por allí. Esta mina se ha venido explotando durante casi ochocientos años, así que las excavaciones han dejado profundas cicatrices en las entrañas de la tierra, que los mineros terminaron convirtiendo en auténticas obras de arte, por lo que ha sido declarada con justicia Patrimonio de la Humanidad. ¿Todavía no se animan?

Detalle de una de las paredes de la capilla de Santa Kinga/ Foto: F. López-Seivane

Yo hace mucho que tenía ganas de explorar ese mundo salino subterráneo, del que tanto había oído hablar, y sólo esperaba la ocasión propicia…, que llegó ¡por fin! este día. Nací en un pueblo minero y la idea de adentrarme en una mina no me asusta lo más mínimo. Acompañado de Anna Propoch, una joven guía que se expresaba muy bien en castellano, me introduje sin pensármelo dos veces en la estrecha jaula que nos metería directamente en el laberinto de galerías de Wieliczka. Toda mina profunda consta de un pozo vertical y un complejo de galerías horizontales a distintos niveles. Aquí sólo están abiertos al público los tres primeros, que, a veces, se comunican entre ellos por gateras y enormes oquedades producidas por desprendimientos. El interior de Wieliczka se extiende por más de 300 kilómetros, distribuidos, como digo, en varios niveles, desde los 64 hasta los 327 metros de profundidad. Cuenta con más de 3.000 oquedades, o ‘salas’, que suman una capacidad total de 7 millones y medio de metros cúbicos. Con eso ya pueden hacerse una idea de la sal que se ha extraído de aquí desde la Edad Media. La visita sólo incluye los tres primeros niveles hasta una profundidad de 135 metros, que ya está bien para el primer día.

El interior de Wieliczka no tiene nada que ver con las minas de carbón, tan sucias e irrespirables. Aquí todo está limpio como una patena, empezando por el ambiente que se respira, extraordinariamente puro, ya que la sal es un poderoso conservante que absorbe la humedad y con ella las bacterias que corrompen los tejidos. En este punto me asalta la idea absurda de que si me perdiera aquí y mi cuerpo fuera encontrado muchos años después, estaría incorrupto, con lo que tal vez accedería por ese atajo a una santidad que me parece inalcanzable por la más deseable -¡pero tan empinada!- senda de la virtud. ¡Tonterías, no me hagan caso!

Pronto empiezan a aparecer ante mis ojos las capillas, altares, arabescos, dinteles, esculturas y obras de arte de toda laya cinceladas en la roca de sal, con lo que mi mente abandona toda ensoñación. “Estas extraordinarias esculturas, me dice Ania, las hacían los mineros en sus ratos libres para conmemorar ciertos hechos, casi todos de carácter religioso”, con lo que la mina se fue convirtiendo poco a poco en un auténtico museo de arte sacro, que incluye una imagen a tamaño natural del finado papa polaco Woytila, ¡faltaría más!, pero también de otras figuras rutilantes de la historia polaca, como  Copérnico, Walesa o Casimiro el Grande, que ordenó legislar los derechos de los mineros ¡en el siglo XIV! Algunas de las salas son de dimensiones colosales, hasta el punto de que suelen alquilarse para celebrar en ellas partidos de tenis, bodas, fiestas multitudinarias… o lo que se quiera.

Sala Copérnico, dedicada al gran astrofísico polaco. Foto: F. López-Seivane
Estatua de Casimiro el Grande, que estableció los Derechos de los Mineros en el siglo XIV/ Foto: F. L. S

A lo largo del recorrido nos topamos con un buen número de lagos, o estanques, de aguas quietas. “La mina dejó de explotarse en 1996, o mejor dicho, cesó la extracción de sal de roca, que, en contra de lo que se cree, es de color gris, y no blanco, ya que contiene muchas impurezas. Ahora, me explica Anna, se obtiene la sal por otros medios”. En efecto, cada minuto entran cuatrocientos litros de agua en la mina, que se  van estancando en depósitos hasta quedar saturados del mineral. Luego, se extrae la salmuera mecánicamente al exterior para obtener la sal por el mismo procedimiento que las salinas tradicionales.

El paseo por las entrañas salinas de la tierra es fascinante y aleccionador desde todos los puntos de vista. Por si había habido pocas sorpresas, Anna me cuenta, mientras degustamos una ensalada en el restaurante a muchos metros bajo tierra, que el aire de la mina es tan beneficioso para las enfermedades respiratorias que hay un sanatorio instalado en el tercer nivel, a 135 metros de profundidad, donde hasta dos docenas de pacientes pueden pasar temporadas.

Self Service en el interior de la mina/ Foto: F. López-Seivane

Mucho tiempo ha transcurrido desde que el Duque de Cracovia hiciera una incalculable fortuna con la mina y los nazis la explotaran usando a los judíos como mano de obra gratuita. Pero Wieliczka, aún cerrada, sigue siendo una ‘mina’ y produciendo enormes beneficios al estado con las visitas turísticas, el restaurante, las tiendas, el sanatorio y otros negocios asociados. Lástima que no llegue nada a los herederos de aquellos sufridos mineros que la convirtieron en una obra de arte por los siglos de los siglos.

Las fotos que acompañan este reportaje están hechas con una cámara Fujifilm X-E2

La joven guía Anna Propoch, a la entrada de la mina/ Foto: F. López-Seivane
Capilla de la Santa Cruz, hecha con madera/ Foto: F. López-Seivane

 

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