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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Viviendo en los mundos de Yupi

Emilio de Miguel Calabia el

 

En la juventud todos hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos en la edad madura. Desde casarnos con la persona más incompatible del universo, hasta tomar pastillas “graciosas” que creías que sólo te iban a animar un poco y que te mandaron directo a la UCI. En mi caso, uno de esos pecados de juventud fue mi paso por la New Age y la cantidad de libros de autoayuda que me tragué entonces. Porque sí, uno de los lemas de la New Age parecía ser: “si sigues siendo infeliz, es que has leído poco”.

Con la que ha caído desde entonces y a pesar de las críticas y de Paolo Coelho (Coelho despierta la irrefrenable necesidad de ponerse a hacer justo lo contrario de lo que está diciendo, aunque sólo sea para no correr el riesgo de convertirse en alguien parecido a él), los libros de autoayuda siguen estando de moda y ahora, encima, cuentan con una infinidad de páginas web para difundirse. Estoy seguro de que hay más páginas web sobre libros de autoayuda que sobre maneras de disfrutar con la lectura de El Quijote.

En una página titulada “Psicología y mente” dicen: “De vez en cuando, no está de más leer uno de esos libros inspiradores que te cambian la vida y te transforman en una mejor persona. Estos libros, en muchos casos escritos por gente que ha tenido que aprender por sí sola de los malos momentos, son realmente útiles. Los libros de autoayuda son una ayuda más para hacer frente a las dificultades de la vida diaria. A través de las reflexiones que nos proponen, de los conceptos que nos presentan y de las diferentes estrategias de afrontamiento que nos muestran, nos lo ponen más fácil a la hora de volvernos resilientes ante la adversidad.En mis tiempos los libros hablaban sobre todo de cómo ser feliz. Que ahora hablen de resiliencia y hacer frente a las dificultades quiere decir que el mundo se ha convertido en un lugar tan oscuro que ya ni los escritores de los libros de autoayuda confían lo suficiente como para vender felicidad.

En otra página llamada “La mente es maravillosa”, leemos: “Los libros de autoayuda se alzan como un recurso sensacional para invertir en nosotros mismos. Aún más, nos facilitan un despertar, nos dotan de las mejores herramientas para descubrirmos, para lidiar mejor con las dificultades y convertirnos en las personas que deseamos ser (…) con la llegada de ese amplísimo mercado de la autoayuda y el crecimiento personal, se nos abre de pronto nuevas y sensacionales oportunidades [quien escribe esto debería especificar si las oportunidades se le abren al lector o al autor, que ahora va a vender mucho más]. Podemos fortalecer nuestras competencias, mejorar nuestras relaciones afectivas, trabajar nuestra espiritualidad o tomar conciencia de nuevos enfoques que hasta el momento no percibíamos…” Si los libros de autoayuda pueden conseguir todo eso y hay tanta gente leyéndolos, no me explico porqué las farmacias no dan abasto con la venta de Prozac.

El objetivo proclamado de la mayor parte de estos libros es que seamos felices. Aparentemente la felicidad es algo a lo que tenemos derecho por el mero hecho de haber nacido y debería de ser nuestra aspiración suprema. Yo diría que la única certeza que nos da haber nacido es la de que vamos a morir. Bueno consuela saber que además de ser mortales tenemos que ser felices por huevos.

Lo malo es que un concepto tan bonito como el de la felicidad nunca acaba de ser explicado por los libros de autoayuda. Teóricamente todos deberíamos saber lo que es la felicidad, pero la buscamos de maneras tan dispares y contradictorias, que lo mismo es que no la tenemos tan clara. Yo me quedo más bien con el realismo de los antiguos estoicos: me conformo con no estar demasiado jodido.

Un componente de la felicidad suele consistir en ser uno mismo y el desarrollar todo nuestro potencial. Aquí hay una primera presunción: la de que somos alguien. Jaime Gil de Biedma, que en lugar de escribir libros de autoayuda se dedicó a componer poemas maravillosos, no dudaba de que fuéramos alguien, lo malo es que somos demasiados álguienes: “Yo soy bastantes personas y no aguanto a ninguna de ellas, las conozco a todas”. Una segunda presunción es la de que además el alguien que somos merece la pena. Lo lamento, pero hay personas que todavía no me han demostrado que merezcan la pena. Se imaginan diciéndole a Hitler “realízate, sé quien eres”.

En cuanto a lo de desarrollar todo nuestro potencial, los libros de autoayuda se parecen a los gurús empresariales, que también empiezan hablando de desarrollar nuestro potencial, de vivir nuestra pasión, y acaban diciéndonos que tenemos que ser más productivos y trabajar más, que era a lo que iban desde el principio. ¿Y si alguien decidiera que su felicidad pasa por seguir siendo el mismo capullo que cuando nació? Si eso sucediera, los libros de autoayuda se irían al carajo. A lo mejor no estaría mal que alguien dijera eso.

El pensamiento mágico, que creíamos que habíamos expulsado en el siglo XIX, se nos ha vuelto a colar por la ventana de los libros de autoayuda. Parece que para conseguir lo que queremos basta con que lo deseemos con todas nuestras fuerzas y que vivamos como si ya lo hubiésemos conseguido. Yo llevo una década deseando ser millonario y aún no lo he conseguido; a lo mejor es que no lo deseo con la suficiente convicción. Le he pedido un crédito al banco para comprarme un Porsche y empezar a vivir como si fuese ya millonario, pero ellos han puesto mucha más convicción en su negativa que yo en mi afirmación.

El extremo de esta forma de pensamiento lo tenemos en “El Alquimista” de Paolo Coelho y su famosa frase “cuando realmente quieres algo, todo el universo conspira para ayudarte a conseguirlo”. No está mal, el Big Bang, los átomos, las galaxias y todo lo demás vinieron a ser para que yo pudiera realizar mis deseos. Nunca me había sentido tan importante como después de haber leído a Paolo Coelho.

Para los que no quieren que les pongan las cosas demasiado fáciles, una técnica muy socorrida es la de escribir afirmaciones. Así no podrás decir que la felicidad te llegó con sólo desearla, sino que te la curraste un poco. Por ejemplo, en “La única dieta” Sondra Ray afirma que estamos gordos no porque nos pongamos hasta arriba de hamburguesas y coca-cola, sino por los pensamientos negativos que tenemos sobre nosotros mismos y la comida. Para contrarrestarlo, hay que ponerse a escribir como un descosido: “Yo [nombre del optimista] me amo a mí mismo. Mi cuerpo procesa automáticamente cualquier alimento que como para mantener mi peso perfecto de [le tienes que decir a tu cuerpo cuántos kilos quieres pesar] kilos. Todo lo que como se convierte en salud y belleza”. Dado que la profesión de dietista sigue siendo una profesión al alza, asumo que, o bien poca gente ha leído el libro de Sondra Ray, o bien no acaba de funcionar.

Hay momentos en los que la autoayuda más que pensamiento mágico, me parece pensamiento infantil, como cuando éramos pequeños y creíamos que con que cerráramos los ojos muy fuerte y le pidiéramos algo a Dios con mucha intensidad, lo obtendríamos al momento. Nuevamente me encuentro con un ejemplo excelente en Sondra Roy. En “La única dieta” llega a afirmar: “El impulso inconsciente de muerte es la aceptación de la inevitabilidad de la muerte causada por fuerzas “allí fuera”. Cuando la gente se niega a cuestionar la muerte, aceptan su poder sobre ellas (…) Muchos científicos admiten ahora que no se debe subestimar la mente y su poder sobre la muerte. Algunos de ellos se han dedicado a estudiar a los maestros espirituales y reafirman lo que estos maestros han predicado desde hace siglos: hay una alternativa a la muerte física, la extensión de la vida o inmortalidad, incluso la capacidad de desmaterializar y rematerializar el cuerpo…” Para quienes hayan quedado convencidos con este párrafo, Sondra Rey escribió “Inmortalidad. Manual práctico”.

Ya me gustaría que Sondra Ray tuviera razón, porque lo de morirme me da cierta pereza, pero va a ser como lo de los Reyes Magos, que me pasé de los nueve a los veinticinco rezando porque fueran reales y si quieres arroz, Catalina.

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