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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Paisaje de batalla con ensalada con anchoa en el centro

Emilio de Miguel Calabia el

Aunque no conseguiste entrar en la Academia de Oficiales de Infantería por una cojera que arrastrabas desde niño, nunca perdiste el gusto por la estrategia y todo lo militar. Ya lo decían los jesuitas donde estudiaste: “la vida es milicia”. Sí, milicia y guerra y combate continuo, porque el hombre es un lobo para el hombre y la vida en sociedad una lucha que hay que ganar cada día. De pequeño leías el Nuevo Testamento cada noche, para ser mejor. Ahora lees a Clausewitz cada noche y te va mejor que antes.

Lo importante en cada situación es hacer una evaluación de las fortalezas y debilidades de tu enemigo. En tu caso, el enemigo se llama Concha, tiene 39 años y en estos momentos está sentada al otro extremo de la mesa. Concha practica la guerra de desgaste. Su vida es un sistema intrincado de trincheras contra las que deja que se estrelle el enemigo. El mayor peligro con Concha es que dentro de una estrategia por lo general defensiva, es una experta en los ataques mano fulgurantes, que no ves venir, como cuando te pregunta inopinadamente si esos 200 euros que has ganado a los ciegos no los vas a utilizar para comprar una nueva lavadora y tú que pensabas que con ese dinero verías el Real Madrid-Atlético de Madrid en el Bernabéu, respondías que sí, que ya lo habías pensado y más tarde, mientras oías el partido por la radio, te maldecías por tu lentitud de reflejos, pero sabías que te volvería a suceder la próxima vez que Concha atacase.

Entre Concha y tú está Jaime. Para manejar a Jaime hace falta mucho más que el estudio de la polemología. Hay que saber de psicología, ciencias sociales y ciencias políticas. Jaime tiene cinco años y es al mismo tiempo la víctima, el arma, el objetivo y el rehén del conflicto de baja intensidad que mantenéis desde hace cinco años y nueve meses por lo menos. A Jaime lo concebisteis como una suerte de operación de mantenimiento de la paz, que esperabais que trajese la armonía que los dos solos no érais capaces de conseguir. Jaime solo trajo una frágil tregua que duró unos cuantos meses, exactamente lo que consiguen la mayor parte de las operaciones de mantenimiento de la paz. Pasado ese tiempo y renovadas las hostilidades, descubristeis que habíais traído al mundo a un nuevo combatiente que complicaba, y mucho, los cálculos estratégicos.

Dice Theodore Caplow en “Dos contra uno. Teoría de coaliciones en las triadas” que los sistemas con tres elementos son inherentemente inestables y Jaime había contribuido a demostrároslo. Jaime era un rehén de vuestras luchas, pero al mismo tiempo era un participante, un aliado necesario, imprescindible si se quería ganar. Jaime era vuestro rehén y al mismo tiempo os tenía cogidos por los huevos, que es una expresión que nunca encontraste en Clausewitz y es una pena, porque describe perfectamente muchas de las situaciones más irritantes de la vida.

Concha y tú sabíais que quien contase con el apoyo de Jaime, ganaba el combate. Jaime en ocasiones era fácilmente sobornable. Una hora extra de televisión podía bastar para comprarle. Pero en otras ocasiones, se enfurruñaba y no quería tomar partido y entonces quedábais en tablas. Al comienzo de vuestro matrimonio las tablas podían resolverse con una buena sesión de sexo reconciliatorio, pero a estas alturas el sexo entre vosotros era algo obsoleto, como la caballería en los campos de batalla del siglo XXI. Peor, porque la caballería sigue quedando muy vistosa en los desfiles militares, mientras que el poco y espaciado sexo que teníais parecía más una broma, como un oficinista cincuentón que saltase dos escalones de golpe y lo llamase acrobacia.

Los humores de Jaime, tan importantes para vuestra guerra, eran impredecibles, aunque tendía a decantarse más por Concha, por aquello de que pasaba más horas con ella, lo cual hacía que perdieses la mayor parte de los grandes enfrentamientos y bastantes de los pequeños. Pero te constaba que Jaime era un aliado difícil y que hubo días en los que Concha tuvo que sacrificar la siesta por una partida con la wii para evitar un cambio de alianza.

Los conflictos de baja intensidad se caracterizan porque no hay grandes batallas, sino pequeños incidentes, que se van acumulando día a día y acaban generando casi más violencia que si hubiera una buena batalla que acabase con el conflicto de una vez por todas por exterminación de uno de los bandos combatientes. Tu guerra con Concha era así. Estaba hecha de pequeñas rencillas, generalmente en campos de batalla escogidos por Concha.

Un ejemplo era el de ese mediodía de domingo. Tú a un lado. Concha enfrente. Jaime entre ambos. En el centro una ensalada de tomate, lechuga y huevo duro con UNA anchoa. Tanto Concha como tú enloquecíais por las anchoas. A Jaime no le gustaban. Nunca entendiste porqué, si a ambos os fascinaban, Concha sólo ponía una anchoa en las ensaladas. Alguna vez, que probaste a hacer la ensalada y a llenarla de anchoas, te encontraste con que en el trayecto de la cocina al comedor, todas las anchoas habían desaparecido, menos una. La de la discordia.

La fuente estaba equidistante. Teóricamente tú, con tus mejores reflejos, producto de innumerables partidas de tenis con la wii con el exclusivo objeto de atraerte a Jaime a tu campo, podrías hacerte con la anchoa en un abrir y cerrar de ojos. Pero eso era no contar con que Concha era un genio en la guerra psicológica. Nada más colocar la fuente en el centro de la mesa, anunció que teníais que rezar en acción de gracias por los alimentos que íbais a tomar. Concha improvisaba las oraciones con lo que solo ella sabía realmente cuándo iba a terminar. Ésta terminó con un “ayúdanos”. Te quedaste como un bobo esperando el “Señor” que hubiera debido venir después y que nunca llegó. Reaccionaste demasiado tarde. La anchoa fue para Concha.

Ese almuerzo ella se llevó también el mejor solomillo. En comparación, tu victoria en lo que se refiere al número de patatas fritas en tu plato, tuvo algo de pírrico. Con el postre las cosas empeoraron. Concha se llevó el único plátano que había en el frutero y tuvo la habilidad de ofrecérselo a Jaime, con lo que además de ganar un punto, fortaleció los vínculos con su aliado y deshizo en un momento la ventaja que le sacaste con los tres sobres de cromos de futbolistas que le trajiste al volver de comprar el pan.

No obstante, el final del almuerzo terminó en tablas. Concha pondría el lavaplatos y tú jugarías a la wii con Jaime. Ninguno de los dos se echaría la siesta. Incluso, si lo mirabas bien, tú parte era mejor. Jugar a la wii tomaría más tiempo, pero era más divertido y te daría más puntos con Jaime.

Aquella tarde te sentías un poco más irritado que de costumbre. Tal vez fuera que la anchoa de la ensalada en esta ocasión era de las de Santoña, que son más sabrosas y más caras. Jugaste con la rabia que da haber sido vencido y, sin querer, derrotaste a Jaime tres veces en seis minutos. Jaime lanzó el mando contra el suelo enfadado, se puso a llorar y se fue a su habitación.

Extrañamente, la sensación que te invadió fue una de alivio. Ya no tendrías que pasar media hora-tres cuartos-una hora jugando con Jaime con la wii. Tenías ahora toda la sobremesa para ti. Y te diste cuenta de que la solución a tu guerra con Concha era muy sencilla. No había que seguir luchando un conflicto de baja intensidad que se eternizaba. Mañana pedirías el divorcio. Y sí, empezaría otra guerra, pero no sería tan mala como la de los últimos cinco años y nueve meses.

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