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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cinco estampas de la playa (y 2)

Emilio de Miguel Calabia el

Grindr

Grindr es la versión digital del Casandra. Un sitio para pescar desde la tranquilidad de la habitación del hotel de tres estrellas. Aquí los papeles de halcón-buitre y de presa están más difuminados. O no. Todo homo que tenga más de 30 años está del lado de las presas. Algunos altos, bien dotados y de cuerpo musculoso aún pueden ir de halcones-buitres con 35, pero a la cuarentena, todos son iguales. Vejestorios, que acaso lo único que quieran es que alguien se fije en ellos y les dé conversación, para imaginarse que siguen teniendo valor en el mercado.

El mercado es implacable con los viejos. El mercado no tiene piedad. Y eso se aplica también fuera de Grindr. Como la vez que ejecutó los avales de Palau e hijos aun a sabiendas de que les llevaría a la ruina. No es nada personal. Son las leyes del mercado.

Grindr sólo se diferencia del Casandra en que es más fácil mentir. En el mercado todo el mundo miente como si fuera un contable resabiado que promete que nunca ejecutará esos avales. La foto del perfil de Ramón era de hacía 7 años, de una temporada que se tomó en serio lo del gimnasio y llegó a tener un cuerpo casi interesante. En el perfil Ramón se quitaba cinco kilos y cinco años y lo compensaba añadiéndose cinco centímetros. Ramón se anunciaba como activo y decía que le gustaban los efebos rubios. También decía que le gustaba pasear por la sierra y tomar el sol en la playa. Lo que no decía es que se sentía viejo y solo y hasta desesperado.

Grindr es como los cursos de contabilidad de Las Ramblas. Te prometían que te ayudarían a ser alguien en la vida, pero no te aclaraban que ese alguien sería un contable mal pagado y aburrido. Grindr te promete pasión, sexo, acaso amor y a menudo lo que te da son polvos patéticos y eso cuando te los da.

Fue pasando los perfiles. Al cabo de un rato todos se parecían. Sonrientes, mucho torso desnudo, mucha barba bien recortada, mucho activo y bastantes menos pasivos. Según la ley de la oferta y la demanda, todos los pasivos dormirían acompañados esa noche.

Uno de los perfiles le llamó la atención. Salvador Palau. ¿No se llamaba Salvador el más pequeño de los Palau, el que tuvieron que sacar de los maristas y meter en un colegio público cuando se arruinaron? Salvador Palau. 35 años. Pasivo. Con pluma. Le gustan las películas del Hollywood de los cincuenta y las novelas de Carvallo. Salvador Palau, un hombre un poco regordete, con el pelo ralo y barba muy cuidada.

Habían pasado muchos años, pero todavía le escocía. La primera vez que había sido perverso de verdad, que había ido a arruinarle la vida a alguien, y lo peor es que no sabía porqué lo había hecho. El viejo Palau ni tan siquiera le caía mal. Era un hombre chapado a la antigua que todavía creía que el contrato más fiable es el que se sella con un apretón de manos.

Contactar a ese Salvador y mientras le penetraba, decirle que él había sido el responsable de que terminase en un colegio público y no pudiese ir a la universidad. Besarle apasionadamente y entre beso y beso, decirle que los negocios son así, que no hay piedad para los que creen que los apretones de manos sirven para algo. Pasarle la mano por el pecho, juguetear con su vello y decirle que la vida es cruel, que a la gente buena le pueden ocurrir cosas muy malas y que contables honestos y sin pretensiones un día te pueden saltar a la yugular simplemente porque toca.

Miró el reloj. Eran ya las doce. Realmente no le apetecía hablar con nadie. Mejor estar solo con una copa de güisqui.

François

La noche en el Casandra se anunciaba monótona. Había muchas más presas que halcones. No había para todos. Miró en dirección a la barra, por si veía a Mohamed. Le diría que sí que quería ir al sur de Almería y ver las ruinas romanas, las montañas verdes y el desierto. Le invitaría a una copa y se disculparía, que a veces uno tiene humores de los que luego se arrepiente. Siempre demasiado tarde.

Entonces se dio cuenta de que al lado se le había sentado un hombre que estaría en la sesentena. Bronceado, con el pelo entrecano perfectamente peinado, con arrugas de esas que remarcan la personalidad, no de las que hacen viejo, el cuerpo magro, un cuerpo de viejo aventurero.

El otro miró en su dirección y alzó el vaso. Brindaron.

– Me llamo François.

– Ramón.

– Enchanté,- se notaba que tenía que haber dicho “enchanté” muchas veces en la vida y en sitios mucho más refinados que el Casandra. – La primera vez que vine a Cala d’Or aquí no había más que pescadores. Tíos recios. Por cien pesetas te podías trajinar a uno. Había que hacerlo deprisa, en la playa, entre los matorrales, no fuera a venir la Guardia Civil y a aplicarte la Ley de Peligrosidad Social. Me gustaba. Era mucho más excitante que la rive gauche, donde hasta los chaperos creían que te tenían que soltar alguna frase existencialista antes de follar. Yo inventé el turismo sexual. Cuando era joven, en toda Europa los homos no salían de cuatro garitos de ambiente, donde ligoteaban con el miedo en el culo de que en cualquier momento irrumpiera la policía. Yo les hice una higa. Panda de acojonados, allez vous faire foutre. Me puse a viajar. Tánger, La Habana, Cartagena de Indias, Gambia… dime un destino donde haya vergas poderosas y allí he estado.

– ¿Bangkok?- Ramón no sabía si tenía delante a un petardo arrogante o a un hombre muy viajado. En la duda, era todo oídos.

– Asia, ni pisarla. Las tienen diminutas y todos son medio efebos. No es una leyenda. Una vez me acosté con un tailandés y otra con un vietnamita y es verdad lo de las vergas risibles. A mí me que me den la verga potente de un senegalés o de un mulato habanero…

Dejó de escucharle. De pronto le entró una lasitud extraña. Tanto discurso de vergas cosmopolitas le había dado sueño. François seguía con su enumeración erótico-geográfica. Le gustaba escucharse.

– El mundo ha cambiado. Ahora los homos van a follar hasta la Antártida, pero ya no hay pescadores recios como los de antes. Me alegro de haber tenido 20 años cuando merecía la pena.

Ramón pensó que tener 20 años siempre merece la pena, aunque sólo fuera para ir a los tugurios del Barrio Chino y tener un polvo rápido en los aseos con un tipo agitanado. A los 20 años nadie duerme solo si no quiere.

– Hoy esto está fatal. No hay nada apetecible. Cerca de aquí organizan una chemsex. 30 euros y te dan un popper y un par de condones a la entrada. ¿Te vienes?

Ramón se dijo que la invitación le llegaba con treinta años de retraso. Denegó con la cabeza.

Anselm

Mientras esperaba el autobús de regreso, pensó que dentro de dos días sería lunes y que sus vacaciones en Cal d’Or quedarían atrás como un mal sueño. Hacía años que las vacaciones eran una sucesión de frustraciones y decepciones. Igual que su vida de todos los días.

El lunes volvería al trabajo y a media mañana tomaría café con Anselm de Almacén. Anselm estaba casado y tenía tres hijos, pero todos sabían que estaba dentro del armario. Todos, menos él.

Durante el café, Anselm le preguntaría por las vacaciones en Cal d’Or, fingiendo indiferencia, pero muriéndose de envidia por dentro. Ramón le respondería que estuvieron genial y que se ligó a un islandés rubio y lánguido que se llamaba Tadzio.

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