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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Escribir. Una profesión de riesgo (2)

Emilio de Miguel Calabia el

Mishima preparó durante toda su vida un suicidio espectacular como el exhibicionista que era. Mario de Sa-Carneiro también se pasó la vida preparando su suicidio, pero su manera de hacerlo fue mucho más íntima y lírica. En 1911, con 21 años, escribió un hermoso poema con ocasión del suicidio de su amigo Tomás Cabreira. Hay dos estrofas en el poema que, en mi opinión, dejan traslucir la desilusión vital que le llevaría cinco años más tarde a suicidarse:

“A nossa amante era a Glória

Que para ti — era a vitória,

E para mim — asas partidas.

Tinhas esp’ranças, ambições…

As minhas pobres ilusões,

Essas estavam já perdidas…

(…)

Foi triste, muito triste, amigo, a tua sorte —

Mais triste do que a minha e malaventurada.

… Mas tu inda alcançaste alguma coisa: a morte,

E há tantos como eu que não alcançam nada…”

La sensación de fracaso, de que la vida que llevaba no tenía nada que ver con la vida que había soñado, los desengaños con las mujeres, todo eso le llevaría en 1916 a tomarse cinco frascos de arseniato de estricnina en el hotel de Montmartre donde se alojaba.

Antes de matarse le mandó una carta patética y extraña a su amigo Fernando Pessoa en la que empieza anunciando que a menos de que ocurra un milagro antes del próximo martes, tomará una fuerte dosis de estricnina. Cuenta que sus últimos quince días habían sido muy felices y que había llevado la vida que siempre había soñado llevar, pero ya no tenía dinero.

Como en los casos de los escritores japoneses, el suicidio de Sa-Carneiro acabó causando otro cuatro años más tarde, el del barón de Teive. En su única obra, “La educación del estoico”, Teive deja entrever sus intenciones suicidas: “Alcancé la saciedad de la nada, la plenitud de ninguna cosa. Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que me lleva a acostarme temprano.” Afortunadamente, Fernando Pessoa, el creador del barón de Teive, escogió suicidarse por intermediario y aún siguió escribiendo nueve años más. En realidad Pessoa escogió el suicidio más lento, pero generalmente certero, del alcoholismo.

Otro caso de poetas que se apreciaron y que optaron, cada uno a su debido tiempo, por marcharse del escenario antes de tiempo, fueron Sergei Esenin y Vladimir Mayakovski.

Esenin era un poeta campesino, muy apegado al terruño y que creía que la revolución bolchevique traería un régimen de felicidad campesina, con vacas con las ubres llenas y árboles cargados de frutos. En 1921 se casó con la famosa bailarina Isadora Duncan. El matrimonio apenas duró dos años. Esenin no llegó a adaptarse a la vida en Occidente. Echaba de menos Rusia y sobrellevaba esa nostalgia con generosas dosis de alcohol. Volvió a Rusia divorciado y alcohólico y se encontró con un país donde la Nueva Política Económica empezaba a aplicarse y donde los poetas líricos ya no eran necesarios. No se reconoció ya en ese extraño país.

El 28 de diciembre de 1925 se ahorcó en el hotel Angleterre de Leningrado. Antes de irse escribió un poema a un amigo poeta. En él dice:

“…Adiós, amigo mío,

sin estrechar la mano ni palabra

no te entristezcas y ninguna

melancolía sobre las cejas

morir en esta vida no es nuevo,

pero tampoco es nuevo el vivir…”

Vladimir Mayakovski, que le imitaría cinco años después, era un niño grande, un niño de 1,92 metros. Era una fuerza de la naturaleza, que quería comerse el mundo a bocados y que le temía a la muerte, que es la gran aguafiestas de la vida.

A finales de la década de los 20 Mayakovski sintió que la fiesta se le iba terminando. Su obra “La casa de baños” fue un fracaso. Los elementos más izquierdistas le acosaban por encontrar que su literatura no era lo suficientemente proletaria. Su amante, Lili Brik, se negaba a divorciarse de su marido. El 14 de abril de 1930, después de una discusión con Lili, se pegó un tiro. En su último mensaje dejó dicho:

“¡A todos!
No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor,
nada de chismes. Lili ámame.(…)
Como quien dice
la historia ha terminado.
El barco del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana
Y estamos a mano
tú y yo
Entonces ¿para qué
reprocharnos mutuamente
por dolores y daños y golpes recibidos?”

Cesare Pavese era un hombre depresivo, que nunca tuvo demasiada suerte ni en las relaciones humanas en general ni con las mujeres en particular. Él mismo escribió en su diario: “Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros”.Pocos días antes de suicidarse, escribió una carta tristísima a su amiga Pierina, en la que decía que “nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a un hombre una mujer enamorada”.

El último de los desengaños amorosos que tanto le habían hecho sufrir en su vida fue con la actriz Constance Dowling, a la que cortejó sin éxito pocos meses antes de morir y a la que llegó a proponer matrimonio. Uno de sus últimos y más conocidos poemas, cuando ya debía de haber perdido toda esperanza en la vida, es “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Tal vez esperase que la muerte le tuviese una lealtad que no le había tenido la vida.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra hueca,
un grito ahogado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando a solas te inclinas
hacia el espejo. Oh querida esperanza,
ese día también sabremos
que eres la vida y la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.”

El 27 de agosto de 1950 desde la habitación del hotel de Turín en la que se hospedaba, pidió a la operadora que le pusiera sucesivamente con cuatro mujeres. Ninguna de ellas le respondió positivamente por diversos motivos. Al final, decidió quedarse con la muerte, que era la más fiel. Se tomó varios sobres de somníferos y ya no despertó. ¿Habría tenido la historia un final diferente si alguna de esas mujeres hubiese acudido? Lo dudo. Hay personas que ya nacen suicidas.

Literatura

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