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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cuando a un mediocre le das poder (7)

Emilio de Miguel Calabia el

A medida que la suerte de las armas les era más y más adversa a los alemanes en el Este, sus aliados empezaron a considerar maneras de romper con Alemania. Ribbentrop trató de venderle nuevamente a Hitler la idea de una federación europea en la que los países conquistados tuviesen una mayor autonomía. Pero en el contexto de crisis militar, la única salida para Hitler era apretarles aún más las clavijas a los países ocupados. La declaración de Casablanca de enero de 1943 que exigía la rendición incondicional del Eje, reforzó la voluntad nazi de luchar hasta el final, al tiempo que creaba entre sus aliados la sensación de que la Alemania nazi era un bote que se hundía y del que había que saltar lo antes posible.

Mientras el número de países con los que Alemania mantenía relaciones diplomáticas iba en continuo descenso (para agosto de 1943, sólo las mantenía con 22 Estados, de los que seis eran territorios ocupados y dos, Estados títeres japoneses), el número de empleados del Ministerio de AAEE no cesaba de crecer: de 2.665 en 1938 se pasaría a 6.458 al final de la Guerra. Ribbentrop era de los que creía que cuantos más subordinados tienes, más importante eres. Con un trabajo decreciente, los empleados de Exteriores se veían obligados a realizar cometidos cada vez más absurdos. Así había un departamento entero dedicado a la redacción de tratados de paz y un equipo de lingüistas trabajaba para la traducción en varios idiomas de una obra infumable titulada “El bolchevismo ruso en los pasos del imperialismo zarista.” Según algunos rumores, había un alto funcionario sin nada que hacer que fichaba por las mañanas y a continuación se iba al cine a matar el tiempo.

Uno de los últimos triunfos de Ribbentrop fue convertir a finales de 1943 a Francia en una suerte de protectorado propio. Ribbentrop influyó para que Pierre Laval fuese nombrado Jefe del Ejecutivo e incluso tuvo mano en la designación de varios de los nuevos Ministros. Como solía ocurrir entre los nazis, el éxito de uno se convertía inmediatamente en objeto de envidias y rivalidades. Al poco comenzó una guerra con Goebbels sobre quién debería tener competencias sobre la propaganda en Francia. Ribbentrop perdió.

Desde comienzos de 1944 la diplomacia nazi cayó en una suerte de irrealidad. Cada vez menos países querían tratar con Alemania y sus aliados intentaban cambiar de bando. Todo ello en un contexto de derrotas militares continuas y de unos frentes que cada vez se aproximaban más al Reich. El último viaje de Ribbentrop al exterior fue en junio de 1944 a Helsinki, donde propuso dar un golpe para instalar un gobierno más dispuesto a luchar junto a los alemanes contra los soviéticos (Finlandia estaba negociando con la URSS su salida de la guerra). Ribbentrop firmó un acuerdo con los finlandeses por el que Alemania les proporcionaría armas y ellos no llegarían a un acuerdo con los soviéticos. El acuerdo y la intransigencia de los soviéticos hizo que los finlandeses pasasen al contraataque y lograsen estabilizar el frente.

Los húngaros eran otros que estaban deseando abandonar el barco alemán, con la complicación de que se encontraban demasiado lejos de los frentes guerreros. Hitler que supo de las intenciones de los húngaros, pensó en invadir militarmente el país. Ribbentrop le convenció de que lo mejor era sustituir a su líder, el Almirante Horthy, por alguien que se plegase a los deseos de los alemanes. La solución funcionó y, para satisfacción de Ribbentrop, el Ministerio de AAEE se encontró gobernando la economía, la prensa y la cultura de Hungría y también tomando parte en la deportación y exterminio de los judíos húngaros. Ribbentrop no podría negar en Nüremberg que había estado completamente al tanto de la operación e incluso había dado instrucciones al respecto.

Las deportaciones de los judíos húngaros pararon a comienzos de julio. Informaciones sobre lo que estaba ocurriendo se habían filtrado y habían causado un escándalo internacional. Himmler, que ya barruntaba la derrota y andaba buscando elementos con los que congraciarse con los Aliados, quiso que los judíos supervivientes le sirvieran de moneda de cambio con los Aliados. Parece, aunque las fuentes no son concluyentes, que Ribbentrop habría secundado los planes de Himmler.

No obstante, Ribbentrop en los últimos meses de la guerra acentuó su antisemitismo, posiblemente para ganar puntos con Hitler, sabedor de que sus acciones cotizaban a la baja en Berlín. En marzo de 1944 tuvo la genial idea de “regalar” un millón de judíos europeos a Churchill y Roosevelt para debilitar el esfuerzo bélico de los Aliados. En abril creó en el Ministerio una oficina llamada “Acción Anti-judía en el Exterior” para recoger informaciones sobre el pernicioso papel de los judíos en el extranjero y utilizarlas en la propaganda nazi. Esto le dio el suficiente prestigio entre los nazis como para que figurase como primer orador en un congreso internacional antisemítico que estaba preparando Rosenberg y que nunca llegó a celebrarse a causa de la situación militar.

El 20 de julio de 1944 tuvo lugar el fallido atentado contra Hitler. Entre los conspiradores se encontraban no pocos diplomáticos. Goebbels, Goering, Bormann y Keitel se apresuraron a atacar a Ribbentrop y a poner en duda su lealtad. Aquí le sirvió su fidelidad perruna al Führer. Hitler no quiso oír sus acusaciones y les replicó que era tan bueno como el oro y que dejasen de levantar sospechas contra él. En todo caso, para probar sus credenciales, Ribbentrop inició una purga en su Ministerio de posibles sospechosos. Afortunadamente para los afectados, su deseo de tener un imperio cuanto más grande mejor era mucho más fuerte y a la postre su ímpetu purgador fue extinguiéndose.

En agosto de 1944 Ribbentrop tuvo uno de sus últimos grandes fracasos. Nuevamente se equivocó en su análisis. Habían llegado rumores a Berlín de que Rumanía se preparaba para abandonar el barco. El Embajador alemán en Bucarest, Manfred von Killinger, en sus informes presentaba la situación en Rumanía como plácida y negaba que el país fuese a firmar una tregua por separado con los soviéticos. Ribbentrop, conforme a esos informes, le decía a Hitler que todo estaba bien en Rumanía. Perfecto, sólo que todo no estaba bien en Rumanía y había una conspiración en marcha para derribar al germanófilo Mariscal Antonescu y hacer la paz con los soviéticos.

El 23 de agosto se produjo el golpe, mientras los soviéticos lanzaban una ofensiva sobre Rumanía. La situación era confusa. En torno a Bucarest había 30.000 soldados alemanes frente a 2.800 rumanos. Hitler ordenó a Killinger que ordenase a las tropas alemanas que marchasen sobre Bucarest y aplastasen la insurrección. Lo malo es que aquel día Killinger se sentía amatorio y había ido a refocilarse con su secretaria. Para cuando volvió a la Embajada y vio lo que ocurría, el golpe había cobrado fuerza. Killinger perdió los nervios y no supo qué hacer. El 25 de agosto Rumanía declaró la guerra a Alemania. 16 divisiones alemanas se encontraron atrapadas entre los victoriosos soviéticos y los ejércitos rumanos. Un desastre peor que el de Stalingrado. Ese mismo día finalmente Killinger decidió lo que tenía que hacer: mató a su secretaria y se pegó un tiro a continuación.

Hitler le echó una de sus grandes broncas a Ribbentrop, que más tarde se quejó ante el general Jodl de que el partido y el Estado le habían convertido en el chivo expiatorio del fiasco rumano. Jodl replicó: “Añada también al Ejército”. A pesar de todo, Hitler siguió sin prescindir de sus servicios. Pienso que de alguna manera Hitler se había vuelto dependiente del servilismo de Ribbentrop. Me recuerda a la relación entre el sádico y el masoquista que describe Erich Fromm en “Miedo a la libertad”. El sádico disfruta maltratando al masoquista, pero no quiere aniquilarlo, porque entonces no tendría a quién maltratar; así se establece una relación perversa de codependencia entre ambos.

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