Lisensiado

Publicado por el jun 25, 2013

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Esta mañana escuchaba a alguien defender algo así como el regreso a las Artes y Oficios. La revalorización de lo menestral, de los aprendizajes y del trabajo artesanal:

-Pues es muy digno tener un hijo persianero…

Esto es una derivada, que se dice, del debate Wert. Yo, que no desciendo de la pata del Cid, me sulfuré levemente (tiendo a los estados de ánimo oximorónicos) y entendí un poco de la irracionalidad e inquina que pueden despertar las ideas de Wert. Nos quieren hacer ebanistas, me dije. ¿Los hijos de quiénes van a volver a ser carpinteros, fontaneros o mecánicos? Porque no se trata de  que lo sean o acaben siéndolo, que ya lo firmaba yo, sino algo distinto: que los padres de esas criaturas admitan conformarse con un trabajo de mono azul para sus hijos. Tampoco es que fuera la resignación social, pero sí introducir en el panorama generacional la idea de que muchos de nuestros descendientes irán con llave inglesa en el bolsillo.

Esto, claro, rompe con el “todos a la universidad”, que era el todos somos iguales. No sólo: es el todos seremos iguales. No iguales, lo mismo. Todos somos lo mismo.

¿Cómo acabar con una sociedad de obreros? Pues metiéndolos a todos en la universidad.

Hemos ido a la universidad a ser iguales. Y la universidad ha sido la gran igualadora española. Ha tenido un papel clave, quizás ya superado, de homologadora ciudadana.

 

La universidad en España no tiene exactamente que ver con la empresa ni con el mercado laboral, ni con el conocimiento, ni con la cultura. El título universitario es la nueva alfabetización y una forma de status ciudadano. La universidad ha sido un nivelador social. Somos un poco sudamericanos y no nos decimos licenciados (¡lisensiado Herrera, no se la doy, se la canto!), aún permanece el señor en el tratamiento, pero el universitario conquistaba una forma de ciudadanía cualificada. Un don en el tratamiento. Dos personas universitarias son efectivamente iguales. Una igualdad sociológica. Y aunque difieran de estado económico, patrimonio o amistades (las finanzas de lo social), la licenciatura permitía alcanzar una ilusión de status. Una identidad ciudadana emancipada, urbana, autónoma, integrable en los ámbitos corporativos, políticos, decisorios.

Los oficios son modos de vida. Es decir, antinovelescos, nada cosmopolitas, anti-románticos.

El oficio era estancamiento, sacerdocio, barrio, pueblo y una modestia de diálogo con las cosas. Trabajo maniobrero y resonancia medieval. Sólo el licenciado, educado, alcanzaba una libertad política real.

Esto, claro, eran ilusiones. En la actualidad bien sabemos lo que supone un título.

Pero durante estos años de socialdemocracia experimental y mediterránea (mediterráneamente… ¡fantastic life!), no sólo se ha vislumbrado una igualación económica, una subida de los niveles de vida, la ilusión del consumo, de la propiedad y de la asistencia social. Más que nada, han sido las décadas de los universitarios, hasta ser un país de licenciados. Un país en el que todo el mundo se saludara con el “buenos días, lisensiado”.

Hemos entrado a la universidad a ser iguales. Pero eso no es malo. Era entendible. Nuestra democracia ha puesto el énfasis en la igualdad, principio obsesivo de nuestro constitucionalismo estos treinta años.

¿Cómo conseguiría la India acabar o superar el sistema de castas? ¡Con una Complutense!

Sobre el estatuto del ciudadano, y alfabetizada España, se creó el estatuto del licenciado. Una condición de ciudadano políticamente activo, dueño de sus derechos, capaz de promoción, pleno e igual. Los trabajos artesanales o manuales exigen el mono y eso, más allá de la metáfora, tiene algo de modo de vida. El oficio es sello, impronta vital.

El licenciado entra en relaciones contractuales con los demás. Y la gran igualdad para nuestros hijos era esa altura de la mirada que sólo otorgaba la educación.

La universidad era la ilusión de una ciudadanía plena y alcanzar las oportunidades (el emigrante va hacia la tierra de las oportunidades; al universitario las oportunidades le habían de llegar).

 

Conozco una mujer, de naturaleza algo trastornada, que colecciona las fotos de las personas de su pueblo que han terminado la carrera universitaria. Lo del título universitario ha tenido algo de gran chaladura nacional.

 

Por eso hay que tener sensibilidad, dejarse de elitismos orteguianos recalentados a la hora de plantear ciertas cosas y entender que lo del 6’5 tiene una enorme trascendencia, que la racionalización educativa puede acabar (quizás para bien) con nuestra mayor y última ilusión (velo, engaño) de igualdad.

Esa frase que hemos llegado a olvidar:

-Al niño se lo tengo dicho: o estudia o si no, como su padre…

La universidad era superar a la familia. Viviendo, claro, con ella.

 

 

 

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