Una oscura pasión catalana

Publicado por el mar6, 2016

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Pablo Iglesias se estrenó en el Congreso de los Diputados, en el primer debate de investidura de Pedro Sánchez, rememorando el cuatrigésimosegundo aniversario de la ejecución del terrorista anarquista Salvador Puig Antich, la misma semana en que una delegación de diputados de Junts pel Sí y la CUP acudían al País Vasco a celebrar la salida de la cárcel de Arnaldo Otegi.

Es antigua y muy larga la catalana afición por mitificar a terroristas y empatizar con ellos. La celebridad en la que hemos convertido a un terrorista como Salvador Puig Antich, y ese insólito santuario de todos los vicios del buenismo que hemos construido alrededor de su muerte -es verdad que extremadamente cruel-, siendo no más que un pistolero, forma parte de una tradición que ha dado en mi país estampas de todos los horrores imaginables.

En la Barcelona del año 2000, consternada por el asesinato de Ernest Lluch, habiendo conseguido PP y PSOE, y las demás fuerzas políticas, consensuar un texto de repulsa al crimen, la periodista Gema Nierga, encargada de darle lectura tras una multitudinaria manifestación, blanqueó a los asesinos, poco menos que culpando al Gobierno de la situación: “Ustedes que pueden, dialoguen”, dijo, como si hubiera sido el presidente Aznar quien hubiese apretado el gatillo.

Las últimas simpatías de la CUP y de Esquerra Republicana por Arnaldo Otegi no son espontáneas y vienen de una larga comprensión por ETA que desde siempre ha habido en el independentismo y también en parte del nacionalismo catalán. David Fernández, exlíder de la CUP, era y probablemente vuelva a ser el hombre de Otegi en Cataluña: le organizaba la agenda y le acompañaba de un encuentro a otro en sus visitas y por ello, pese a no tener carné de conducir, se le conocía con el apodo de “el chófer de ETA” desde los tiempos en que Batasuna creó en su primer experimento catalán bajo el nombre de la PUA (Plataforma para la Unidad de Acción).

Precisamente esta compresión -con disimulos formales, pero sólida en el fondo- es la que llevó a muchos catalanistas a indignarse por el atentado de Hipercor, o el del cuartel de la Guardia Civil de Vic, preguntándose cómo podía ser que ETA atentara contra quienes siempre habían simpatizado con su causa.

La excursión a Perpiñán de Josep-Lluís Carod-Rovira, mientras era presidente en funciones de la Generalitat, para reunirse con ETA y pactar una tregua en Cataluña, tiene mucho que ver con este compadreo, con esta afinidad etarra a la que durante muchos años se le llamó “vasquitis”, con peregrinaje incluido de muchos cachorros independentistas a Euskadi, de donde volvían maravillados de la “valentía” abertzale: “Ellos sí que lo tienen claro”.

Todo ello sin olvidar que en las elecciones europeas de 1987, Herri Batasuna puntuó en Cataluña.

De todos modos, nuestro filoterrorismo no sólo ha tenido que ver con ETA. La comedia que hemos llegado a hacer con el fusilamiento de Lluís Companys, que armó a los peores asesinos de la República, tiene mucho que ver con este empatizar enfermizo del soberanismo con los asesinos.

Más allá de las fronteras físicas, y pese a que el presidente Pujol fue siempre fue un sionista convencido, y la primera medida que tomó cuando llegó al cargo fue reconocer el Estado de Israel; ha habido siempre entre los catalanes una muy groresca y extendida tendencia a la adhesión a la causa palestina, concentrada sobre todo en la figura de Arafat. Cuando murió, y se destapó que las cuentas bancarias donde presuntamente se recaudaban los fondos de la solidaridad internacional con su pueblo eran un engaño y estaban derivadas a otras cuentas que el líder terrorista tenía en Suiza, se supo también que, en cantidad y número, la mayor parte de donaciones provenían de Cataluña.

También en el imaginario más popular, el catalanismo ha blanqueado a auténticos criminales, atribuyéndoles de un modo completamente inventado la militancia en causas supuestamente nobles que en realidad nunca defendieron. Es el caso del bandolero Joan Sala i Ferrer, conocido como Joan de Serrallonga, un payés que pronto se dedicó a delinquir, asaltando masías, practicando el secuestro de personas y familias enteras para obtener rescates, y cometiendo toda clase de asesinatos. A partir de ahí, y por motivos que sólo pueden ser patológicos, el imaginario colectivo modificó tal vil trayectoria trufándola de virtudes y de compromisos que jamás adquirió a lo largo de su vida, tales como que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres.

Pero si alguien ha encarnado todos los hoyos de esta truculencia es el cantante Lluís Llach, que toda vez que presume de antimilitarista ha escrito canciones para los más variopintos criminales como Winnie Mandela (“La vella Winnie”), Che Guevara (“Comandante”), Puig Antich (“I si canto trist” y más recientemete “Sempre queda un fil”), o a los propios etarras (“Buen viaje para los guerreros/ que son fieles a su pueblo”, en la tercera parte del “Viatge a Ítaca”). Y también “El Bandoler”, con la que mitificó a Joan Serra, conocido como La Pera, un vulgar asesino y asaltador de caminos.

Este síndrome de Llach, que se basa en autoproclamarse pacifista y haber sido un contumaz glosador de criminales, guarda una estrecha relación con las paranoias del proceso soberanista, que habla en nombre de la democracia y no tiene ni el 50 por cierto de los votos; que promete un país modélico y se alia para prepararlo con los simpatizantes de Maduro y de su destruida Venezuela; e insiste machaconamente en la carraca de que somos un país pacifista, y que no queremos ejército, mientras acudimos a la puerta de la cárcel a aplaudir la salida de Otegi.

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