Syd Barrett en los orígenes de Pink Floyd

Publicado por el Dec 23, 2013

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Entre la nómina de músicos malditos me quedo con Syd Barrett y su corta carrera al frente de los Pink Floyd. El resto de los componentes convirtieron por méritos propios a Pink Floyd en uno de los grupos musicales de mayor prestigio de todos los tiempos. Pero hay algo magnético en aquel debut de 1967 cuyo título venía sacado del capítulo séptimo de un libro infantil de Kenneth Grahame titulado El viento en los sauces, que narra las andanzas de unos animales que habitan en el río, lejos del Bosque Salvaje y del temible Ancho Mundo. El flautista a las puertas del alba inauguraba la carrera de Pink Floyd, el cuarteto formado por Syd Barrett a la guitarra, Roger Waters al bajo, Richard Wright al piano y órgano y Nick Mason a la batería. Fue aquel uno de esos momentos mágicos en el mundo de la música, sea cual sea el estilo del que queramos hablar.

Syd Barrett firma todas las canciones del disco, excepto “Take Up Thy Stethoscope & Walk”. Joe Boyd -parte implicada en la banda sonora del underground de aquellos años cuando llega la psicodelia a Londres y el itinerante club UFO celebra fiestas de hasta catorce horas en Alexandra Palace y otros locales con los Pink Floyd, Soft Machine, Move, Tomorrow o Eric Burdon & The Animals tocando durante largas sesiones mientras móviles burbujas de luz púrpura y violeta son proyectadas tras del escenario- recuerda cómo se lo encontró una tarde junto a su novia en Cambridge Circus, con los pantalones de terciopelo rotos y manchados y la mirada perdida. La novia le explica a Boyd que Syd lleva puesto de ácido desde hace una semana.

Ya tenían en el mercado su primer single “Arnold Layne” producido por Joe Boyd para EMI. La canción trataba de Arnold, un travesti al que le gustaba robar del tendal la ropa interior femenina en la trasera de las casas. Según Roger Waters, narra una historia real vivida en casa de sus madres. Había alcanzado el top 20 a pesar de la advertencia de la BBC de contener una letra considerada poco decente.

Acaba de publicarse el LP The Piper at The Gates of Dawn cuando Syd se embarca en una gira con el grupo, pero es incapaz de seguir la mínima disciplina. Su sustituto será un prodigioso guitarrista llamado David Gilmour, componente esencial en la historia de Pink Floyd a partir de entonces. Por su parte, Syd Barrett abandona para siempre el barco. Alcanza a grabar un par de interesantes Lps en solitario y luego el silencio más absoluto.

El silencio de Syd Barrett no es comparable al de otros artistas que huyeron hacia el silencio, como Salinger o Rimbaud. Tampoco se trata de un maldito al estilo del portugués Sa Carneiro, con un pie en el más allá, deambulando por los callejones de las ciudades en compañía de un fantasmagórico Pessoa. Tal vez, en la literatura, podría acercarse al caso de Radiguet, el autor de El diablo en el cuerpo, por su creatividad prematura. Aunque seguramente todo es más sencillo de explicar, y su caída en la sinrazón no fue más que el efecto de un mal tripi.

Han pasado los años. En el estudio de grabación unas superestrellas del rock llamadas Pink Floyd rinden homenaje a su amigo Syd. Roger Waters no lo ha olvidado y le dedica “I Wish You Were Here”, una emotiva canción. En el descanso, ven acercarse por el pasillo del estudio un hombre calvo envuelto en una gabardina con las cejas rasuradas. Es como una aparición. El hombre se acerca y se presenta: “Hola, soy Syd Barrett”. Roger mismo recuerda aquel momento como uno de los más duros de su vida. El hombre que tenía frente a él no podía ser reconocido como su viejo amigo. Y, sin embargo, no había duda: era Syd.

Syd Barrett, antes del silencio, había escrito para Pink Floyd canciones monumentales en las que el universo podía ser tocado con las manos al completo, por muy distantes que estén de nosotros las nubes, el sol, los sueños, Titán, Neptuno, Júpiter, Saturno, Oberón o Miranda, construyendo a su manera otra escalera hacia el cielo. Una escalera que servía solamente para ser arrojada una vez que se ha llegado al último escalón.

Como todo el mundo sabe, el gato siamés de Syd Barrett tiene algo que no se puede explicar. Jennifer Gentle era, en efecto, una bruja y Lucifer va hacia el mar, rebuscando en la arena. Entre el verde y el azul que un día conociste, flotando impulsado por el eco que resuena de aguas heladas en el underground, las campanas traen noticias para el rey. Es el gnomo Grimble Gromble que ha tropezado con un espantapájaros cuando daba un paseo en bicicleta. Tú eres la clase de chica que encaja en mi mundo. Así que te daré todo, si lo que quieres son cosas. Conocí un ratón que no tenía casa. No sé por qué lo llamé Gerald. Él se está volviendo viejo pero es un buen ratón al fin y al cabo. Buen viaje crazy diamond.

 

 

 

 

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