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Blogs La viga en el ojo por Fredy Massad

Entrevista a Manuel Gallego

Entrevista a Manuel Gallego
Fredy Massad el

Manuel Gallego (1936) ha recibido este año el Premio Nacional de Arquitectura. Esta conversación tuvo lugar pocos días después del anuncio de esta noticia.

Felicidades por el premio. Bien merecido, creo.

Nunca se sabe, pero muchas gracias.

¿Qué sensación le produce recibir este premio reconociendo toda su trayectoria?

Es como un premio póstumo, que se acabó. Eso es lo que se siente.  Aunque produce alegría. Un premio es una alegría, y eso es algo que siempre se agradece.

Por esa primera parte de su respuesta, entiendo que es un reconocimiento que le lleva a reflexionar sobre el significado de cincuenta años de trayectoria.

Más bien me hace reflexionar sobre qué es un premio, porque no sé muy bien qué es eso que llamamos una trayectoria. Supongo que se trata de la continuidad, de la persistencia de unas ideas.  Si es un premio a eso, qué bien, ¿verdad? Aunque no creo que sea por eso, me parece que estas cosas se mueven por otros caminos. Quizá a alguien que ahora es influyente mi obra le interesa y por eso ha apoyado mi reconocimiento. Pero me alegra haberlo recibido.

El jurado del premio aprecia que usted es profeta en su tierra. ¿La globalización y la pérdida de arraigo, la arquitectura diseñada desde el avión, han ido en detrimento de las posibilidades de la arquitectura?

Creo que el significado del tema del reconocimiento es un poco extraño. Soy un arquitecto que ha trabajado poco y no me considero una figura reconocida. Quizá lo sea a un cierto nivel: el de no ser competitivo y no molestar nunca.  Creo que en ese sentido sí puedo considerarme reconocido.

Sobre el tema del arquitecto estrella aún sería más beligerante si pudiera. Creo que marca un contexto tan fuerte que, cuando nos damos cuenta, todos estamos actuando condicionados por él y con muy poca libertad.  Enfrentarse a él no es tanto un delito como una toma de posición visceral para no aceptar ciertas cosas. Pero, en mi caso, eso no es mérito, sino que soy así. Qué le vamos a hacer.

Yo creo que de esta actitud de divismos y globalización mal entendida ha derivado muchísima arquitectura basura.

Yo creo que surgido algo que es aún más inquietante: la despreocupación del que la vive, que pasa a ser un consumidor, un cliente. Todo se concibe para un potencial consumidor pero no para un sujeto fundamental, que es quien debe estar en tu pensamiento al hacer una casa.

¿Tiene esta situación posibilidad de revertirse?

No hay muchos visos de cambio, pero quiero ser visceralmente optimista. Creo que tiene que cambiar porque siempre ha sido posible ir en contra de determinadas situaciones y ser subversivo ante la situación del momento.  Y, ahora mismo, las posibilidades que se están utilizando para anular la diferencia pueden utilizarse también para volverla a conquistar. Habrá que pensar estrategias para poder volver a afirmar que el objetivo fundamental de la arquitectura es que se viva mejor, que el ambiente sea más grato… Eso ha de estar por encima del estrellato. El arte ha de reconsiderar su propio significado.  Pero no lo sé muy bien, te lo digo un poco por instinto y porque lo he pensado tal cual.

Otro aspecto que el jurado destaca es que usted ha antepuesto siempre el entorno, el paisaje y el interés general al sello personal. ¿No debiera ser considerado esto la norma de cualquier trabajo arquitectónico más que una excepción?

Naturalmente. Ése debería ser el pensamiento fundamental a la hora de hacer arquitectura. Yo no entiendo que pueda ser otro. Estamos en medio de una situación que obliga a reflexionar mucho. Yo fui educado en el Movimiento Moderno. En un Movimiento Moderno tardío, mal entendido, a través de una España que acababa de pasar una guerra.  Había grandes figuras de portentoso talento, pero que estaban pegando tiros cuando esa arquitectura estaba construyéndose y llegaron tarde a ella. Yo fui educado en eso. Hicimos mal muchas cosas.

¿En qué sentido?

Entre mi generación, yo personalmente he buscado dónde estaba la arquitectura que fuese la que me enseñaban en la escuela, la del Movimiento Moderno, pero que además coincidiera con lo que yo había vivido. Cómo coincidía con mis recuerdos de lo que yo entendía que era vivir en una casa. Es decir: cómo coincidía la modernidad con la arquitectura anónima y popular. Cómo lograr que dos culturas contradictorias fueran la misma.  Siempre he entendido que una cultura se impone sobre otra cuando la conquista y le ofrece más, no cuando la tiraniza y la fuerza a cambiar. Mi empeño constante ha sido experimentar por ahí.  O, más que experimentar, diría, tantear… pero con mucho esfuerzo.

Y ahora, tras haber vivido ese periodo de excesos de la era global que fue fulminado por el quiebre económico de 2008, ¿percibe algo de sobreactuación e impostura en esa reivindicación de un supuesto retorno esos principios y valores de la arquitectura anónima y tradicional?

Sí, totalmente. La sensación es como de que hay una alerta de que es algo que vende muy bien, que se trata de otro producto más de venta y hace de la arquitectura un objeto de consumo, un elemento de mercado.  Me parece algo de sumo mal gusto. Este concepto de arquitectura pobre que está calando me huele muy mal.

Además, en realidad, me parece que no es ni siquiera pobre. Concuerdo con lo que señala: es una arquitectura concebida como producto de mercado, al igual que lo era la arquitectura icónica. Es más de lo mismo.

Es un disfraz que la arquitectura se ha puesto para caer bien. Es el intento de salir de un sitio para buscar otro.  A mi entender el propósito básico de la arquitectura tiene que ser conquistar libertad.

Y, desde su experiencia, ¿cómo cree que a través del propio proyecto de la arquitectura puede hacerse eso posible: conquistar libertad?

La libertad sólo la da el conocimiento.  Lo fundamental es conocer. Conocer qué se quiere hacer, conocer el contexto, ser consciente de las propias limitaciones, cuestionar tu propia forma de actuar, cuestionar las modas… Situarte en un terreno consciente de que, cuando ya sabes algo, tienes que dejarlo y moverte para abrir un nuevo camino. Uno logra muy poquitas cosas, pero que son muy grandes para uno mismo cuando las consigue. Un paso pequeño es abrir una ventana.

Desde esta reflexión y sentir, y habiendo sido docente en la escuela de arquitectura de A Coruña, ¿cuál es su opinión acerca de la enseñanza de la arquitectura hoy? Prima el utilitarismo, la concepción de una formación que resulte económicamente rentable, por encima de una educación que ayude a cimentar la construcción constante de un conocimiento que, como señala, nos convierta en individuos autocríticos y críticos. ¿Se ha perdido el rumbo acerca de cómo enseñar hoy arquitectura?

Hay una pérdida total de rumbo, y también una pérdida absoluta de interés tanto por parte de los alumnos como de los profesores.

Al estudiante se le engaña. Se ha bajado profundamente el nivel de la enseñanza, a ras de tierra. El docente no cultiva ofreciendo ejemplo. No hay esfuerzo por hacer comprender qué es estar alerta para ver, ni para acompañar al estudiante en los inicios y hacerle ver que ése es un momento muy emocionante.  Éste en particular es un tema que me enfurece bastante.

La situación es un desastre y, a veces, me lleva a pensar que la carrera de arquitectura va a acabar disolviéndose. Entre la sociedad no hay interés en la arquitectura, y encuentro lógico que no interese: ¿cómo va a parecer bien que, porque es su gusto, un determinado arquitecto imponga uno de esos artefactos excepcionales? Se habla de ella, se dan premios…pero no existe la conciencia de que la arquitectura puede mejorar la vida. Sería necesario, como decía De la Sota, «enseñar a usar». Habría que enseñar a solucionar más que inculcar que hay que hacer obras maestras.

Coincido en que los alumnos están desmotivados pero creo que ha existido una generación que no ha sabido enseñar para qué sirve la arquitectura.

Una generación perdida, porque los alumnos se acostumbran pronto a que se les enseñe mal. Aunque el alumno no es culpable nunca de esto, opino que tienes razón. Es el profesor el que ha de saber encauzar al alumno. Un alumno que suspende es un fracaso del profesor. El estado actual de la enseñanza y el conocimiento de la arquitectura es un fracaso colectivo, un fracaso de la organización de la escuela, del ministerio… Por eso no se puede culpar de eso al alumno. El alumno está sólo empezando y dando sus primeros pasos, no es malo que no sepa.

El problema es que se le exija cada vez menos, como dice, para aprender a dar esos primeros pasos fundamentales.

Se exige cada vez menos y la falta de capacidad es compensada con el aprobado. Al alumno se le compensa siendo muy amable con él y estableciendo un punto de complicidad que nada tiene que ver con el magisterio, que nada tiene que ver con el esfuerzo de enseñar.

Y desde esa voluntad de ser visceralmente optimista, ¿habría posibilidades de evitar esa disolución de los estudios de arquitectura que plantea como potencialmente posible?

Seguramente es necesario modificar los planes de estudio. Mi confianza visceral está puesta en la supervivencia.  Yo pienso que, aun en las circunstancias más difíciles y siniestras, el hombre ha sido capaz de sacar la cabeza y respirar con una cierta sonrisa.  Yo creo que surgirá algún cambio, y que saldrá de los alumnos y de aquellos profesores que sean verdaderamente beligerantes.  Hay que generar una furia que cada vez sea más amplia y cree nuevos horizontes.

La arquitectura ha empezado a enseñarse como si se tratara de una rama del arte contemporáneo.  Se da más peso a ejercicios de performance, de conceptualizaciones… ¿Cómo salir de esta deriva que aleja a la arquitectura de esa convicción de que su tarea ha de ser pragmática, que su fin es ayudar al individuo y a la sociedad a vivir mejor?

Enseñando la arquitectura desde el fondo.  Creo que hay que partir del presente, de las necesidades del hombre. Ése es el punto de apoyo fundamental: el hombre sufre, el hombre tiene necesidades. La arquitectura ayuda al hombre a vivir, resuelve sus necesidades. La especulación formal ha causado un daño terrible.  Internet, que es un instrumento valiosísimo para el conocimiento, se está usando sin embargo como un apoyo para todo lo contrario.

Hay que enseñar a conocer. Habría que dejarse de tonterías y, en lugar de enseñar toda esa arquitectura del espectáculo, hacer simplemente que el alumno leyera una poesía.  Eso sería algo que hubiera sentado mucho mejor.

Hace un tiempo, alguien me comentaba que hoy en día los alumnos no leen un solo libro. Eso es algo tremendo. Un mal cultural, social…y con el que el arquitecto está siendo colaborador, como lo fue siempre, pero en este caso desde la escuela  y desde este espíritu que rodea el consumo de todo y que es absolutamente destructor.

La falta de cultura hace que los alumnos caigan deslumbrados ante cualquier embaucador que aparezca con recetas atractivas y fáciles, además pretendiendo que son recetas nuevas. Es el paraíso para la charlatanería adanista.

Así es. Sorprendentemente, se está especulando sobre ideas pasadas y se están adaptando copias con pseudo-apariencia de novedad. Todo como consecuencia de esa absoluta obsesión por vender.

Obsesión por vender y por alcanzar fama, una fama infame a veces, pero que se da por bien ganada siempre que suponga notoriedad y ubicuidad mediática.  Tener fama se antepone a llegar a ser un buen profesional.

Sí. Y ése es el inconveniente que tienen los premios. Que te lo creas y entres a jugar en otro terreno.  Por eso decía que creo que es mejor tomarse un premio con alegría, agradecer la generosidad y ya está.  El tema de los premios se utiliza peligrosamente. No se trata de recibir premios.

Mencionaba antes a Alejandro de la Sota. ¿Cómo influyó él en su formación como arquitecto? ¿Qué valores destacaría de su hacer y su conocimiento para transmitírselos hoy a un arquitecto y a un estudiante de arquitectura?

Son valores difíciles de transmitir, como ese afán por desarrollar una actividad y que se encarna en figuras como él u otros, como Oteiza. Arquitectos que han desarrollado su actividad hasta el momento de desaparecer.

De la Sota me ha enseñado a todo, porque me enseñó qué era la arquitectura, que las cosas eran mucho más de lo que aparentaban ser y que se podían ver desde otro lado. Y eso, comprobar que las cosas podían ser de una manera diferente, era algo que me producía mucha alegría.

Nos enseñó que, antes que educar, hay que pensar. Que la arquitectura es un problema de decisiones, y para tomar decisiones hay que conocer. Él decía que la arquitectura, a veces, no se puede enseñar: que hay momentos de aprendizaje y momentos en que no se aprende nada. Parafraseando al Corbu: «Lo único que me queda por aprender, es aquello que no puede enseñarse». Se pueden enseñar unas formas, cómo se hacen determinadas cosas… pero lo que no se puede enseñar es una actitud ante el problema. Y esto es lo que él quería tratar de enseñarnos. A lo que te enseñaba era a seguir aprendiendo. Era además una persona que huía del logro estético, pese a que tenía unas dotes plásticas increíbles.  Es una figura compleja pero su enseñanza fue la de comprender qué es la arquitectura, y a tener perseverancia.

Una vez le preguntaron cuál era su método para la arquitectura y él respondió: la obsesión. Y yo creo que tenía razón. Solamente después de haber tratado de llegar a conocer los temas casi obsesivamente llegas a comprender ciertos problemas. Y sólo así puedes llegar a comprender si tu proyecto es coherente con su forma, con su estructura, con su significado, si su significado es coherente con su carácter simbólico y la lectura que se hace de él, su relación con la naturaleza y con el paisaje… Sólo cuando parece que estás dentro de él, en la materia, te das cuenta de que ese conocimiento es lo que el proyecto debe perseguir. Eso no me lo enseñó así De la Sota, pero sí me enseñó la forma de llegar a pensarlo así. Es lo que creo. Es algo de pedantería, que pido que se me disculpe. Cuando uno habla sobre su trabajo, se apasiona.

 

(El presente texto es la entrevista completa a Manuel Gallego que, en una versión abreviada, se publicó en ABC Cultural el 2 de marzo de 2019.)

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