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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

La maldición de Christchurch

Muchas de las víctimas de las mezquitas de Nueva Zelanda son refugiados que sobrevivieron a la guerra y han muerto en uno de los países más pacíficos del mundo

Pablo M. Díez el
La sociedad neozelandesa ha perdido su inocencia con la matanza islamófoba en las mezquitas de Christchurch.

Por suerte para sus poco más de cuatro millones de habitantes, Nueva Zelanda casi nunca aparece en las noticias internacionales. Salvo por las vistosas danzas “haka” de los “All Black”, su equipo de rugby, y los espectaculares paisajes naturales donde se rodó la trilogía de “El señor de los anillos”, Nueva Zelanda solo ha copado un par de grandes titulares durante la última década. Curiosamente, los dos en el mismo lugar: Christchurch.

Esta ciudad de 350.000 habitantes, la mayor de la isla sur y la segunda del país, viene sufriendo desde 2010 una cadena de terremotos que sacuden su apacible normalidad. El más grave ocurrió en febrero de 2011, cuando un temblor de 6,3 grados mató a 185 personas y tumbó muchos de sus edificios. Con su fachada y sus muros derribados, sus cicatrices todavía están visibles en su imponente catedral neogótica del siglo XIX, que está cerrada y rodeada de vallas porque su reconstrucción durará todavía una década. Entre edificios apuntalados por vigas y solares que hoy sirven como aparcamientos, el centro de Christchurch presenta un aspecto desangelado bajo las grúas que levantan nuevos edificios.

En ruinas por el terremoto de 2011, la catedral de Christchurch tardará todavía varios años en ser reconstruida.

Por si no tuviera poco con recuperarse de dicha catástrofe natural, la ciudad se ha visto golpeada por otra tragedia, esta vez humana. El salvaje ataque del día 15 contra las mezquitas de Al Noor y Linwood, que dejó 50 muertos y otros 50 heridos, ha conmocionado a un país que, hasta ahora, era un ejemplo de paz y convivencia social. A pesar de su nombre divino, “Iglesia de Cristo” en inglés, parece que una maldición ha caído sobre la ciudad. Y, como si fuera también una maldición, ha golpeado a muchos que ya han sufrido bastante en su vida: los refugiados de guerra.

Por muy lejos que huyeron, la guerra acabó encontrándolos hasta en el fin del mundo. Muchos de los cien fallecidos y heridos en el ataque contra las dos mezquitas de Christchurch son refugiados que se exiliaron en Nueva Zelanda para escapar de la violencia en sus países. Los hay de Afganistán, Somalia, Sudán, Palestina, Irak, Siria… Huyendo de su devastación, de ahí salió hace unos meses Khaled Mustafa junto a su esposa y dos hijos para empezar una nueva vida en Nueva Zelanda, uno de los países más pacíficos y tranquilos. Con 44 años, él y su hijo Hamza, de 16, fueron las dos primeras víctimas enterradas de los 50 asesinados a tiros en las mezquitas.

Bajo la vigilancia policial, un refugiado sirio y su hijo fueron las primeras víctimas de la masacre en ser enterradas.

En la zona musulmana del cementerio Memorial Park de Christchurch, padre e hijo ya descansan tras perecer en el primer atentado religioso de Nueva Zelanda. Yacen rodeados de cruces y lápidas cristianas. Bajo tierra, eso importa poco. Junto a ellos están siendo enterradas las otras víctimas en el medio centenar de tumbas ya cavadas en este ala del cementerio. “Vinieron huyendo de la guerra y han encontrado la muerte aquí, donde nunca había sucedido nada así”, se lamentaba hace unos días uno de los asistentes al primer entierro, un inmigrante libio llamado Khlaifa Hasi que llegó hace 22 años a Nueva Zelanda.

Entre los refugiados que sufrieron el atentado hay heridos como el iraquí Hazim Mohammed, ingresado en el hospital de Christchurch tras haber recibido un balazo cuando el joven australiano Brenton Tarrant entró en la mezquita de Al Noor disparando a todo lo que se movía como si fuera uno de esos videojuegos que, según su abuela, le gustaban más que las chicas.

Su esposa, Ebtsam Muhsin, y su hijo, Yousef Mohammed, muestran una foto de Hazim Mohammed, refugiado iraquí herido en la espalda en el tiroteo.

“El proyectil le entró por la espalda y le ha fracturado los huesos del hombro. Afortunadamente, su vida no corre peligro, pero no puede moverse y tememos por su brazo”, cuenta preocupada su esposa, Ebtsam Mushin, quien salió de Irak en 2003, tras la invasión de Estados Unidos que derrocó a Saddam Husein. Junto a uno de sus seis hijos, Yousef Mohammed, de 13 años, visita a su marido cada día acompañada de dos amigos, Mohamed Al-Jabawe y su esposa, Samira Dawoud. Ambos estaban rezando también en la mezquita de Al Noor el viernes y sobrevivieron a la carnicería.

“Cuando oí los primeros disparos, huí al aparcamiento de la parte trasera y me escondí tras un coche. Empecé a observar lo que pasaba: mucha gente salía corriendo, rompiendo las ventanas al huir. Él estuvo disparando, disparando, disparando… durante siete u ocho minutos. Después se detuvo. Salió y cogió otras armas con las que volvió a disparar durante otros 25 minutos”, relata el hombre, que tiene 75 años y jamás podrá olvidar lo que vio aquel día. “Cuando el asesino se marchó, volví a la mezquita y encontré a mi esposa, que venía de la sala para las mujeres. El suelo estaba lleno de cuerpos, algunos muertos y otros heridos, todos sangrando”, concluye con un nudo en la garganta. Y eso que Mohamed Al-Jabawe, que enseñaba Arquitectura en la Universidad de Bagdad, sufrió la represión del régimen de Saddam Husein, que ejecutó a su hermano, y se marchó de Irak cuando empezó la Primera Guerra del Golfo, en 1991. “Al menos, entonces teníamos un país, pero ahora todo ha quedado arrasado tras la invasión de los americanos”, se queja con amargura.

La Policía vigila la asaltada mezquita de Al Noor, donde hubo el mayor número de víctimas mortales.

Una devastación aún peor obligó a Saed Iman, de 30 años, a marcharse de Sudán en 2011. Aunque la guerra y el hambre son para él solo recuerdos lejanos, esta semana los revivió durante el tiroteo de la mezquita de Al Noor. “Uno de mis amigos, etíope, se encuentra en estado crítico”, acierta a decir en medio de un discurso inconexo porque parece seguir aturdido por el ataque.

Los supervivientes y familiares de los fallecidos están traumatizados por la masacre pese a sus tragedias del pasado. O, precisamente, debido a esas experiencias tan dolorosas y violentas, que creían haber dejado por fin atrás en Nueva Zelanda, un paraíso de paz y tranquilidad que parecía ajeno a los problemas del mundo. Hasta ahora.

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