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No es la nación, es la derecha

No es la nación, es la derecha
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Leo que se interpreta la manifestación del domingo como la hora de la nación, incluso con los atributos de lo revolucionario. En mi modesta opinión, esto no es así, está muy lejos de ser así.
Recuerdo bien la manifestación barcelonesa de 8 de octubre porque estuve allí. Fui por propia iniciativa. Me pagué el billete y fui como ciudadano/periodista y no como periodista enviado. Quería verlo.
Ya había observado con mucha atención (y una gran congoja personal) el movimiento de reacción a lo que se estaba produciendo en Cataluña. Espontáneas banderas salían en los balcones o volvían a un Bernabéu circunspecto en el que nunca las hay. Recuerdo las concentraciones iniciales en Barcelona, día 3, (que superaban el inicial acobardamiento), en Zaragoza o las concentraciones casi intuitivas de gente preocupada buscándose en las plazas. Antes de la gran manifestación barcelonesa (dejemos lo de “manifa”, por favor), Abascal reunió mucha gente en Madrid por primera vez. Creo que fue una sorpresa y recuerdo vivamente la impresión de que ya había cambiado algo.
Todo eso, que no era convocado por un partido concreto, o que excedía a los que estaban, y que no respondía a los tiempos de un calendario electoral, era algo quizás prepolítico, urgente, que respondía a una amenaza real.
Recuerdo bien la manifestación del 8 de octubre y se caracterizó por una gran pluralidad humana y muy pocos eslóganes: Viva España, Visca Catalunya y, si acaso, con la sed de justicia aun fresca, por el “Puigdemont a prisión”. Pero ni siquiera había un ánimo marcado contra alguien. En los barceloneses o catalanes había pese a todo un ánimo conmovedor de entendimiento con los nacionalistas, necesitaban sentirse representados, darse voz pero recalcaban su catalanidad y solo aspiraban a la convivencia.

Lo del domingo no fue así. En octubre de 2017 muchos españoles, que estaban ante un gobierno paralizado y un proceso desencadenado de ruptura, salieron a la calle a defender verbalmente la unidad de España. En ese instante, muchos hablaban solo de Constitución, otros abiertamente de la nación. Pero eran, evidentemente, los partidarios de la unidad, personas que rechazaban abiertamente la independencia de una parte del país. No eran los aparatos estatales, oficiales, ni los partidos..
Lo de la nación entonces (hasta antes de ayer) no tocaba. Recuerdo la columna de un articulista que le hablaba al español de tú: “Sales a defender tu Estado”.

El domingo se trataba de responder a algo distinto. Era una manifestación a favor de la unidad de España contra Sánchez, presidente del país. Pero un poco preventivamente. Se respondía al zascandileo de Sánchez, a sus atrevidas inclinaciones, amagos de concesiones o de diálogos, o a su difusa acción de gobierno, a lo que parece que va a hacer. Y no es lo mismo. Si en octubre de 2017 hubo una respuesta poco partidista, fundamentalmente unitaria, de gente que solo estaba de acuerdo en España o en la Constitución, los manifiestos del domingo tuvieron un contenido no solo partidista, sino político en el peor sentido de la expresión. Fueron inexactos, exagerados, imprecisos y hasta ofensivos. “Puñaladas”, “traición”, “aceptación de todas las propuestas de Torra”… Esos mensajes, especialmente el leído por la periodista Claver, hacen imposible hablar de algo “nacional”..
La impresión tras la manifestación es la misma que antes. Colón le permitió a Rivera hablar de nación (una vez, antes de volver a la dialéctica de la profilaxis constitucional) y marcar una definitiva línea de separación con el PSOE en lo unitario-territorial para los próximos meses. La manifestación subrayó un atributo de Cs frente al PSOE con el horizonte electoral presente.
Y al PP le permite sacudirse el sorayismo de los hombros y ponerse al frente de una pretendida marea nacional que estaba siendo dominada por VOX. Es lo que necesitaba su nuevo líder después de las primarias y la convención. La foto de las “capitulaciones”, la foto de Colón, era la foto a la que aspira Casado: presidir una alianza de derechas con Monasterio en un confín y los LGBTI de Rivera en el otro. La manifestación era contra Sánchez, pero también de alguna forma contra el efecto VOX. Para su neutralización o reparto.
Pero lo que había que decirle a Sánchez se lo podían decir en el Parlamento, incluso instar una moción de censura. Eligieron la calle y la gente como recurso alternativo, quién sabe si previo.
Irrita un poco, pero hay que recordarlo, que si Sánchez gobierna es porque lo permitieron PP y Ciudadanos, y que con todas las salvedades a su legitimidad, el gobierno de Sánchez es tan legal como el de Bonilla en Andalucía. Si Sánchez es un “okupa”, será porque alguien dejó abandonada la casa previamente y sus partidarios y defensores pueden responder al grito de “elecciones ya” como hacían otros antes: “El señor está midiendo los tiempos”.
Esta manifestación no fue “octubre del 2017”, sino algo más parecido a una manifestación antiZP. Se notó hasta cromáticamente: el espacio entre banderas era distinto, el abigarramiento era otro.

Manifestación perfectamente legítima, pues, y con una gran cantidad de razones, pero desde luego algo distinto a lo vivido en octubre de 2017. Allí los partidos corrían por liderar algo que no era de ellos, que era incluso a pesar de ellos. Ahora son los partidos los que sacan a la gente a la calle, los convocantes.
Esto es algo respetable, pero radicalmente distinto, y sin embargo ahora hablan de “nación” los que entonces callaban.
Pues no, la nación no es esto. Esto es de nuevo su suplantación: los partidos hablando en nombre de ella, apoderándose y simplificándola grotescamente, y sacándola a la calle como quien abre o cierra un grifo.
Pero los que olvidaban la palabra nación juegan ahora sí con fuego (además de con lo ajeno y lo común), porque nación no puede ser facción ni puede ser grupo ni puede ser partido.
Esta apropiación de lo nacional además de interesada es una desgracia.
En octubre de 2017 la gente se manifestó porque empezaba a no quedar otra. En Barcelona se jugaba algo serio en la presencia o no de la gente en la calle.
Mezclar eso con los intereses puramente partidistas y claramente electorales del domingo puede resultar hasta indignante.
“Indignante”, no por casualidad. Escuché alguna vez la palabra “dignidad”. Palabra seria. El lenguaje de los manifiestos fue completamente improcedente, y no aspiraba a la unidad (que no es lo único, sino lo común), ni a la persuasión ni a la definición de unos mínimos integradores. Sonó a veces a soflama casi mitinera.
Así que no fue la nación, fue la derecha. Con todo su derecho (y perdón por el juego de palabras).

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