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Las enfermeras

Las enfermeras
hughes el

Un sindicato de enfermeras ha solicitado que unos grandes almacenes retiren los disfraces de enfermera de su catálogo. Sus disfraces de enfermera sexy, se entiende. Nadie tiene el más mínimo interés en disfrazarse de matrona. Es otro “éxito” que consiguen, pues no es la primera marca que se pliega a sus reivindicaciones.
Tienen razón las que se quejan de que la mayoría de disfraces femeninos son sexis. Olvidan que muchos disfraces se lo ponen también los hombres. El de enfermera sexy, como tantos otros, desaparece del tráfico comercial correcto, permitido, y entra en lo “ilícito”, en las sombras de los sex-shops y demás, donde espero que se siga vendiendo (si no les parece mal).
Las enfermeras feministas han intervenido con esto en dos cosas en las que jamás pensamos que conseguirían meter mano: en las fantasías y en el carnaval.
Yo sería el primero en defender su postura si se tratara del uniforme profesional, si fuera muy corto, o demasiado sexy y/o muslero. Estaría bien modificado.
Pero es que se trata de un disfraz, algo que entra de lleno en el ámbito de las fantasías. Las enfermeras sexis son una de las primeras manifestaciones del fetichismo. En mi memoria están unidas al genio de Benny Hill que siempre las metía en sus gags. Las perseguía o era perseguido por ellas. En su humor siempre había mujeres, pero las enfermeras eran algo especial porque además de guapísimas y atractivas, tenían algo inadvertido. Su voluntad era atender al enfermo (el viejecito calvo de Benny Hill, tan salido) y eran sexis sin saberlo. Benny Hill las arrancaba del mundo del dolor, la enfermedad y la lavativa. En el mundo real, el erotismo del hospitalizado se dirige a ellas como una señal de vida y salud. Quizás la última. El de Hill no era un erotismo tan ramplón: esas enfermeras quizás se habían estilizado tras el trauma y la carnicería de las guerras. El talento fetichista inglés había hecho de ellas algo muy hermoso, lleno de vida, ligueros y sexo al volver la salud al continente.

Pajares y Esteso también tocaron el tema de las enfermeras, con menos finura quizás. En “Agítese antes de usarla”, las enfermeras eran unas jamonas impresionantes y lo que era sutil (sí, sutil) en Benny Hill (busquen el sketch del parque y la enfermera si no), en ellos era ya otra cosa a mayor gloria de la inolvidable Jenny Llada. Pero la genialidad estaba en que una de ellas, si no recuerdo mal, al final resultaba ser un hombre, para sorpresa (y gozo no declarado) de Esteso. O era ahí o era en otra: la enfermera con sorpresa. ¡Venganza final! ¡Cuento moral!

En los carnavales el mundo se vuelve del revés. Desde tiempos medievales, era el momento para la transgresión. La utilidad social de esta costumbre había permanecido realmente en una sola cosa: el carnaval es el día en que el hombre se puede vestir de mujer. Y el hombre, ya que se pone, se quiere ver sexy. Pero esto se puede ir complicando.
El feminismo sindicalista ha conseguido más que la Iglesia: restringir el largo de falda  del carnaval. No se va a poder vestir ya uno ni de lagarterana.
Como acto de protesta silenciosa, lo mejor es recordar a Benny Hill y sus maravillosas y angelicales enfermeras, convertidas con los años en algo subversivo e intolerable.

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