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“Las cicatrices de bala me impiden olvidar la guerra” – Caro Yazambe (República Democrática del Congo)

Ignacio Gil el

 

 

La crisis en República Democrática del Congo figura entre una de las mayores emergencias del mundo a nivel de desplazamientos. Desde el principios del año pasado se han recrudecido los enfrentamientos entre etnias, las matanzas, los reclutamientos forzosos de niños soldado y las operaciones militares contra los grupos armados. Son ya más de cinco millones de personas que han abandonado sus hogares, de los cuales se estima que más de 700.000 han buscado refugio en países vecinos.

Caro, congoleña, nos relata con voz grave y sonrisa alegre su historia. Llegó a España en noviembre del 2007. Nacida en Buta hace 50 años y madre de seis hijos, tenía una vida estable y muy acomodada en su país. De su infancia y juventud recuerda sentir la necesidad de ayudar a los demás, de ser solidaria con los que tenían menos que ella, con los más frágiles.  Tenía negocios y su marido era piloto militar. Durante los años convulsos de la guerra civil tuvo suerte y no se vio en la necesidad de huir. Caro es bantú, “somos francos, valientes y combativos, somos gente sin miedo”.

Sin duda es así. En el 2006, el país vivió de nuevo una etapa violenta a raíz del cambio de presidente. Estando con su madre y otros familiares, un comando de rebeldes irrumpió en su casa y ametralló indiscriminadamente a todos los que se encontraban allí. Solo se marcharon cuando estuvieron seguros que todo el mundo estaba muerto. Sorprendentemente, Caro, herida grave por dos balas, había sobrevivido a la devastadora matanza. De inmediato salió del país, vía Brazaville y pasando fugazmente por Senegal. Ahí tuvo que dejar a su hijo mayor al cargo de su hija más pequeña, de 11 y 7 años respectivamente, y con otros dos viajó a España, destino que tuvo claro desde el primer momento, “en África sabemos que España es un destino seguro que acoge muy bien a los emigrantes africanos, que la gente es atenta, simpática y amable”.

A los pocos días de su llegada a Madrid y tras recibir el apoyo solidario de personas anónimas y de organizaciones como Karibu solicitó el estatus de refugiada. Tuvo que esperar cuatro años para traer a los dos hijos que seguían en Senegal, “la incertidumbre y la dificultad de traerlos ha sido lo que más duro se me ha hecho en este largo proceso”. Habla con agradecimiento de esas personas voluntarias y ahora amigas que le han ayudado por el camino, a las que considera su nueva familia. Para la mayoría de los refugiados el retorno es complicado. “No volveré nunca a mi país” afirma, desde la resignación, pero sin pena.

Rocío Gayarre

 

ÁfricaRefugiados

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