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Blogs Entre barreras por Ángel González Abad

Matar, pero poco

Ángel González Abad el

Que un toro sólo reciba un rasguño o presente una epitaxia -las narices como un tomate- no es para tanto, pues un juez de Barcelona dice que siga la Fiesta y el delegado de la Generalitat en las Tierras del Ebro se compromete a mantener la tradición de las fiestas taurinas en su zona de competencia.

Así, si traemos a colación las terribles y disparatadas comparaciones que se vertieron durante el debate en el Parlament sobre la prohibición de la Fiesta, resulta que el maltrato a una mujer, a un anciano o a un niño; si es un poco se puede, o eso entiendo si me pongo en la piel de los abolicionistas. Sólo es punible si la cosa llega a mayores y es digna de aparecer en los titulares de los periódicos. Vamos, que en los correbous de las Tierras del Ebro un toro se parta la piñata está bien; pero claro, si en la Monumental, José Tomás, El Juli o el mismísimo Serafín Marín, el de Montcada, le corta las orejas a un domecq cualquiera tras un faenón, eso tiene cárcel.
Que me lo expliquen que no lo entiendo. O defendemos a los animales o a qué jugamos. Considero que todo esto es una prueba más de que el debate abierto sobre la Fiesta en Cataluña no es en defensa del toro -¿a quién pretenden engañar?- es pura política, barata además, pero política al cabo. ¿A qué toros defienden de la muerte los impulsores y seguidores de la Iniciativa Legislativa Popular que está a punto de aprobarse en la Cámara catalana? ¿A los setenta que se lidian de media en Barcelona cada temporada? ¿Y de qué o de quién los defienden? porque si no se lidian en el coso monumental irán a otra plaza. ¡Ah, que lo que no gusta es que sea en esta Cataluña feliz!
Sin duda es mucho mejor matar, pero poco. Se admite el maltrato a las reses de los festejos populares del Delta siempre que sea poquito, moderado. Entonces, quienes compararon los espectáculos taurinos con la violencia de género también admitirán pequeñas palizas, rasguños y epitaxias -narices como tomates- a las mujeres, a los ancianos y a los niños; y no he sido yo el que comparó todo lo que da pie a estas cosas tan escabrosas, lo juro.
La hipocresía de los políticos que se atreven a blindar los correbous entra de lleno en lo paranóico, en la desfachatez más bien. Unos caraduras. Pero el voto es el voto, y lo que viste como políticamente correcto, progresista y demás en la capital, se torna en cabreo popular en los pueblos del Ebro. Que no se mate -¡por Dios!- pero si a alguna vaquilla o la maltratan o medio la maltratan se mira hacia otro lado. Y si esto lo hacen con ese animal al que tanto dicen defender hasta el punto que lo comparan con un ser humano, qué puede pasar con las mujeres. Comparen, y si encuentran algo mejor, más estúpido y más burdo, lo compran o lo votan si les pone, que yo ya me he perdido.

Toros
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