El destino que quiso que Catania se alzara al pie del Etna es, en cierto modo, el responsable de que muchos de sus edificios, calles y aceras hayan sido reconstruidos utilizando negros bloques de piedra volcánica. Las frecuentes erupciones del volcán siempre respetaron la ciudad, particularmente la mayor de todas, que se produjo en 1669. En tan dramática ocasión, los ríos de lava siguieron el curso natural de un valle que los condujo al mar lamiendo los muros del castillo Ursino y llenando de piedra incandescente los fosos defensivos que se acababan de excavar por orden del emperador Carlos I. La devastación de los campos circundantes fue total, dando lugar a una época de gran carestía, pero la ciudad resistió incólume.
Circundada de espléndidos palacios, la Plaza del Domo de Catania constituye un ejemplo único del barroco catanés, caracterizado por el contraste entre la negra piedra de lava y la blanca caliza de Siracusa. Es el símbolo de la reconstrucción de la ciudad, que fue diseñada a tiralíneas en el siglo XVIII, tras el terremoto que la asoló en 1693. En el centro de la plaza, declarada con justicia Patrimonio de la Humanidad, se alza la Fuente del Elefante, proyectada por Vaccarini en 1736. Para representar el símbolo de la ciudad utilizó un elefante de lava de la época romana, en cuyos lomos descansa un obelisco con jeroglíficos erigido en la antigüedad a la diosa Iside.
Enfrente se alza la joya de la corona, la catedral de Santa Ágata, patrona de la ciudad, popularmente conocida como il domo. La fachada, barroca y bicolor (lava y caliza), es también obra de Battista Vaccarini, el auténtico artífice de la moderna Catania, mientras el ábside pertenece a una iglesia/fortaleza medieval que el terremoto destruyó sólo en parte. Basta caminar hasta la espalda del templo para contemplar las enormes murallas almenadas de piedra que aún quedan en pie.
En el interior, destaca la Capilla de Santa Ágata, donde reposan los restos de la patrona de la ciudad. Lo más hermoso, sin embargo, de esa capilla (y, sin duda, lo más valioso artísticamente de la iglesia) es el sepulcro del regente aragonés Fernando de Acuña, muerto en la ciudad, y el conjunto escultórico en mármol que le acompaña, incluyendo un busto polícromo del insigne finado, todo enteramente financiado por la madre. No menos importante para el corazón de los cataneses es el sepulcro de su hijo más querido, el excelso compositor Vicenzo Bellini, muerto a los 34 años en la flor de la vida, que se encuentra en una columna próxima a la entrada principal, sin más adornos que una reproducción en bronce de una escena de una de sus óperas más famosa, La Sonámbula.
Muy cerca de la estatua, junto a la entrada, hay una pequeña puerta que sólo se abre los sábados para acceder a las catacumbas, donde todavía existen unas Termas Romanas del siglo XI perfectamente conservadas. Esta es la Catania más desconocida, la que se encuentra enterrada bajo las modernas plazas y avenidas. No olvidemos que en el subsuelo de la ciudad actual se hallan las ruinas de la ciudad medieval que destruyó el terremoto, que, a su vez, estaba construida sobre otra romana que se asentaba sobre otra griega….
Cuando los griegos fundaron la ciudad de Katane, lo hicieron a las orillas del río Amenano, hoy completamente soterrado por las razones que se acaban de exponer. En una esquina de la Plaza del Domo, Tito Angellini ha levantado una hermosa fuente, La Fontana dell Amenano, cuyas aguas recorren un trecho del antiguo cauce tras caer en cascada desde el magnífico conjunto escultórico que lo preside. Es un lugar muy frecuentado por los cataneses que sirve también para que las nuevas generaciones no olviden al río que un día vivificó la ciudad.
Allí mismo, bajando una breve escalinata, está La Pescadería, el gran mercado de peces que tanto recuerda a los mercados árabes con su vitalidad, colorido y griterío. Los hombres se arremolinan en grupos, hablando ociosamente, mientras los vendedores gritan su mercancía. Es una visita que nadie debe perderse antes de tomar una café expresso en alguna de las terrazas aledañas y saborear toda la belleza de una plaza que cambia de ánimo a medida que la luz del sol va iluminando los distintos palacios que la enmarcan.
Partiendo de la Plaza del Domo, la amplia y elegante Via Etnea se prolonga varios kilómetros hacia el norte, sin perder de vista en ningún momento la imponente mole del Etna recortada en el horizonte. Todas las calles que la cruzan son igualmente rectas, uniformes y armónicas, alineando un sinnúmero de iglesias y notables edificios que sólo necesitan pintura y mantenimiento para constituir un conjunto urbano fuera de lo común, pero lo que las caracteriza ahora es, tristemente, la decadencia y el abandono.
Sería, irónicamente, el terremoto de 1693 el que reduciría la ciudad a escombros, acabando con la vida de más de 20.000 personas. Los sufridos cataneses decidieron entonces hacer de la necesidad virtud y utilizar la lava que rodeaba sus murallas como material básico para la reconstrucción que se inició de inmediato. De ahí que los colores predominantes de sus edificios sean el negro de la lava y el blanco de la piedra caliza de la vecina Siracusa. En Catania aún se sigue llamado ‘aragoneses’ a los catalanes y en la vecina Módica se continúa fabricando el chocolate que aquellos introdujeron en la ciudad en el siglo XVI. No se lo pierdan si van por allí.
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Europa Francisco López-Seivaneel