(La habitación en la que se suicidó Pavese)
Hacia mediados de agosto pasó unos días en Bocca di Magra, que era una localidad costera que se había convertido en un punto de encuentro para escritores e intelectuales italianos en verano. Los biógrafos no se ponen de acuerdo con las fechas exactas en las que estuvo, sólo que estuvo allí a mediados de mes. Las fechas sobre las que hay mayor consenso son: del 12 al 16 o 17 de agosto.
Pavese se alojó en una pensión sencilla cerca del mar. No buscó contactos sociales. Daba largos paseos solitarios. También le gustaba quedarse sentado mirando la desembocadura del río Magra. ¿Tenía ya tomada la decisión de suicidarse? Yo creo que sí. Las brevísimas entradas de los días 13 y 14 de agosto son apacibles. Todos los suicidas suelen entrar en una etapa de tranquilidad cuando la decisión del suicidio ya está tomada y es firme.
La entrada del 16 de agosto tiene un aire de despedida a Constance. Entre lo que dice en esa entrada me llama la atención el párrafo: “Veo hoy claramente que desde los 28 hasta hoy siempre he vivido bajo esta sombra- alguien la llamaría un complejo…” Mi impresión es que la sombra a la que se refiere es la impotencia, que había dificultado sus relaciones con las mujeres.
En esa misma entrada también dice: “¿Por qué morir? Nunca he estado tan vivo como ahora, nunca tan adolescente…”Y termina con una suerte de recapitulación de su vida: “Mi papel público lo he hecho hasta donde he podido. He trabajado, he regalado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos.”
El 17 de agosto escribe: “Los suicidios son homicidios tímidos. Masoquismo en vez de sadismo (…) Es la primera vez que hago balance de un año todavía no terminado [esto me recuerda a un comentario que leí una vez: hay dos días que no vivirás enteros. El de tu nacimiento y el de tu muerte]”.
La última entrada del diario es la del 18 de agosto y acaso sea la más famosa:
(…) “Basta un poco de valor.
Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir, y se debilita la idea del suicidio.
Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.
Todo esto da asco.
No palabras. Un gesto. No escribiré más.”
Los últimos días de su vida estuvo enamoriscado de Romina Badalli (Pierina), una joven empleada de la Editorial Einaudi. Pavese siempre se enamoraba hasta las cachas de mujeres inalcanzables, de mujeres que muchas veces no eran conscientes de cómo lo habían trastornado. En algún momento de agosto,- yo sospecho que fue hacia el final, poco días antes de su muerte-, le escribió una de sus cartas más patéticas. Entresaco algunos fragmentos:
(…)
Pero tú, que por áspera y casi cínica, no estás al final de tu vela como yo. Eres joven, incomprensiblemente joven, eres aquello que yo era a los veintiocho años, cuando, decidido a matarme por no sé qué desilusión, no lo hice –era curioso del mañana, curioso de mí mismo–, la vida me parecía horrible pero encontraba interés en mi propia persona. Ahora es lo contrario: sé que la vida es estupenda y que me fue vetada, fruto de mi propio esfuerzo, y es que esto es una tragedia inocua, como sufrir diabetes o cáncer pulmonar.
¿Puedo decirte, amor, que nunca me desperté con una mujer al lado, que cuando quise a alguien nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de agradecimiento que una mujer dirige a un hombre? ¿Y puedo recordarte que, a causa del trabajo que hice, siempre tuve los nervios destrozados y la fantasía ágil y exacta y el gusto de las confidencias ajenas? Y ¿qué estoy en el mundo desde hace cuarenta y dos años? No se puede quemar la vela de los dos lados -en mi caso la quemé toda de un solo lado y la ceniza son los libros que he escrito…
…El amor es como la gracia de Dios -la astucia no sirve-. Por mi parte, te quiero mucho Pierina, te quiero como una fogata. Llamémoslo el último resplandor de la vela…”
También le escribió a Constance:
“Constance
Te he hecho daño y me he hecho daño. No importa. No escribiré más. No te veré más. Cesare”
El 26 de agosto de 1950 Pavese salió de casa. Llevaba un maletín para disimular. Dentro no había ropa, sino un libro, “Diálogos con Leucó”. “Diálogos con Leucó” era una obra del propio Pavese. La componían 27 diálogos breves entre personajes de la mitología griega, que hablaban sobre el destino, el dolor, la muerte y el sentido de la vida y la relación entre hombres y dioses. Pavese escribió estos diálogos tras la II Guerra Mundial, en un momento de convulsión interna (¿y qué momentos de su vida estuvo Pavese libre de convulsiones internas?).
Pavese se registró en la habitación 49 del hotel Roma. Por la noche salió del hotel. Posiblemente quisiera hablar con algunos de sus amigos antes del momento fatal. Pero era agosto, cuando todos estaban de vacaciones. Visitó la editorial Einaudi, pero no se encontró a ninguno de sus amigos. Fue luego a L’Unità, el periódico del Partido Comunista. Estuvo allí hasta medianoche, acompañado por el periodista Paolo Spriano. Hablaron de cultura, del ambiente político e intelectual y de cuestiones generales. Spriano notó a Pavese cansado y como un poco desapegado. A posteriori Spriano recordaría una frase significativa de Pavese en el sentido de que hay momentos para hacer balance.
De regreso al hotel, hizo tres llamadas. Parece que las tres iban dirigidas a mujeres. Ninguna respondió al teléfono. Y si hubieran respondido, ¿habría cambiado algo? No creo. Habría tenido una conversación crepuscular con ellas y a continuación habría escrito su nota de despedida (“Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagáis demasiados comentarios”); entonces se habría quitado los zapatos, que dejaría bien colocados junto a la mesilla, se tumbaría en la cama y uno tras otro iría ingiriendo los somníferos.
Juan Luís Panero en “Los trucos de la muerte” escribió un magnífico poema titulado “A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno.”
Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
—por primera vez había afirmado su existencia—,
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después —una extraña sonrisa dibujada en sus labios—
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.
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