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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Si el Führer lo supiera

Emilio de Miguel Calabia el

Me molesta leer un libro y descubrir que es un truño y encontrarme luego con críticas que lo elogian. En esos casos tiendo a pensar que, o bien soy muy rarito, o bien me he perdido algo.

La última vez que me ha pasado esto ha sido con “Si el Führer lo supiera”. Julio Soler en “La Opinión de Murcia” afirma que “es una de esas novelas adictivas que descubren un genio tristemente desaprovechado (…) Una novela en la que se suceden las sorpresas, tan incómoda como divertida…” Mercedes Monmany en el Cultural del ABC comienza su columna diciendo: “Genial y única novela escrita por el periodista y editor vienés Otto Basil”. Casi todas las críticas que he leído, y no sólo las españolas, van en ese sentido: se trata de una sátira divertidísima sobre el nazismo. Yo tengo que reconocer que apenas he sonreído, que le he encontrado cantidad de defectos de desarrollo y de construcción y que al final la leí en diagonal para pasar a otra cosa.

“Si el Führer lo supiera” es una ucronía, que sucede en 1965. La Alemania nazi ganó la II Guerra Mundial, gracias a que desarrolló la bomba atómica antes de los Aliados. El mundo se ha repartido entre el Magno Imperio Germánico y la Magna Iapónica. Un anciano y enfermo Führer, idolatrado y convertido casi en un dios, gobierna desde Berlín… Pero todo eso está a punto de cambiar.

La novela se estructura como una suerte de road movie. Al rabdomante Totila Höllriegl le llaman a Berlín a una misteriosa misión: detectar las amenazas radioactivas en casa de un enigmático magnate. Ése será el punto de partida de un alucinante viaje iniciático que llevará a Höllriegl a tener encuentros extraordinarios. Y todo ello en un contexto apocalíptico: Hitler muere (luego se sabrá que ha sido asesinado) y le sucede Ivo Köpfler, un ambicioso que encumbra a los werewolf, un sombrío y fanático cuerpo de élite, arrumbando a las demás facciones nazis. Y entre tanto el Imperio japonés lanza un ataque por sorpresa contra el Magno Imperio Germánico que se convierte pronto en una guerra nuclear.

La idea es muy original y prometedora. Otra cosa es la manera de llevarla a cabo.

Para que una road movie funcione, creo que hacen falta tres elementos: 1) Un protagonista atractivo, cuya función puede ser o bien la de servir de mero testigo, o bien la de ser un impulsor activo de la trama; 2) Una sucesión de escenarios interesantes con los que se va encontrando el protagonista; 3) Una hilazón, algo que conecte las distintas situaciones por las que va pasando el protagonista, un objetivo al viaje.

El mejor ejemplo de road movie es la Odisea. Tenemos un protagonista bien definido, Ulises. Un hombre lleno de recursos y pocos escrúpulos, que sin embargo nos cae bien. Tenemos una sucesión de episodios interesantes: la isla de los cíclopes, Calypso, la maga Circe y sus artimañas… Y, finalmente, tenemos una hilazón que une todos esos episodios: los trabajos de Ulises para regresar a su hogar en Ítaca.

La novela de Basil pincha en al menos dos de esos tres elementos.

El protagonista está mal dibujado. Tenemos claro que cree en el nazismo y en Hitler, pero más allá de eso, tan pronto aparece como un hombre enérgico como se le ve como un pelele sin voluntad que se deja arrastrar por los acontecimientos.

Los distintos encuentros que va teniendo Höllriegl son delirantes y tal vez sean lo mejor de la novela, aunque a menudo son tan absurdos, que uno se pregunta adónde quiere llegar el autor. Por enumerar algunos: asiste en su lecho de muerte a la confesión del último judío que queda vivo y que cuenta cómo con sus contactos en el mundo financiero contribuyó al ascenso de los nazis al poder; tiene sexo con Anselma, una mujer enigmática y de gran personalidad, y descubre que a través de unas mirillas su actuación ha sido contemplada por varios amigos de Anselma; encuentra un conciliábulo de psicoanalistas clandestinos (el psicoanálisis está prohibido en el Magno Imperio Germánico) en una antigua fábrica subterránea… y así se van sucediendo los encuentros, tan exagerados que acaban por provocar cansancio.

Si acaso, lo mejor de la novela es la sensación de apocalipsis, de desmoronamiento del Magno Imperio Germánico. Noticias de rebeliones, de ataques sorpresa del Imperio japonés, de guerra nuclear, de resistencia a la toma del poder por Ivo Köpfler. Todos esos anuncios preapocalípticos son contados como rumores, como noticias entrecortadas y su carácter fragmentario da al relato un tono sombrío y más eficaz que lo que hubiera dado una descripción más detallada.

Tal vez lo que dé más la impresión de que la novela es un experimento tan ambicioso como fallido, sea la falta de un objetivo claro que vaya hilando los distintos episodios. Höllriegl se pasa media novela tratando de regresar a Heydrich, la ciudad en la que vive, sin que quede muy clara su motivación. El último tercio de la novela relata su rescate de Ulla, la Bruja de Ámbar, una valquiria con la que está obsesionado, y el intento de ambos de escapar al último reducto nazi en el Ártico. Lo malo es que para cuando el lector llega a esa parte, lo que más desea es que se termine la novela cuanto antes.

Los críticos han destacado sobre todo el carácter satírico de la novela, un carácter que me imagino que les resultaría más evidente a los alemanes y austriacos de 1965 que a nosotros. Es cierto que ofrece una imagen delirante de lo que hubiera podido ser el mundo dominado por el nazismo triunfante, pero le falta algo imprescindible para la sátira: el humor. Sospecho que el humor alemán es como su filosofía, plúmbeo. Yo, personalmente, veo los intentos de despertar la sonrisa del lector, pero no consigo entusiasmarme. Me pareció lo mismo con “Goodbye Lenin”. La idea me pareció excelente y me imaginé el juego que hubiera dado en manos de, pongamos, Santiago Segura, pero el resultado dejaba bastante que desear a nivel humorístico.

En fin, me habría gustado escribir una crítica tan entusiasta como la de otros que la han leído, pero no he podido.

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