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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Sobre los protagonistas

Emilio de Miguel Calabia el

No sé si les pasará a todos los escritores, pero a mí me ocurre que primero me centro en la idea inicial; veo cómo voy a desarrollarla y sólo muy al final me centro en el/los protagonista/s. Diría que es la trama que he ideado en mi cabeza, la que determina qué protagonistas tendré. Sé que otra manera de trabajar sería ir dejando que protagonista y trama fueran desarrollándose en paralelo, pero nunca he podido trabajar de esa manera. Es posible que en el fondo de la literatura lo que subyazga sea el deseo de escuchar una buena historia, más que el saber a quién le ocurrió. Cuando lo que interesa sobre todo es a quién le ocurrió, ya no tenemos literatura, sino chismorreo.

Yo creo que, en función de qué tipo de protagonista tienen, los relatos pueden clasificarse en cuatro categorías: corales, múltiples, duales y único.

En las novelas corales, no existe un único protagonista, sino todo un elenco. En las grandes sagas, tipo “Los hijos de Arbat” de Anatoli Ribakov, “Guerra y paz” de Tolstoi o “La colmena” de Cela, es como si tuviésemos sobre el escenario a la Ópera de Pekín. Obsérvese que de los tres ejemplos que pongo, dos son de autores rusos. Y es que a los rusos lo de poblar sus novelas con multitud de personajes de nombres larguísimos (del tipo Mijail Illarionovich Kutuzov, nombre de un mariscal ruso convertido en personaje de “Guerra y Paz”), les encanta. Para mí que es el horror vacui que produce vivir en un país poco poblado de estepas infinitas y tupidos bosques. Un ruso escribe un microrrelato y fijo que como poco le mete treinta personajes.

Las novelas múltiples son más comedidas. Hay varios protagonistas, todos con una importancia parecida, y el eje de la novela es seguir la evolución de las relaciones de los protagonistas entre sí. El ejemplo más claro de novela múltiple sería “La feria de las vanidades” de Thackeray. Hay al menos ocho personajes con mayor o menor carácter protagonista: Emmy Sedley (Amelia),  Becky Sharp (Rebecca),  Rawdon Crawley, Pitt Crawley, Miss Matilda Crawley, George Osborne, William Dobbin y Joseph Sedley. Cierto que hay personajes más importantes que otros, pero aun así, todos juegan un papel relevante en la historia.

En las novelas con protagonistas duales, podría decirse que el verdadero protagonismo lo ejercen una pareja y sus relaciones. El ejemplo más evidente nos lo ofrece Don Quijote. Don Quijote es un personaje redondo, pero no sería el mismo sin Sancho Panza. Sancho Panza es el contrapunto perfecto para que tanto su locura como su buen sentido salgan a la luz. Cierto que la novela hubiera podido sustentarse sólo en el personaje de Don Quijote. De hecho en su primera salida, Don Quijote va solo. Los lances de la primera salida puede que sean muy divertidos, pero el personaje de Don Quijote parece una mera excusa para contar una Novela Ejemplar más, la historia del caballero lunático que se metió en una venta a la que tomó por un castillo. Es con la aparición de Sancho Panza y el juego entre ambos personajes, que Don Quijote se redondea y alcanza la categoría de mito literario. Por ello, en mi opinión, se trata de una novela con un protagonista dual.

Y luego están las novelas de un solo protagonista. Éstas pueden dividirse en dos tipos. La más habitual es aquélla en la que el protagonista lleva el peso de la acción. La otra es aquella en la que el protagonista es un mero espectador, la acción está fuera y parecería que lo único que nos interesara fueran los ojos del protagonista. Un ejemplo es “El escarabajo” de Manuel Mújica Laínez. En ella un escarabeo egipcio narra su historia de cómo fue pasando de propietario en propietario hasta su destino actual en las vitrinas de un museo. Como fórmula me parece discutible. El lector espera de un protagonista que actúe, que impulse la trama, no que permanezca como un mero observador. A menudo al lector le gusta identificarse con el protagonista, con un protagonista-espectador o bien esa identificación no es posible o bien, si lo es, el lector acaba con una sensación de frustración horrible, al ver al protagonista inerme, como un Don Tancredo, asistiendo a los acontecimientos sin intervenir en ellos.

La importancia del protagonista individual es tal que desde los albores de la escritura hemos tenido obras de un solo protagonista. Hace más de 4.000 años un escriba sumerio compuso “El poema de Gilgamesh”, el relato de las aventuras de un rey legendario de Uruk. Más de mil años después, cuando esta fórmula literaria ya peinaba canas, Homero la utilizó para relatar las aventuras de Ulises. Del Lazarillo de Tormes a Philip Marlowe, pasando por Tristram Shandy o Damien, las novelas de un solo protagonista tienen una larga estirpe. Y lo que te rondaré.

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