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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

El imperio y sus heces (2)

Emilio de Miguel Calabia el

En los siguientes dos años, Caraman se embarcó en los siguientes proyectos ilusorios: pretendió concesiones mineras en Tonkin, encargó una gran cantidad de pólvora para vendérsela al Rey de Siam, propuso el establecimiento de un servicio fluvial entre Phnom Penh y Saigon… nada salió de estos proyectos más que un inmenso hartazgo por parte de la administración colonial francesa. La gota que colmó el vaso fue cuando se supo que el Conde Frédéric Comnène Thomas de Caraman era en realidad el hijo de un simple policía.

No le quedó más remedio que volver a Phnom Penh e iniciar el negocio más realista que había emprendido hasta la fecha: una fábrica de ladrillos, algo muy necesario ante el acelerado desarrollo urbano de la capital. Como no se podía estar quieto, pronto le añadió a la fábrica un aserradero. Ambos negocios, como era inevitable con Caraman, acabaron fracasando. Sin embargo, mantuvo las simpatías del Rey.

Los franceses nunca le tuvieron muchas simpatías a Norodom y nunca entendieron bien la bolilla que les daba a todos los franceses impresentables que aparecían en Phnom Penh. Entre las lindezas que decían de él, le tachaban de alcohólico, opiómano y mujeriego, le acusaban de despreocupación por las tareas de gobierno y por el desarrollo económico del país, decían que tenía mal gusto, que era estúpido… Menos mal que había otros visitantes que le veían con mejores ojos y que nos han dejado el retrato de un rey jovial, seductor, agudo y con carisma. Su atracción por los franceses impresentables hay que verla más bien como un juego de divide y vencerás, de aproximarse a los franceses que sabía que eran peor vistos por las autoridades coloniales para tratar de causarles problemas.

Antes de juzgar duramente a Norodom, hay que entender la posición imposible en la que se encontraba y que le había llevado a buscar la protección francesa. Tampoco es que los franceses le hubiesen permitido otra alternativa. Norodom trataba de buscar patronos aquí y allá con el objeto de enfrentarlos unos a otros como única estrategia de superviviencia. Aunque a los europeos les gustase hablar del despotismo oriental, la realidad era que Norodom no podía contar con la lealtad ni de sus mandarines ni de sus gobernadores provinciales. Y ese hombre sin apenas poderes reales tenía que llevar los títulos de “gran Rey con pies divinos, superior a cualquiera, descendiente de las deidades y de Vishnu… de supremo poder sobre la tierra, lleno de cualidades como el sol… grande entre los grandes, aquél cuyo poder se extiende sobre toda Camboya… gran Rey cuyo poder no tiene límites.”

Caraman salió escaldado de su experiencia con la fábrica de ladrillos y el aserradero y como mucho reconoció que podía haber cometido unos pocos “errores de juventud” y que había tenido mala suerte en sus diversas empresas comerciales. Pero nada de ello ponía en cuestión su honorabilidad. Había fuerzas oscuras que complotaban contra él. Para salir del paso, encontró una nueva profesión: la de educador.

Caraman convenció al Rey para abrir una escuela en palacio para sus hijos, los de los ministros y los de los mandarines. Su enseñanza se limitaba al francés y la aritmética. Según su siempre fertil imaginación, al cabo de quince días de escuela ya tenía estudiantes que sabían leer, que habían empezado a escribir y que conocían cien de las palabras más habituales. Con tanto éxito, decidió ampliar sus estudios la geografía y la literatura francesa. Al año ya se sentía tan lleno de confianza en sí mismo que pidió a las autoridades en Saigón que le dieran una plaza en la escuela municipal para enseñar álgebra, geometría y trigonometría. Las autoridades dijeron: “pues va a ser que no” y Caraman decidió aprovechar la oferta que hacía la Armada de pasajes gratis a casa para quienes quisiesen luchar en la guerra franco-prusiana. Esta vez Caraman tuvo suerte, sin que sirva de precedente: la guerra estaba terminando cuando llegó a Francia.

Para 1872 ya estaba de vuelta en Phnom Penh, enredando. Aprovechó sus contactos en la corte para suministrarla con bienes que nadie le había pedido, pero que consiguió que le pagaran. Al año siguiente regresó a Francia donde se dedicó a comprar a diestro y siniestro en nombre del Rey Norodom. Entre los artículos había conservas, medio kilómetro de alfombras, bombas para irrigar, un diccionario, varias decenas de copias de pinturas de grandes maestros europeos, maquinaria para cortar madera, muebles Luis XVI y un biombo en cobre dorado para el salón del Trono, que daría muchos quebraderos de cabeza en los años venideros. La lista de compras no incluía, afortunadamente, el barco que Caraman le había recomendado a Norodom que comprara. Aunque era cierto que Caraman estaba actuando en nombre del Rey de Camboya, en su acuerdo había habido un pequeño olvido: no se había fijado la cantidad que Caraman estaba autorizado a gastarse y Caraman solía ser muy generoso con el dinero ajeno.

Las noticias que llegaban a Phnom Penh sobre las compras de Caraman empezaron a ser inquietantes y de la Corte le enviaron una carta para advertirle de que si los gastos eran excesivos, el Rey podría rehúsar pagarlos. Demasiado tarde, Caraman ya estaba haciendo las maletas para volver a Camboya.

Lo que mal empieza, mal acaba. Por un pobre embalaje los muebles Luis XVI llegaron convertidos en serrín mohoso, la comida enlatada quedó bloqueada en Saigón, donde comenzó a pudrirse y el Rey dijo que de qué iba a pagar esa millonada por el biombo de cobre dorado. La cosa terminó en los tribunales.

En 1877 Caraman estaba de vuelta en Francia, pidiendo árnica a políticos de todo pelaje para que le ayudaran a conseguir que Norodom le pagara lo que le debía. El tiempo que no estaba implorando ayuda política, estaba en los tribunales, defendiéndose de los acreedores que había dejado en Francia. Al menos consiguió una cosa: que el caso se politizase y que hubiese presiones sobre la administración colonial, justo en un momento de relevo, en el que varios de los que sabían lo liante que era Caraman se estaban yendo de Asia. El Rey Norodom acabó rindiéndose y aceptó pagar por el biombo la mitad de lo que Caraman había pedido inicialmente.

Una consecuencia inesperada de todo este embrollo fue que reforzó los poderes de los franceses en la administración de Justicia camboyana. A raíz de la disputa sobre el biombo, los franceses obligaron a Norodom a firmar un convenio en virtud del cual aceptaba que el Consejo Privado de Saigón pudiera emitir sentencias en caso de procesos entre el Rey y europeos. De pronto el Rey había aceptado que podía ser sometido a lo que decidiera una instancia colonial. De un plumazo había quedado subordinado a los franceses.

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