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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cuando a un mediocre le das poder (1)

Emilio de Miguel Calabia el

Hay personajes históricos que más que un biógrafo andan pidiendo un humorista que escriba sobre sus vidas. Uno de esos personajes es Joachim Ribbentrop, el que fue Ministro de AAEE de la Alemania nazi de 1938 a 1945. Michael Bloch escribió una biografía muy buena sobre él y aunque la hizo desde la óptica del historiador y no la del humorista, el personaje en sí es tan ridículo, que hay momentos que al lector se le escapa una sonrisita irónica, cuando no una carcajada.

Ribbentrop procedía de un familia en la que habían menudeado los oficiales del Ejército. De hecho, su padre fue uno. A Ribbentrop estos antecedentes debían saberle a poco, porque en cuanto tuvo poder insistió en añadir a su apellido la aristocrática partícula “von” a la que no tenía derecho. De su infancia y primera juventud, lo más significativo fue el año que pasó en Londres para perfeccionar su inglés y su estancia posterior en Canadá. Ese período tendría unas consecuencias decisivas sobre su futuro. Le proporcionó un aire cosmopolita y un conocimiento del inglés que fascinarían a Hitler y le harían creer que había encontrado a su hombre para dirigir los asuntos internacionales.

Durante la I Guerra Mundial se alistó en los húsares de Torgau. Su desempeño allí fue correcto. En el verano de 1917 fue herido y quedó inválido para el servicio. En abril de 1918 fue enviado como Primer Teniente a la Oficina del Ministerio de la Guerra Alemán en Constantinopla y su cometido fue procurar suministros para el cuerpo expedicionario alemán.

La posguerra fue dura para Ribbentrop. Su familia perdió sus bienes y el hecho de no haber pasado por la universidad le representaba un obstáculo a la hora de buscar empleo. Finalmente encontraría trabajo como comerciante de vinos, que importaba de Francia y vendía a los ricos de Berlín.

Casándose, cometió el error que cometen muchos mediocres: se casó con una mujer que le superaba ampliamente en energía, inteligencia y ambición, Annelies Henkell. Annelies le proporcionó estabilidad emocional y la figura materna que necesitaba (su madre había muerto en su infancia), pero a cambio le manipularía e influiría tremendamente, llevándole posiblemente a cometer equivocaciones que él solo no habría cometido.

Ribbentrop era un buen comerciante, honesto y capaz. Sus clientes estaban muy satisfechos con él. Resulta triste pensar que por ambición y delirios de grandeza abandonó una profesión en la que descollaba por otra, la diplomacia, para la que no servía, en la fracasó abyectamente y que acabó llevándole a la horca.

Para finales de los veinte su éxito comercial se le había subido a la cabeza y cabe pensar que su mujer algo tuvo que ver con ello. Le entraron ínfulas de grandeza y empezó a comportarse como un nuevo rico. Fue entonces que, de una manera rocambolesca, se apropió del “von”, que añadió a su apellido. También fue por esas fechas que, por razón de su éxito comercial y de que hacía negocios con distintos países, comenzó a verse como un fino geoestratega y a aburrir a sus amistades con largas tiradas sobre los peligros del comunismo y las maldades de la Paz de Versalles.

Desde finales de los veinte había tenido contactos con los nazis, pero sin ser parte de ellos. Simplemente algunos nazis formaban parte de su clientela y desde su ideología conservadora y anticomunista podía verles con cierta simpatía. Un momento clave vendría en la primavera de 1932, cuando en el transcurso de una cena coincidió con Hitler y estuvieron hablado sobre política internacional. Como dice Bloch, de aquella cena surgieron dos malentendidos: Hitler creyó que Ribbentrop era un sofisticado cosmopolita muy puesto en asuntos internacionales y Ribbentrop pensó que Hitler era un hombrecito al que se le podían dar lecciones. Annelies, por su parte, quedó fascinada con Hitler y pronto vio cómo su marido podía hacer carrera con los nazis, aprovechando sus contactos internacionales. Poco después de aquella cena, Ribbentrop ingresaría en el partido nazi.

Parece que Ribbentrop jugó un papel mediador en las negociaciones que tuvieron lugar a comienzos de 1933 entre Hitler y Papen para formar una coalición de gobierno. Ribbentrop pensó que sus servicios bien merecían que se le nombrase Secretario de Estado (número dos del Ministerio) en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Papen, que sí que era un hombre de mundo, no como Hitler, sí que supo valorar a Ribbentrop por lo que valía. Según escribió en sus memorias: “… Era muy trabajador, pero desprovisto de inteligencia; teniendo un complejo de inferioridad incurable, sus cualidades sociales nunca maduraron como hubieran debido…” Ribbentrop no consiguió ese puesto, ni ningún otro y tuvo que seguir comerciando vinos. Pero algo consiguió: como viajaba regularmente a Francia y al Reino Unido, Hitler le pidió que le mantuviese informado sobre sus actitudes con respecto a Alemania.

Hitler detestaba al Ministerio de Asuntos Exteriores y a sus diplomáticos. Prácticamente no había nazis en dicho Ministerio y los diplomáticos, por muy nacionalistas que fueran, no deseaban alarmar a las potencias occidentales y les ponían de los nervios las ambiciones expansionistas de Hitler. Hitler, autodidacta y diletante, creía que un hombre con voluntad, aun cuando careciera de conocimientos técnicos, podía marcar la diferencia. Ribbentrop, que además era nazi, se convertiría en el hombre de exteriores de Hitler, con la ventaja añadida de que serviría para darles en los morros a los diplomáticos a la antigua.

Los testimonios sobre el Ribbentrop convertido en diplomático de este período dicen que abordó su cometido con el entusiasmo de un representante de vinos. Entendió que su trabajo era vender a la Alemania nazi y a Hitler, como si se tratasen de un buen borgoña y no del vino a granel que realmente eran. A su favor tenía su apostura, su tono de voz agradable, sus modales educados y la impresión de sinceridad que transmitía. En contra, su verborrea, su tendencia a repetirse, su falta de sentido del humor, su incapacidad para escuchar a la otra persona y su tendencia a ver la realidad como quería que fuera y no como realmente era. Curiosamente estos defectos los compartía con Hitler.

Pronto el cargo se le subió a la cabeza y, aunque sus conocimientos de Historia y geografía eran someros, ya se veía modelando el futuro del mundo. Entre las ideas que empezó a alumbrar, siguiendo en la estela de Hitler, estaba la de que Alemania quería recuperar sus colonias, aunque podía abandonar esa idea si le permitían expandirse en el este de Europa. Fantaseó con una alianza entre Alemania, el Reino Unido, Francia e Italia para aplastar a la URSS y contener a los japoneses. Era evidente que su papel de viajante diplomático se le iba quedando pequeño.

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