En la semana del parto respetado…Algunas reflexiones personales

Publicado por el May 14, 2013

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Yo ya me he curado en salud y por eso en la presentación de mi blog digo que mi lema de al maternidad es donde dije digo…digo Diego. Así es, la vida es cíclica, uno va acumulando experiencias vitales que hacen que sus posicionamientos en algunas cosas vayan cambiando. No soy la madre que estaba embarazada y temerosa de doña Tecla aunque me sigan inundando mullones de dudas cada mañana. Es verdad que tengo, como todo el mundo, supongo, verdades que no se mueven, que son los pilares de mi forma de ser. Pero otras van oscilando en función de mis propias experiencias.

Cuando me enfrenté por primera vez a un parto, el de doña Tecla, puedo decir que todo iba bien. A las 2 de la mañana me despertaron unos dolores fuertes de regla como en los días previos pero aquella vez no se calmaban con un paracetamol de 1 gramo. Ahora que lo pienso, qué ingenuidad la mía intentar calmar contracciones así. Enseguida me di cuenta, a pesar de mis dudas de si lo reconocería, que estaba de parto. Intenté aguantar un poco en casa, más o menos hasta las seis. No rompí aguas ni nada parecido. Me dolían pero era soportable. Comenzaron a ser más fuertes llegando al hospital. Por cierto, hago inciso, sólo me podía pasar a mí que nos pararan en un control de alcoholemia de la Guardia Civil (eran las seis y media de la madrugada del sábado al domingo).

Una vez llegué, el protocolo de inscripción y enseguida a la sala de dilatación. Después de una hora tumbada, aunque con muchos intentos de levantarme, yo misma noté que algo no iba bien al ver que el pulso de doña Tecla caída en picado hasta desaparecer. Yo sé que en España hay muchas cesáreas que se hacen por miedo del facultativo a posibles demandas si algo sale mal. Y algunas son, innecesarias. Pero la mía salvó la vida de mi hija. Cuando la gine de guardia notó la ausencia de latido fetal no dudó un instante y ordenó subirme al quirófano. Desde su decisión hasta que oí el llanto de mi hija pasaron sólo 17 minutos. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a pensar en nada. Sólo sé que cuando vi a mi hija azul, cianótica y a los médicos con cara de preocupación, supe que estaba pasando algo. Pero no pude saber qué hasta que pasados 40 minutos en la sala de reanimación donde sentí la soledad más absoluta de mi vida, donde no podía abrazarme a nadie, llegué a mi habitación y mi mundo se cayó, literal, cuando mi madre me dijo: “La niña está en la UCI porque tiene un problema respiratorio” Lo que había pasado es que había aspirado meconio y le había llegado al pulmón. Me quedé tan bloqueada que no supe qué decir. Estaba inmovilizada, las piernas no se había despertado y aunque lo hubieran hecho, tenía una cesárea, apenas podía levantarme, estaba sondada. Estaba hundida. La imagen idílica que todas las mujeres soñamos cuando nace nuestro primer hijo se hizo añicos. No podía abrazar a mi bebé, no podía cogerlo en brazos y hasta pasadas unas horas, unas ocho que me parecieron 8 días, no pude ni verla. Las primeras 72 horas eran fundamentales para ver cómo evolucionaba. No quiero extenderme demasiado pero sí explicar que aquellos fueron los días más tristes y llenos de incertidumbre de toda mi vida donde yo creo que crecí muchos escalones de mi vida. Al estar tan sola (era madre soltera aunque ahora ya no lo soy) tuve ques acar las fuerzas porque no había más remedio. Lloré mucho, muchísimo. Tuve mucho miedo, el que más paraliza, el de pensar que un hijo puede  morirse. Que en aquella semana fallecieran 4 bebés ingresados al lado de mi hija me hundió más en la tristeza. Era inevitable pensar: “¿y si la siguiente es ella?”

Pero la vida me regaló la oportunidad de que saliera adelante. Y salió. ¡Vaya si salió! Hoy es una niña feliz y sana y muy muy simpática. Supongo que aquellos días se han quedado muy grabados en mi subconsciente y siento hacia ella una necesidad de sobreprotegerla que sé que no es buena si sobrepasa unos límites.

Todo este rollo lo cuento porque cuando me quedé embarazada de Mofletes Prietos, ya casada, con una familia estable…los miedos, los fantasmas afloraron de una manera cruel. Me sentí tan miedosa, quizás porque estaba acompañada y no necesitaba tanto hacerme la fuerte, que no confié en mí, ni en mi capacidad de parir de forma natural. Y pedí una cesárea programada. Ahora me arrepiento. Pero no me quiero culpar porque la culpa es dañina, no sirve para nada. Escribo esto por si me experiencia puede ayudar a alguien. Ojalá hubiera tenido a alguien en mi entorno que me hubiera entendido y me hubiera explicado con suma paciencia y cariño que los miedos pueden superarse, sólo es cuestión de paciencia e información. Pero nadie me salvó. Y, por supuesto ni yo misma lo hice.

Ahora tengo una cicatriz que sí se nota y cuando a veces la miro en el espejo la rechazo. La otra me recordaba una salvación. Esta me recuerda como un Pepito Grillo que no fui lo suficientemente valiente. Y eso me duele. Tanto que no quiero ni verla. Y nadie tiene la culpa, ni siquiera yo. Aquí no hay médico que decidió por mí, no hay una situación de urgencia. Lo que hay es el miedo plasmado en una marca.

Eso sí, con el tiempo aprenderé a perdonarme y seré capaz de ver la cicatriz sin rechazo, aceptando que fue una decisión mía tomada desde la libertad.

Agradezco profundamente que existan organizaciones como el parto es nuestro o por un parto respetado que defiendan, desde la libertad de cada mujer, el derecho a dar vida como mejor quieran.

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PD. Os dejo aquí mi artículo del fin de semana con una entrevista a una mujer-ángel que ayuda a las personas que han pasado cosas como yo. ¡Ojalá la hubiera conocido antes!

 

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2013

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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