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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Turismo chino: ¿plaga o maná?

Pablo M. Díez el

“Ding Jinhao estuvo aquí”. Como si fuera el tronco de un árbol donde grabar corazones entrelazados, y no un templo con 3.500 años de antigüedad, un adolescente chino dejó hace unos días su firma para la posteridad en la histórica ciudad egipcia de Luxor. Los limpiadores del monumento ya han logrado borrar los grandes caracteres en mandarín que estampó sobre una de esas típicas figuras egipcias que parecen andar de perfil, pero la huella de su gamberrada aún perdurará bastante tiempo.

Siguiendo al guía de la banderita y con gorras de colores para no perderse, los cada vez más abundantes grupos de turistas chinos ya llenan los monumentos de todo el mundo.

Crucificado por las redes sociales de su país y del extranjero, el travieso grafitero ha abierto sin querer un encendido debate sobre el comportamiento de los cada vez más abundantes turistas chinos. El año pasado, más de 80 millones de chinos salieron de su país para ver mundo, algo que hasta hace poco tenían prohibido por el control que imponía el autoritario régimen comunista o, sencillamente, por la pobreza que sufrían. Hace una década eran sólo 16 millones de turistas chinos los que viajaban al extranjero, pero para 2020 se esperan hasta 200 millones gracias al extraordinario crecimiento económico del país y al auge de su clase media urbana.

Un auténtico maná para la maltrecha economía global porque los chinos ya son los turistas que más gastan en sus viajes: cerca de 80.000 millones de euros el año pasado, por encima de alemanes, estadounidenses y japoneses. Pero, al tener por lo general una educación mucho más baja que éstos, su comportamiento deja a veces bastante que desear.

Y es que el autógrafo de Ding Jinhao no es el único caso que ha sacado los colores a China. Para pulir a sus poco refinados turistas, el régimen les ha dado unos consejos muy particulares. El objetivo es evitar que repitan comportamientos habituales en su país, como escupir por la calle, saltarse las colas, hablar a gritos por el móvil en los trenes, vociferar en los museos, subirse a todos lados para hacerse fotos, tirar papeles al suelo y hasta cortarse las uñas en público o sostener a los bebés en brazos para que orinen en las aceras.

El régimen de Pekín se ha tomado el asunto tan en serio que incluso ha ordenado al Departamento de Moralidad del Partido Comunista difundir una especie de poema en mandarín para civilizar a sus turistas y recordarles, entre otras cosas, que no pisen la hierba de los parques ni dañen a los animales de los zoológicos.

“Todo eso va en detrimento de la imagen de nuestro país y da muy mala impresión”, les ha advertido el viceprimer ministro Wang Yang. Según una encuesta “online” del diario de Hong Kong “South China Morning Post”, el 60 por ciento de los participantes achacó la mala fama de China al comportamiento incívico de sus turistas, por encima de su régimen dictatorial, la violación de los derechos humanos y la falta de libertades.

Pero los turistas chinos, muchos de los cuales cumplen todos los estereotipos de los nuevos ricos, también se quejan del trato discriminatorio que a veces reciben en el extranjero y de los robos que sufren por ir cargados de joyas y llevar encima todo el dinero en efectivo. ¿Choque de civilizaciones o, simplemente, mala educación? ¿Plaga o maná? En manos de los turistas chinos, y de sus modales, está la imagen que quieran transmitir al mundo.

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