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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Perro panda, perro tigre

Pablo M. Díez el

China es un país de contrastes brutales. Incluso para los perros. Mientras muchos canes acaban en la cazuela por sus supuestas propiedades nutritivas e incluso afrodisíacas, otros son tratados a cuerpo de rey por sus dueños, que los miman con pasión y se gastan una fortuna en cuidarlos.

En los grises días del invierno, resulta habitual ver por las calles de Pekín perros ataviados con las más estrafalarias prendas para protegerlos del frío, desde botines para las patitas hasta chalecos a juego con unos coquetos lacitos sobre la cabeza.

No es un panda, sino un perro teñido.

Además de vestir a los perros, en los últimos tiempos se ha puesto de moda teñirlos, una tendencia que ya se había popularizado en otros países más desarrollados de Asia como Japón y Corea del Sur. Por unos precios que oscilan entre los 2.500 y los 5.000 yuanes (entre 300 y 600 euros), hay peluquerías caninas especializadas en pintar el pelo de estos animales para que parezcan pandas, tigres, cebras, dragones y hasta “tortugas ninja”. “No importa la raza, todos los canes se pueden teñir”, nos explica Hao Ning, quien a sus 30 años regenta una sucursal de la cadena “Gou Bo Shi” (“Doctor Perro”) donde el 10 por ciento de los clientes pide colorear a sus animales.

Prohibidos por el régimen comunista durante la época de Mao Zedong, que los consideraba un improductivo capricho burgués porque ni siquiera cazaban ratones como los gatos, los perros se han convertido en un lujo en la nueva China de la modernidad y el desarrollismo desenfrenado. Mientras las autoridades intentan imponer la “política del perro único” con carísimos permisos municipales, los nuevos ricos y la emergente clase media urbana lucen sus mascotas como si fueran monos de feria.

“A la generación que nació después de los años 90 le gusta teñir a los perros por diversión y porque así los ven más bonitos”, razona Hao Ning, que tarda entre cinco y seis horas en pintar el pelo de los animales. Para ello, utiliza un tinte natural o con pocos productos químicos con el fin de no dañar la piel canina. “Personalmente, no lo recomiendo porque todas las pinturas tienen algún componente tóxico y estropean la piel de los perros”, advierte este peluquero canino, que prefiere hacerles cortes de pelo singulares, por ejemplo a lo afro o en plan punki.

Por lo general, no es conveniente teñir a los canes antes de que hayan cumplido medio año y los tintes suelen durar entre tres y seis meses, hasta que les crece el pelo y la pintura va perdiendo su color. “Mucha gente trata a sus mascotas como si fueran juguetes, pero para mí es un negocio muy rentable que sube cada día”, se excusa Hao Ning, quien recientemente tiñó como si fuera un panda el perro de Lae Li, una joven uigur de la región musulmana de Xinjiang residente en la capital china. Toda una prueba de que el tinte canino está por encima de etnias y religiones.

Por 500 yuanes (60 euros), este auténtico “perruquero de Pekín” puede pintar un arcoíris sobre el pelo blanco de un caniche, como si fuera un arlequín de cuatro patas, o metamorfosear un mastín tibetano en una cebra o un tigre. Lo insólito es que, a pesar de todas estas perrerías, los canes sigan siendo los mejores amigos del hombre.

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