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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

La cara oculta del sumo

Pablo M. Díez el

El sumo tiene más de 2.000 años de antigüedad y es el deporte que representa la quintaesencia de la cultura japonesa, pero está lejos de ser tan limpio y honorable como muchos pensaban. Y es que tras los titánicos combates en los que se enfrentan sus colosales luchadores, que llegan a pesar hasta 150 kilos, se esconde un sórdido mundo de violencia, corrupción y muerte.

Causando un gran escándalo en el país, así lo acaba de descubrir un informe elaborado por la Asociación Japonesa de Sumo, en el que se denuncia que el 92 por ciento de los establos donde se entrenan y viven los luchadores utilizan bates de béisbol, cañas de bambú y otros instrumentos para golpearlos con saña. En este sentido, un tercio de los deportistas confesó haber sufrido abusos físicos y otro 12 por ciento aseguró que las palizas, eufemísticamente llamadas abrazos, se combinaban con la tortura mental para endurecer a los deportistas.
Aunque ya se sospechaba que esta brutalidad se hallaba latente en un tipo de competición tan fiera como el sumo, tan sobrecogedoras revelaciones han salido a la luz tras la muerte el pasado mes de junio de Takashi Saito, un luchador de 17 años que peleaba con el nombre de Tokitaizan.
Su preparador, Junichi Yamamoto, le dijo en un primer momento a sus padres que había fallecido de un ataque al corazón mientras entrenaba, por lo que les recomendó incinerar el cuerpo lo antes posible. Pero, cuando la familia pudo ver el cadáver, comprobó horrorizada que el cuerpo tenía la cara hinchada y presentaba numerosos moratones y heridas, así como señales de quemaduras en las piernas.

Por ese motivo, los progenitores pidieron una investigación y, finalmente, el entrenador admitió que le había pegado con una botella de cerveza y que otros miembros del establo Tokitsukaze se habían despachado a gusto con él.
Tal y como informaban los medios nipones este verano, los compañeros más veteranos habían golpeado al jonokuchi (luchador juvenil) con un bate de metal y lo habían sometido a una interminable sesión de butsukari geiko. Así se conoce al entrenamiento por el cual los luchadores resisten las cargas de sus paquidérmicos compañeros, tan demoledoras que no duran más de tres minutos para no romper los huesos de los deportistas.
Obedeciendo a su entrenador, el joven Takashi Saito aguantó media hora de brutales embestidas hasta que, poco después, cayó muerto. Un triste final para un muchacho que, previamente, intentó huir del establo, pero fue atrapado por los otros luchadores, quienes le destrozaron el teléfono móvil para que no avisara a su familia.
Este atroz escándalo puede darle la puntilla al sumo, un deporte que ha ido perdiendo aficionados en Japón a medida que proliferaban las denuncias de combates amañados y de dopaje con esteroides para engordar a los luchadores. Si hace años miles de jóvenes nipones soñaban con saltar al ring embutidos sólo con el mawashi (taparrabos), ahora su yokozuna (gran campeón) es Asashoryu, un polémico deportista de Mongolia que tampoco ha escapado al maltrato ni a las denuncias por haber amañado combates.

Unas actividades que en Japón sólo pueden estar controladas por la todopoderosa y temible mafia nipona, la yakuza. Sin embargo, cuando algunos luchadores han denunciado la sordidez de este mundo, como quisieron hacer dos deportistas en 1996, ambos fallecieron misteriosamente de un ataque cardiaco el mismo día y en el mismo hospital.

Cuatro años después, otro luchador que también quiso tirar de la manta despareció para siempre sin dejar rastro, por lo que las únicas denuncias de conexiones con la yakuza se basan en algunas sospechas de periodistas osados, que se atreven a criticar a los ozeki (campeones) por su juego sucio en el ring o su afición a meterse en peleas en los bares y discotecas durante sus escapadas nocturnas, como le ocurre al gran campeón Asashoryu.

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