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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Adictiva radiactividad

Pablo M. Díez el

Termino la cobertura del tsunami y el desastre nuclear de Japón, que durante más de un mes me ha llevado por los pueblos costeros devastados por las olas gigantes, como Otsuchi, Rikuzentakata o Natori, y algunas de las áreas evacuadas en torno a la siniestra planta atómica de Fukushima 1, incluyendo la “zona muerta” desalojada y recientemente cerrada por el Gobierno. A la tensión y la emoción de presenciar los efectos de una catástrofe natural se ha sumado aquí la amenaza de las fugas radiactivas.

Midiéndome la radiactividad en el centro médico de Minamisoma

Una incertidumbre bastante adictiva que me ha llevado a tomar unas precauciones especiales cuando viajaba hasta lugares como Iitate, el más afectado por la radiación pese a hallarse a 40 kilómetros de la central, Miamisoma, a 25 kilómetros, o Futaba, a sólo siete kilómetros. Además de no permanecer en Futaba más de tres horas, había que vestir un traje aislante con botas de plástico, mascarilla, guantes y gafas especiales.

Con un traje especial en la “zona muerta” de Fukushima, a 7 kilómetros de la central

En torno a la central nuclear, donde los operarios siguen intentando controlar los escapes de los reactores, Futaba es una ciudad fantasma de edificios derruidos o abandonados a toda prisa, algunos con la ropa aún colgada, las puertas abiertas o las bicicletas de los niños tiradas junto a los columpios. Con el asfalto resquebrajado por

el terremoto, muchas carreteras están cortadas por puentes y postes eléctricos caídos. Por sus calles desiertas vagan perros famélicos a los que sus dueños dejaron atrás en su precipitada huida.

Vecinos de Futaba recogen sus enseres entre las ruinas de sus casas

Entre los amasijos de cascotes, ramas y lanchas varadas sobre furgonetas, policías con monos blancos, botas de plástico, máscaras y gafas especiales buscan más de un millar de cadáveres, algunos de los cuales están ya tan contaminados por la radiactividad que no pueden recogerlos para entregárselos a sus familiares. Es la pura imagen del apocalipsis y el desolador destino que le aguarda a esta zona, donde vivían más de 80.000 personas. Lo peor de todo es que no podrán volver a sus hogares en mucho tiempo porque las fugas radiactivas aún durarán hasta finales de año. Luego, la radiación podría continuar en los alrededores durante décadas o, incluso, siglos.

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