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No es solo un libro sobre la quietud del momento

Daniel Tercero el

Es injusto considerar Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (XI premio Málaga de Ensayo, Editorial Páginas de Espuma, 2020) solo como obra de rabiosa actualidad por el confinamiento (¿sugerido, obligatorio?) en el que nos encontramos desde hace cinco semanas. El libro de Jorge Freire tiene recorrido mucho más allá de esta pandemia (¿china?) y el problema con el que se va a encontrar el autor (nacido en… ¡1985!) es la comparación entre esta obra y su próximo título. Una suerte a la que pocos pueden optar. Y encima abrazándose a Nietzsche (alemán), Pascal (francés) y Han (surcoreano).

Freire dispara contra todo tipo de corrección política. Elegante e incisivo. Valiente. Describe al homo agitatus. Un ser incapaz de quedarse quieto y cuyo objetivo es hacer cosas, moverse, quemar energías, alejarse de la racionalidad y definirse en función del uso que hace de “máquinas y cachivaches informáticos”. De ahí que el autor advierta: “No se trata de hacer muchas cosas, sino de hacer cosas que valgan la pena”. Momento en el que el relativismo sobrevuela sobre nosotros. Pero Freire aporta mucho más que un simple libro sobre la quietud del momento, la impaciencia y la reflexión. Plantea una pincelada (breve estado de la cuestión) sobre el mundo occidental (palabra en desuso, incluso para el joven filósofo).

Por sus páginas pasan la masa (en pensamiento o viaje); la dicotomía nacionalismo/globalismo (ante la que Freire se sitúa en el extremo centro o, más bien, alejado de ambos conceptos, lo que no deja de ser una contradicción, pero ¿quién no convive con alguna contradicción?); la falsa variedad cultural (“uno de los grandes mitos de nuestro tiempo”) que desemboca, en realidad, en “la monocultura internacional”; el glamur impostado del me gusta/no me gusta; los periodistas activistas (sin jerarquización, ni mediación y creadores de bulos); el cinismo practicado en la sociedad del bienestar; y, entre otros asuntos, la utilización banal del sentido del diálogo (“nos enrocamos en nuestro sesgo de confirmación para no dar el brazo a torcer”).

Si no fuera por su juventud y porque nos regala regularmente sus reflexiones en The Objective, uno pensaría que Freire quisiera encerrarse en los cuarteles de invierno (al modo literal) e incluso que hace suya una sugerencia de Cándido (Voltaire), adaptándola a su manera: “En tiempos de ensoñación y tribalismo, de creencias disparatas y engaños colectivos, de culturas del malestar y malestares de la cultura, marchar a la retaguardia es la única opción. Cuando la utopía es indeseable, bien está hacer del huerto propio una heterotopía en que fundar nuestro jardín, nuestra estoa o nuestro peripato”. ¿Acaso no es esto lo que está haciendo Freire?

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