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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Ramos nupciales para los héroes de guerra en Bishkek

Pablo M. Díez el

Apenas se ve un alma por las calles en esta gélida mañana en Bishkek, la capital de Kirguistán. Junto a los vecinos Kazajstán, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, esta antigua república soviética de Asia Central se independizó a principios de los 90 del siglo pasado tras el desmoronamiento de la URSS, pero la presencia rusa sigue casi tan presente como en aquella época de telones de acero y guerras más frías que este crudo invierno.

Amplios bulevares arbolados recorren la ciudad entre monumentales avenidas y desoladas plazas típicamente comunistas donde resisten las ya clásicas estatuas del musculoso realismo proletario.

Imponentes edificios de cuadriculado estilo soviético, como la Casa Blanca donde se ubica la sede del Gobierno, se mezclan con palacios neoclásicos más propios de la Rusia de los zares, como el Teatro de la Opera o la Oficina de Impuestos de la céntrica avenida Chui, donde aún cuelgan la hoz y el martillo.

Bajo la mirada indolente del millón de habitantes de Bishkek, las efigies de Lenin, Marx y Engels sobreviven frente a la Universidad Americana. Acompañando al kirguiz, el alfabeto cirílico indica las direcciones en las señales de tráfico.

Tocados con sus enormes gorras de plato y envueltos en sus abrigos de piel, los soldados desfilan con la bayoneta calada en el kalashnikov por la plaza de Ala Too para hacer el cambio de la guardia ante el Museo de Historia Nacional.

Tras el vaho que empaña las ventanas, un grupo de niñas caminan de puntillas en su clase de ballet al son que marca el sonido amortiguado de un piano. Bajo la luz mortecina propia de esta época, los vecinos de la ciudad se resguardan de los rigores del invierno en sus pequeños apartamentos, ubicados en destartaladas colmenas de viviendas, o en las coque

tas casas de influencia rusa que pueblan los alrededores, en las faldas de las nevadas montañas de Ala Archa. En los callejones sin asfaltar, tres borrachos dan buena cuenta de una botella de vodka mientras rebuscan en un contenedor de basura.

Y, en medio de este ambiente alienante y un tanto depresivo, una interminable limusina blanca se detiene ante el Monumento a la Victoria, terminado en 1984 para conmemorar el 40 aniversario de la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial. Bajo los tres pilares de granito que se funden en su parte superior formando una yurta, la estatua de una madre que espera a su hijo y una llama recuerdan a los héroes que dieron su vida en aquel conflicto.

A todos ellos están dedicados los ramos de flores que, a bordo de lujosas limusinas, cada día traen hasta aquí las parejas de recién casados, que se hacen fotos junto al monumento y celebran parte del convite en el mismo brindando con champán y vodka en vasos de plástico. Es una costumbre heredada de la época soviética que los jóvenes hemos querido mantener como muestra de respeto al sacrificio que hicieron nuestros antepasados, explica Ilona, una de esas bellas kirguizes que ha sabido mezclar lo mejor de Oriente y Occidente con su exótico rostro asiático de rasgados ojos verdes, su depampanante cuerpo de rusa y sus esculturales piernas. Al fin y al cabo, no es el único vestigio de la extinta URSS que sigue con vida en Kirguistán.

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