“The Competition”: Estos arquitectos son idiotas

“The Competition”: Estos arquitectos son idiotas

Publicado por el jun 15, 2015

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Seguramente, si The Competition se proyectara para un público que no tuviera ninguna relación con la cultura arquitectónica la gran mayoría de espectadores llegaría a la conclusión de que los arquitectos son una pandilla de idiotas.

The Competition se proyectó el pasado viernes 12 de junio dentro del ciclo de documentales sobre arquitectura «Arqu[in]FILM», dirigido por Martin Garber (Ojo Cónico) y organizado por Arquinfad y Filmoteca de Catalunya. Iniciativas de este tipo son apreciables por el valor que tienen para la difusión de la cultura arquitectónica. Hay que destacar la importancia que muchos documentales de arquitectura tienen como elementos de gran vitalidad para analizar nuestro presente complejo desde matices específicos y que en otros medios, otros formatos, quedan incompletos, simplificados o distorsionados.

The Competition, dirigido por Ángel Borrego Cubero, es un documental que narra los hechos alrededor de un concurso restringido convocado para la construcción de la sede de un museo nacional de arte en la capital del Principado de Andorra. Los aspirantes a tomar parte en dicho concurso debían cumplir como principal requisito el de haber sido reconocidos con un premio Pritzker o un honor similar. Los hechos que el documental presenta tuvieron lugar a lo largo del año 2009, en plena explosión de la burbuja económica (recuérdese que la quiebra de Lehman Brothers sucedió en septiembre de ese año). Los seleccionados para la fase final de dicho concurso fueron Norman Foster (que posteriormente retiraría su participación), Zaha Hadid, Frank Gehry, Dominique Perrault y Jean Nouvel.

El principal valor de este documental estriba de hecho más en lo que puede leerse entre líneas que en lo éste tiene la intención de explicar. Mirado a través de los lapsus de sus protagonistas, este film puede resultar una evidencia destructiva, con un contundente potencial crítico. Sin embargo, tras su visionado queda abierta una seria duda: si realmente su propósito era el de exponer demoledoramente la realidad de los adentros de la arquitectura y si no, cuáles eran y son, sus intenciones.

Esa duda se disipan en el coloquio posterior a la proyección respondiendo a las anodinas preguntas formuladas por el interlocutor. Se puede dar por entendido que no, que en ningún momento fue su intención hacer una denuncia. Y queda en el aire la duda de si, frente a aquello que su film muestra inequívocamente, la actitud de Borrego es ingenua o cínica. O si el documental se le ha escapado de las manos. Tampoco de sus palabras puede inferirse cuál era su intención a la hora de asumir la realización de esta película. Mi opinión, tras visionar The Competition y asistir a ese coloquio,  es que Borrego no quiso en ningún momento dejar en esa cuestionable posición a sus protagonistas; y que seguramente su intención haya tenido más que ver con la posibilidad de codearse con ellos, con sus ídolos, a los que por pura omisión termina exponiendo como personajes narcisistas, déspotas,  ególatras, acomplejados…en síntesis: como unos despreciables idiotas. De este retrato despiadado no se salvan tampoco los cómplices lacayos (empleados) que los obedecen masoquistamente.

Tras un acuerdo con el gobierno andorrano, se impuso a los participantes en el concurso la condición de ser filmados durante el proceso de elaboración de los proyectos y su presentación final. Norman Foster fue el único que rehusó participar bajo esa condición y aunque los demás aceptaron, con la excepción de Nouvel, todos pusieron obstáculos a la hora de ser filmados. Quien esquiva más extremamente ese compromiso es Hadid, que no aparece en ninguna secuencia de The Competition, y quien delegó en un empleado de su estudio la presentación ante el jurado. Las únicas imágenes que Hadid autorizó a registrar son conversaciones del equipo encargado del proyecto con ingenieros. Schumacher aparece sólo fugazmente.

Gehry solamente accedió a una breve conversación con el director para explicar vagamente sus ideas sobre el proyecto, tirando del histrionismo gehryano para saldar su obligación y contando con la complicidad de Borrego, que aparece en contraplano mirándole con fascinación y sin dirigirle (por lo menos en la secuencia que se muestra en la pregunta) pregunta o cuestionamiento que coarte su soliloquio. Borrego solamente escucha, mira y asiente, en una actitud que más parece decir ‘mi colega Frankie’ que en la de un documentalista inquisitivo. Ese Gehry interpretándose (otra vez) a sí mismo se levanta abruptamente, dice «me están esperando» y deja al director plantado.

En el caso del estudio de Dominique Perrault vemos secuencias en la que se muestran a dos empleados japoneses a cargo del proyecto, que ocasionalmente es supervisado por  Perrault. También se muestra una conversación entre éste y Borrego en la que Perrault queda desafortunadamente retratado. Su propuesta es una especie de metáfora formalista basada en un copo de nieve que no hubiera superado una corrección de haber sido el proyecto de un estudiante universitario.

Pero en la ocasión en que la cámara sí puede registrar ampliamente el desarrollo del proyecto es en el estudio de Jean Nouvel. Su persona es de hecho la que permite corroborar la esencia de una manera funesta de desempeñar la arquitectura. Por ese motivo, Nouvel se transforma en el involuntario protagonista de The Competition, interpretando a una especie de villano (en una imagen lo vemos haciendo una de las primeras correcciones ataviado con sombrero y en una parte lúgubre de su despacho).

Estas secuencias permiten vislumbrar la distancia que hay entre cierto tipo de arquitectos y los proyectos que firman sus estudios. El equipo a cargo del proyecto es sometido por Nouvel a una delirante obligación de sometimiento. Para quien conoce mínimamente el funcionamiento de un estudio de arquitectura comandado por un ego-arquitecto no es ninguna novedad la noticia sobre la actitud autoritaria y caprichosa con que rige su despacho Jean Nouvel, hasta el nivel de poder presentir que dicha actitud le reporta algún tipo de placer. Pero lo más denigrante es que sus trabajadores acatan con resignación, y quizá hasta con convencimiento, que ese servilismo es necesario. Cambios arbitrarios que nadie osa discutir. Un funcionamiento absolutista que sólo aboca a la improductividad, que haría creer que un estudio de arquitectura no tiene nada que ver con una empresa rigurosa y eficiente sino con un reducto donde reinan el miedo y un respeto indigno y que indigna; un lugar donde los cambios de humor dan bandazos sobre el proyecto. Con un Nouvel afectado de un cierto desinterés que repite en cada reunión con sus empleados la pregunta: «¿Qué día toca entregar esto?». Un Nouvel que ejerce un constante juego de dominio sobre Gaston, el director del proyecto, que adquiere visos de caricatura que evocan la relación entre Monty Burns y Waylon Smithers.

 

borrego

 

En cuanto a las presentaciones de los proyectos ante el jurado en Andorra, cabe señalar la imagen de Perrault haciendo el manido papel del arquitecto apresurado, ése al que siempre lo está esperando un avión. La imagen de Perrault sintiéndose inferior por no poseer el codiciado Pritzker y que intenta fascinar al jurado diciendo que él fue «el arquitecto del presidente (François Miterrand)» y obsequiándoles con un catálogo de su entonces reciente exposición en el ICO de Madrid. Gehry, por su parte, se siente cómodo; no necesita agradar, es consciente de que está por encima de la situación; lleva un arsenal de maquetas con infinitas posibilidades para el proyecto. Cuando el jurado inquiere acerca del coste de su propuesta, sin inmutarse, Gehry asegura no tener ni idea. En Nouvel es patente que ha tomado en ese mismo momento conocimiento de la versión final del proyecto que firma con su nombre; se le observar con cierto extrañamiento la maqueta que presenta, de la que anteriormente se ha informado que costó 40.000 €; recurre a hábiles argucias para vender un edificio que seguramente apenas conoce.

Resulta interesante remarcar que a Gehry y a Nouvel se les indica que disponen de todo el tiempo que precisen para su presentación, mientras que al representante del estudio de Hadid se le avisa de que únicamente tiene 45 minutos de tiempo. Quizá como revancha por la ausencia de la diva y la imposibilidad de usar su figura como claro reclamo ante la prensa. Los rictus del empleado de Hadid dicen mucho más que sus palabras.

La inexperiencia fílmica de Ángel Borrego hace que los 99 minutos de duración de The Competition se dilaten. El montaje adolece de ritmo. La narración, aunque va alternando secuencias que transcurren en los cuatro estudios de los arquitectos participantes, resulta demasiado lineal. Se advierte una cierta falta de claridad respecto a qué quiere contar realmente mediante la narración de este proceso de preparación de un proyecto para un concurso.  Una intención que quizá no era necesario tener totalmente articulada o definida a priori pero que después desaprovecha por completo ante el material obtenido y también ante el contexto de derrumbe del sistema que coincide con la realización de éste.

La ausencia de una intención discernible queda patente en la no indagación, o cuanto menos la falta de una exposición adecuada dentro del film, de los motivos que llevaron a los políticos andorranos a convocar este concurso. El documental concluye informando que finalmente nunca se seleccionó un proyecto ganador. Las autoridades políticas andorranas habían utilizado el concurso como forma de propaganda ante unas inminentes elecciones, que luego perdieron. El cambio de gobierno dejó el proyecto en vía muerta. En ese caso, ¿fue este concurso una mera argucia de políticos, que subidos en la ola del efecto Guggenheim y la burbuja económica, recurrieron a famosos arquitectos como reclamo publicitario? ¿Existió realmente la intención de levantar ese museo? El documental habría estado más completo, y quizá más claro, con entrevistas a esos políticos en las que quedara reflejado su concepto de arquitectura, si había por su parte una instrumentalización de la arquitectura y los star-architects como arma política y económica.

En este mismo formato de docu-reality que es The Competition, viene a la cabeza The architect, the socialist and the Twisted Tower de Fredrik Gertten, donde la cámara registra con total objetividad el proceso de gestación y construcción de la Turning Torso de Santiago Calatrava en Malmö, con un montaje preciso que culmina en una impecable y compacta narración. Gertten no rehuye la mirada a la psique de los protagonistas, es consciente de que está documentando un episodio importante y de las potenciales implicaciones que éste tiene a muy diferentes niveles. Gertten hace intervenir a todos los actores implicados, mostrando las cartas de todos, y dejando el espectador enjuicie a personajes y hechos y tome una posición. Esto no ocurre en el documental de Borrego. Él mismo parece ser consciente de no querer contar todo lo que pasa, más aún cuando asegura que el montaje final es el resultado de editar más de 200 horas de grabación, prefiriendo diluirlo y convertirlo en una inofensiva serie de gags, de chistes internos para deleite de los arquitectos. Con toda seguridad porque el problema radica en que Borrego no se quita en ningún momento el traje de arquitecto para colocarse en el de documentalista.

The Competition aparece como una idea fallida. No por falta de sustancia ni de contenido sino por falta de atrevimiento, por ser temerosa, por querer seguir apoyando a un sistema vergonzoso aun cuando está delatándolo. Material apocalíptico que ha quedado en manos de un integrado que quería prolongar el sistema.

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