El masoquismo extremo y el «Salto del toro»: un rito ancestral en Etiopía

El masoquismo extremo y el «Salto del toro»: un rito ancestral en Etiopía

Publicado por el Jun29, 2016

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Hace unos meses publiqué una serie de crónicas sobre Etiopía, dejando para mejor ocasión lo más asombroso de aquel viaje. Hoy retomo el asunto para contarte con detalle uno de los ritos de paso más arcaicos del planeta: el Ukuli Bula o Salto del Toro, que efectúan los jóvenes hamer para convertirse en hombres de pleno derecho en la jerarquía social de su tribu. No te lo pierdas, que te va a estremecer.

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El iniciante se prepara para la prueba, defendido tras su escudero/ Foto: F. López-Seivane

Pero antes, un poco de información. Los hamer viven a orillas del río Omo, en el Rift etíope, cerca de la frontera con Kenia. Suman apenas 60.000 almas y poseen una extensión aproximada de cinco mil kilómetros cuadrados de territorio, entre los 500 y 2.000 metros de altura. Su principal medio de vida es el ganado, vacas, cabras y ovejas, que pastorean sin cesar. Las mujeres se ocupan de los cultivos desde la adolescencia, principalmente sorgo, aunque también siembran maíz, judías y calabazas. Son, además, responsables de traer agua, cocinar, atender la casa y cuidar a los niños, quienes comienzan a participar en el pastoreo a los ocho años de edad. Los jóvenes de la tribu trabajan en el campo y defienden los rebaños, mientras los adultos pastorean, aran y atienden las peculiares colmenas que cuelgan de las ramas de las acacias. La tierra es de todos y cualquiera puede cultivarla donde quiera. Cuando se torna yerma, la abandonan y se trasladan en busca de nuevas tierras fértiles para sembrar.

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Las dos plumas en la cabeza de este guerrero hamer, significa que ha matado a dos enemigos/ Foto: F. López-Seivane

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Las vacas son señoras de los caminos y la mayor riqueza de los hamer/ Foto: F. López-Seivane

Uno de los momentos más importantes de la vida de un joven hamer es el Ukuli Bula, el rito de paso que ha de superar para convertirse en adulto, en un miembro de pleno derecho de la tribu, con voz y voto, lo que le capacita para poseer ganado, casarse y tener hijos. El momento y lugar del ritual lo determinan los padres, generalmente tras haber acabado las labores de la cosecha. Se fija una fecha y se prepara la ceremonia a conciencia. Antes, el joven se acerca a todas las aldeas colindantes para dar cuenta del evento e invitar a todos a participar en él. Los hombres seleccionan un buen número de vacas de tamaño parejo y las reúnen en un claro apartado. Mientras, en otro lugar, se concentran las mujeres jóvenes del clan que no cesan de danzar con sus faldas de piel de vaca y sus camisetas del Barça, del Manchester, del Bayern…, es decir, con sus mejores galas, ya que normalmente exhiben los pechos al aire con toda naturalidad. Llevan unos enormes cascabeles de metal atados debajo de la rodilla, de tal modo que suenan rítmicamente al mover las piernas en la danza. Ese ritmo les guía a una suerte de trance hipnótico. Todas ellas forman parte del mismo clan, son las hermanas, primas, amigas o vecinas del iniciante y no se paran en barras a la hora de mostrarle su apoyo.

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La danza de las mujeres dura toda la jornada/ Foto: F. López-Seivane

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Todas danzan en silencio, en una especie de trance/ F. López-Seivane

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Los cascabeles que llevan atados a las piernas son los que marcan el ritmo/ Foto: F. López-Seivane

La forma más común y extrema es hacerse azotar. De pronto, un toque exaltado de corneta rasga el silencio de la tarde. Enseguida resuena un trallazo seco y comienza a brotar una línea de sangre carmesí en la espalda de la joven que sopló el pequeño y rústico cornete de metal. No hay más. Ni un grito, ni una queja, ni un aspaviento. Nadie se inmuta. La danza continúa avanzando en círculo con el ritmo de los cascabeles de metal que las bailarinas portan en las piernas. Todas parecen estar en trance, con la mirada perdida. De pronto, otra se lleva su cornetín a la boca, resuena un nuevo latigazo, brota nueva sangre y la danza circular sigue con su rítmico cascabeleo. Son los sobrecogedores prolegómenos del ‘Salto del toro’.

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Las espaldas de las mujeres hamer aparecen dramáticamente escarificadas/ Foto: F. López-Seivane

Esta arraigada tradición de hacerse azotar está muy cerca del masoquismo extremo. Los encargados de varearlas son los Maza, un jóvenes guerreros que ya han superado la prueba del salto con anterioridad. No siempre resulta fácil, porque los Maza suele resistirse, pero las chicas son muy insistentes. Cuando, por fin, convencen a uno, hacen sonar triunfalmente su cornetín para que todos sepan lo que es capaz de hacer en apoyo de los suyos. Es entonces cuando resuena ese sobrecogedor chasquido contra la espalda. No es producido por un látigo, sino por una vara muy fina y cimbreante que atraviesa la piel y deja una marca sangrante sobre las viejas cicatrices de otros vareos. El castigo se recibe con absoluta indiferencia, nadie se altera ni muestra ninguna emoción. No sólo es una muestra de apoyo hacia el aspirante, sino también una forma de mostrar la adhesión al clan al que se pertenece. A lo largo de la tarde, algunas chicas pueden recibir un buen número de varazos, pero no cesan en su danza, haciendo sonar sus cascabeles. Y nadie atiende sus heridas.

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Las mujeres hamer reciben el duro castigo sin un solo lamento/ F. López-Seivane

Cuando llega el momento, todo el mundo se dirige en procesión al lugar donde esperan las vacas. Los miembros del clan se afanan en alinearlas una junto a otra, hasta catorce o más, sujetándolas del rabo y de los cuernos. Los animales no se lo ponen fácil y no paran de moverse, haciendo muy difícil el salto. El saltador permanece apartado, completamente desnudo y debidamente rasurado de la cabeza a los pies. Antes se ha rebozado con arena y se ha bañado en el río en un ritual de purificación. Después le frotan con boñigas para aportarle fortaleza y le cruzan el pecho en aspa con dos cuerdas de fibra de corteza, una forma de protección espiritual. La tribu al completo permanece expectante. Las mujeres siguen danzando.

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Las mujeres y el séquito se dirigen en procesión hacia el lugar donde tendré lugar el rito/ Foto: F. López-Seivane

Cuando, finalmente, las vacas están alineadas, el aspirante toma carrera y salta sobre el lomo de la primera; después ha de seguir corriendo por el espinazo de las otras trece hasta tocar el suelo al otro lado. Si todo ha ido bien, ha de hacer la misma carrera en sentido inverso, y así hasta cuatro veces. Cualquier fallo o caída prematura supone no pasar la prueba, con la consiguiente frustración de las chicas y abatimiento del aspirante. Tal fue el caso que presencié. El mozo quería seguir intentándolo tras varios intentos fallidos, pero los hombres le sujetaban para impedirlo. Nadie podía con él, hasta que una joven se le acercó y comenzó a increparle. El hombre se vino abajo, desencajado y humillado. Otras se unieron al coro. Ninguna le expresó simpatía ni le brindó consuelo. Era un fracasado y las chicas se había mutilado para nada.

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Una vez en el lugar de la ceremonia, las mujeres siguen danzando alrededor de las vacas/ Foto: F. López-Seivane

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Los momentos antes del inicio la prueba son de gran tensión/ Foto: F. López-Seivane

De haber superado la prueba, hubiera podido casarse con la chica elegida por sus padres y hubiera podido empezar a reunir su propio rebaño. Claro que antes el padre debería haber pagado la dote a la familia de la novia, lo que podría haber supuesto unas veinte vacas y treinta cabras. Más adelante, a medida que fuera poseyendo más vacas, podría añadir nuevas esposas a su harén.

La apariencia e indumentaria característica de las mujeres hamer es muy llamativa y no está exenta de connotaciones biográficas personales. Lo más común es que, en las ocasiones especiales, vistan una especie de petos hechos con piel de vaca y sujetos a un enorme collar de pequeñas caracolas marinas que les cuelga del cuello. Apenas sirven para cubrir lo pechos, por lo que hay que suponer que se trata más de un detalle estético que de otra cosa. También suelen llevar un número increíble de abalorios, generalmente rojos y negros, pero también de otros colores.

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Las chicas hamer visten sus mejores galas para acudir al mercado una vez por semana/ Foto: F. López-Seivane

Lo más llamativo, sin embargo, son los dos collares de cobre y un tercero de piel que llevan las casadas al cuello. El de cuero, con una protuberancia en forma de falo truncado, es el que corresponde a la primera esposa, mientras la segunda, la tercera o la cuarta, sólo llevan los de latón. Hay que significar que incluso el gran collar de cuero de las primeras esposas varía mucho según el estatus social del marido, es decir, del número de cabezas de ganado que posea, pues tal es la medida de la riqueza allí. Se ve que esto de las castas y de las clases viene desde muy atrás.

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Una chica hamer soltera con la frente despejada y sin collares de metal/ Foto: F. López-Seivane

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Un mujer bien casada, como refleja la calidad de sus magníficos collares nupciales, que dejan ver también que se trata de una ‘primera esposa’/b Foto: F. López-Seivane

Otro aspecto chocante de los hamer es la atención que prestan al cabello. Los hombres suelen cubrirlo con una especie de casco de barro decorado con plumas, que muestran que han matado recientemente a algún enemigo o a algún animal salvaje. También acostumbran a pintarse la cara en las grandes ceremonias. Las mujeres, por su parte, impregnan su pelo con una pasta hecha de arcilla y mantequilla. Después fijan las trencitas con una resina.  Las casadas se peinan hacia delante, dejando caer las trenzas sobre la frente, mientras las solteras siempre lucen una frente despejada. Otra señal clara de disponibilidad.

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Uno de los atractivos de los mercados es ir a la ‘peluquería’/ Foto: F. López-Seivane

Como en la Ibiza de los hippies, los hamer organizan con frecuencia danzas nocturnas para celebrar el fin de la cosecha, la luna llena, la paz o la estabilidad. Allí es donde los chicos y las chicas solteras se conocen, bailan y se juntan y rejuntan sin bridas y sin estribos. En ese aspecto, constituyen una sociedad muy liberal. La fidelidad estricta sólo comienza con el matrimonio. Hasta entonces, todos y todas son libres de holgar, según me cuenta mi buen amigo Teddy Milash, que empezó siendo guía en el remoto Valle del Omo y terminó dirigiendo una de las más reputadas agencias de viajes de Etiopía, Memories Tour. Si te animas a visitar ese maravilloso país, te recomiendo sus servicios. Por supuesto, Teddy habla con soltura nuestro idioma.

 

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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