Konso: por qué este pueblo de Etiopía es Patrimonio de la Humanidad

Konso: por qué este pueblo de Etiopía es Patrimonio de la Humanidad

Publicado por el Mar16, 2016

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De Arda Minch a Konso (Etiopía) no hay más de noventa kilómetros, pero en tan poco espacio uno entra en un mundo remoto que cuesta comprender. Aunque los konso constituyen un pueblo relativamente evolucionado, comparado con las tribus que nos esperan más adelante, sus tradiciones y estilo de vida dejan al viajero con la boca abierta y la mente hecha un lío. Para empezar, son paganos, con lo que no hay modo de encontrar nada parecido a una capilla en sus aldeas. Y para terminar, la región de Konso ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por su inmenso valor paleontológico. Me lo asegura Teddy Milash, que empezó siendo un guía especializado en los territorios tribales y ahora es dueño de una de las más importantes mayoristas de Etiopía, Memories Tour.

La asfaltada carretera que bordea la falla soporta muy poco tráfico rodado, y más parece una cañada para el ganado vacuno y cabrío que la ocupa, de cuneta a cuneta, a lo largo de todo el recorrido. Entre rebaño y rebaño apenas hay unos cientos de metros despejados. Es desesperante la lentitud y desgana con que reaccionan los conductores del ganado ante la llegada de un vehículo. Uno termina entendiendo que la carretera ha sido hecha para los animales y los coches son un estorbo con el que no queda más remedio que lidiar. Hacen falta bastante más de dos horas para negociar esa corta distancia que nos retrotrae también en el tiempo. Cuanto más allá en la distancia, más atrás en el tiempo. Estos pueblos viven básicamente de la ganadería y pequeños cultivos. El ganado es para ellos absolutamente prioritario, como lo era en la España rural de antaño, cuando los rebaños atravesaban tan ricamente las calles de Madrid.

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Uno de los innumerables rebaños que se encuentra por la carretera que llevan a las zonas tribales del Sur/ Foto: Fco. López-Seivane

Como Arda Minch, Konso también se asienta en lo alto de la escarpadura. Se trata de un pueblo de 1.500 habitantes, que sólo ha crecido a ambos lados de la carretera, donde se suceden una gasolinera, tiendas básicas de aprovisionamiento, y algunos pequeños negocios y edificios de corte ‘moderno’, lo justo para una breve parada antes de continuar el camino. El resto son casuchas de adobe, distribuidas sin orden ni concierto.

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Un aseado joven konso vende su artesanía al borde de la carretera/ Foto: Fco. López-Seivane

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Detalle de la ‘televisión’ de artesanía que vendía el joven konso/ Foto: Fco. López-Seivane

Durante mi corta estancia allí, tuve la oportunidad de presenciar una ceremonia nupcial. Me llamó poderosamente la atención el empeño de novios e invitados en imitar los vestidos y formas occidentales, que chirrían escandalosamente en aquel contexto. Todo quedaba snob y pretencioso, pero reflejaba también un esfuerzo de aproximación a una cultura que indudablemente admiran.

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Boda por todo lo alto en territorio sonso/ Foto: Fco. López-Seivane

Vale la pena, sin embargo, llegarse a Machekie, una aldea tradicional konso, a apenas cinco kilómetros de distancia. Como la mayoría de las aldeas konso, está encaramada en lo alto de una colina, rodeada de cultivos que desciende en terrazas y defendida por muros de piedra y las tradicionales empalizadas de madera retorcida de juniper.

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Empalizada exterior de Machekie entre moringas/ Foto: Fco. López-Seivane

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Callejuela en el interior de Machekie/ Fot: Fco. López-Seivane

La entrada a la aldea es apoteósica. En la placita siempre hay una nube de niños que esperan al faranyi con auténtico frenesí, le agarran de la ropa con la mano izquierda, mientras extienden la derecha en demanda de limosna. Antes de que se de cuenta, le envolverá una maraña agobiante de manos tendidas que parecen tener vida propia. Si ha pagado un guía local, éste les dará un par de voces y aplacará su frenesí momentáneamente, pero seguirán al faranyi todo el camino como una nube de moscas. Y no digamos, si intenta sacarles alguna foto: la agresividad y la exigencia de dinero alcanzarán niveles terroríficos. Ahí el guía está de su parte, cada disparo tiene un precio. Si le da una propinita a uno, debe olvidarse de sacar fotos de otro, porque le montará un número que no olvidará en tu vida. Advertido quedas, querido faranyi. El único camino es la indeferencia. No responder, no interactuar, no prestarles la más mínima atención. Gradualmente se apaciguan y terminan buscando otro faranyi. ¡Ufff!

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Niños konso a la caza de ‘faranyi’/ Fco. López-Seivane

El trazado de la aldea es laberíntico, diseñado para confundir a cualquier enemigo invasor. Las callecitas son estrechos corredores entre altas empalizadas de ramas secas de juniper, una madera dura y retorcida. Al otro lado se levantan muros de piedra que delimitan las propiedades de cada familia. La entrada es siempre en forma de vagina, estrecha en la parte superior y con un alto escalón de ramas cruzadas en la inferior, que obliga a agacharse y entrar con dificultad, lo que facilita al dueño de la casa descalabrar en ese momento a cualquier potencial invasor o visitante indeseado. Todo está hecho con carácter defensivo, porque la lucha entre clanes, tribus y aldeas ha sido una constante a lo largo de su dilatada historia. Dentro del perímetro, hay un patio de tierra con varias casitas de barro para el matrimonio, los hijos pequeños, el ganado, el grano, etc. Los adolescentes duermen todos en una casa comunal, donde los visitante pueden alojarse también, si lo desean (por un precio, naturalmente).

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Difícil entrada en forma de vagina que caracteriza las aldeas konso/ Foto: Fco. López-Seivane

La comunidad está dividida tradicionalmente en nueve en clanes. Cada clan tiene su zona dentro del perímetro, su plaza, su casa comunal y su autoridad. Algo así como un distrito dentro de una gran ciudad. En las plazas es frecuente encontrar una conjunto de tallas de madera en honor de algún gran guerrero muerto. La figura central, que representa al guerrero del clan en cuestión, es ostensiblemente mayor y muestra unos genitales importantes, mientras las otras, de menor tamaño, se refieren a sus enemigos o a sus mujeres, siempre con atributos más modestos. Son conocidas como wagas y constituyen una de las tradiciones más antiguas del pueblo konso.

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‘Waga’ que exhibe en la plaza principal de Machekie/ Foto: Fco. López-Seivane

Es frecuente verlos vistiendo camisetas deportivas de grandes equipos europeos, pero que nadie se engañe, no representan sus preferencias futbolísticas, sino las de los faranyi que han pasado por allí y se las han regalado. Por lo demás, se bañan comunitariamente en los ríos, desnudos y sin en el menor pudor. Cultivan principalmente sorgo y maíz y disponen de un gran número de cabezas de ganado, que rara vez sacrifican. Se conforman con la leche, el queso, la reproducción y el trabajo que les aportan. Conocer a los konso ha sido un  paso muy importante para adentrarme en las tribus del Omo, mucho más alejadas de nuestra civilización. Muy pronto tendrán noticias de ellas.

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Joven konso sonriendo feliz con su camiseta deportiva (seguramente ha recibido una buena propina del ‘faranyi’)/Foto: Fco. López-Seivane

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Ropa y cuerpo se lavan comunitariamente entre los konso/ Foto: Fco. López-Seivane

 Las imágenes que ilustran este reportaje han sido tomadas con una cámara Fujifilm X-T1

 

 

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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