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Blogs framework por Ignacio Gil y Rocio Gayarre

Los libros son el antídoto contra la violencia

William González (Nicaragua)

Ignacio Gilel

William González (Managua, 2000), poeta nicaragüense afincado en Madrid y reciente premio Espasa, escribe desde un lugar incómodo: la violencia vivida, el exilio asumido y la memoria que no concede tregua. Nació en esa Centroamérica que pinta en su poesía con esta crudeza: “Hogar para los débiles, aquí los sueños no se cumplen ni aun cumpliéndose” (Cara de Crimen). “A día de hoy me siento más carabanchelero que nicaragüense”. No se identifica tanto con la etiqueta de poeta exiliado, pero si con el dolor de la separación, con la añoranza, con las pérdidas. “Ese desgarro del exiliado sí que lo tengo”. Su poesía es comprometida “volví a mi tierra, a mis raíces a entrevistar a asesinos y sicarios, para ver qué tenían esas personas en su cabeza” y en sus entrañas manchadas de sangre.

Yo estaba destinado a ser pandillero, porque los González en mi barrio, mis primos, eran traficantes, pertenecían a los sumi. Crecí entre redadas antinarcóticos entrando en casa, y viendo a mis primos salir corriendo, huyendo. Yo iba a ser un sumi más”. Era uno de los herederos al comercio de droga local. Creció sin padre, pero sus tíos le protegieron. También su abuela. Salir de Managua fue clave para cambiar ese destino fatídico. “Soy una persona con una fe inquebrantable. A mí me puedes quebrar todo menos la fe. Soy muy creyente, aunque no lo parezca, creo que es de las primeras veces que estoy hablando de esto. Pero la fe para mí es bastante importante. Soy católico, soy creyente y rezo todas las noches”, añade. Quizás ha sido otra buena compañera de camino.

Desde los seis o siete años comenzó ya a escribir sus primeros versos. A los once años vino a España con su madre para buscar una nueva oportunidad, alejado de la violencia y de ese destino de pandillero. Sin embargo, decidió volver, asumiendo riesgos y dándole la espalda al miedo, al terror, sentándose sin filtros cara a cara con los sicarios y los pandilleros. Detrás de sus testimonios encontró personas muy rotas. “Su maldad surge de esa falta de amor. Empiezan a matar cuando solo son niños. Luego, el hecho de no tener a alguien a su lado que les apoye hace que no tengan nada que perder. Una vez que te han arrebatado a tus padres y que te has metido en las drogas, te has convertido en un paria completamente. Entonces son vidas totalmente desestructuradas que la sociedad ha marginado y que nosotros hemos marginado”. El denominador común, la impunidad que camina de la mano de la falta de oportunidades.

Dedica otro poema a su yo de ayer. Pero, sobre todo, explica sobre qué construye sus versos. “Dentro de esa marginalidad y esa violencia, me atrae no el tema de las maras y el narcotráfico, sino el mundo pandilleril, el subsuelo, las personas, lo más verdad. Es lo que me interesa a nivel literario, la gente de a pie y los testimonios a bocajarro”.

No puede negar que su literatura tiene mucho de autobiografía. “Yo vengo de una familia súper humilde. La herencia que recibí de mi abuela, que era analfabeta, fue la musicalidad de la poesía. Se sabía poemas de Rubén Darío de memoria y me los recitaba”. Y a veces bromea con sus amigos que el día que no tenga nada que contar, dejará de escribir. “A veces lo pienso, si no hubiese tenido la literatura hubiese sido tan aburrido todo. Es complicado explicarle a alguien de fuera la importancia que tiene la poesía en Nicaragua. Es casi un deporte nacional”.

Quiere seguir escribiendo, lógicamente. “Quiero seguir dándole voz a esas historias invisibles. Cuando ya siento que no hay ningún impulso, ningunas ganas, vuelvo al siglo de oro”.

De su país denuncia la censura y la represión al libre pensamiento. “No pueden entrar novedades literarias. Pero Cara de Crimen ha llegado hace unos días”. Introducir libros se ha convertido en una actividad de riesgo, traficantes de libros conocidos como coyotes cargan a sus espaldas grandes bolsas con libros prohibidos recorriendo la frontera durante días por selvas inhóspitas hasta lograr entrar. Qué mundo éste nuestro dónde un libro sea ilegal. “Qué tristeza que la literatura no pueda viajar”, concluye.

Para su Centroamérica natal quiere pensar que hay esperanza y a esa esperanza le pone un nombre: “la cultura y los libros, son el antídoto contra la violencia”. Al hilo de esta idea, recuerda que así fue en su caso. “Yo el poco estímulo que tenía en un barrio pobre y tremendamente violento, eran los 4 o 5 libros que estaban allí, amarillentos”. Sin embargo, no es optimista. A corto plazo, no.

González no es un activista si no “un poeta comprometido cívica y literariamente que trata de escribir la literatura de su tiempo”. Su poesía no es un refugio, sino una forma de resistencia. Pertenece a una generación que ha conocido demasiado pronto la violencia, el exilio y la pérdida y ha decidido no apartar la mirada. Escribe no para embellecer la herida, sino para mirarla a los ojos. Y en ese gesto —el de transformar el dolor en palabra y el testimonio en literatura— reside su verdadera grandeza. Rocío Gayarre

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